Domingo, 24 de Septiembre de 2017
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MEMORIA

Gonzalo, nosotros no olvidamos

El 7 de mayo de 1987, 15.000 personas recorren con lágrimas en los ojos la distancia entre la casa del obrero de Forjas, en Matamorosa, y la plaza del Ayuntamiento de Reinosa, en una marcha silenciosa encabezada por una pancarta con un crespón negro y la palabra “Gonzalo”.

Guardiaciviles en tanqueta abren paso a agentes a pie el 16 de abril de 1987 en las calles de Reinosa | Fotos B/N: Pablo Hojas
Guardiaciviles en tanqueta abren paso a agentes a pie el 16 de abril de 1987 en las calles de Reinosa | Fotos B/N: Pablo Hojas

Tras lo sucedido el 12 de marzo en Reinosa, las direcciones de Forjas y Cenemesa y el Gobierno español siguen sin retirar los expedientes que plantean los despidos de trabajadores, y los obreros de las dos fábricas continúan movilizándose: las concentraciones de protesta en el parque de Cupido y los cortes de la vía del tren y de la carretera nacional son prácticamente diarios. Mientras, un millar de guardiaciviles se acuartelan en los balnearios de Corconte y Caldas del Besaya, desde donde cada mañana se trasladan a la capital de Campoo en jeeps, autobuses y tanquetas. La represión es especialmente dura algunos días, como el 4 de abril en Reinosa o el 15 de abril en el pueblo vecino de Matamorosa. Los trabajadores rechazan el plan de “reindustrialización” que les ofrece el Ejecutivo, y el delegado del Gobierno español en Cantabria, Antonio Pallarés (PSOE), asegura que los “servicios públicos” –la vía y la carretera– serán mantenidos “con firmeza”.

16 de abril de 1987, Jueves Santo. A pesar de la prohibición y de las amenazas de multa de Pallarés, los obreros mantienen la concentración prevista para las cuatro y media de la tarde en Cupido, pero a las tres y media guardiaciviles a pie, en jeeps y en 16 tanquetas ya han tomado posiciones en el parque y sus accesos, en la estación y en la vía, mientras dos helicópteros sobrevuelan Reinosa y sus alrededores. Los vecinos se temen lo peor y unos deciden no salir de casa y otros renuncian a entrar en Cupido pero prefieren no esconderse y empiezan a pasear por la calle Mayor.

A las cuatro y media suena el pitido del Talgo Santander-Madrid, la señal que los guardiaciviles esperan para desplegarse y emprenderla a pelotazos de goma. Trabajadores y vecinos corren a refugiarse en bares, comercios, portales o garajes mientras los persiguen y disparan desde tanquetas a toda velocidad y, tras ellas, guardiaciviles a pie los disparan, golpean y retienen, soltándolos después o llevándoselos detenidos al cuartel, dependiendo de si su nombre o su imagen aparecen o no en los álbumes que los agentes llevan en el interior de cada tanqueta. Los persiguen incluso hasta el interior de los espacios donde se refugian, disparando desde fuera pelotas de goma y botes de humo –a pesar de que éstos sólo pueden ser utilizados en espacios abiertos– para que se vean obligados a salir y poder golpearlos e identificarlos, mientras retumba el sonido de los helicópteros, las tanquetas y los altavoces que repiten constantemente que todo el mundo debe meterse en casa, cerrar las ventanas y bajar las persianas. Pasadas las seis la Guardia Civil se retira al cuartel, y los vecinos –que desconocen el número de heridos y detenidos– salen en busca de familiares, amigos y compañeros. Desconcertados y convencidos de que la Guardia Civil se está vengando por lo sucedido el 12 de marzo, levantan barricadas en Reinosa y en Matamorosa.

Al pitido de otro tren la Guardia Civil vuelve a ocupar las calles aún con más dureza

Antes de las siete las calles vuelven a llenarse de vecinos pero al pitido de otro tren guardiaciviles en tanquetas y a pie vuelven a ocuparlas, esta vez con más dureza aún: recorren todos los espacios de Reinosa –desde el campo de fútbol, donde el Naval disputa un partido, hasta el ambulatorio, donde el personal sanitario atiende a los heridos, pasando por la iglesia, en cuya puerta llegan a forcejear con un cura para intentar detener a quienes se refugian dentro– y de Matamorosa. Siguen disparando botes de humo al interior de los espacios donde los vecinos se refugian y donde no, como la funeraria de la capital de Campoo, donde los botes introducidos acaban provocando un espectacular incendio que deja una dantesca e inolvidable imagen de ataúdes y crucifijos calcinados y esparcidos por los alrededores.

Mientras, los heridos se acumulan en el ambulatorio. Uno de ellos es Gonzalo Ruiz, obrero de Forjas de 32 años de edad y natural del pueblo campurriano de Mataporquera, que vive en Matamorosa con su mujer y su hija. Pasadas las cinco de la tarde había sido uno de los retenidos en Reinosa pero no fue trasladado al cuartel –no aparecía en los álbumes– y antes de las seis fue puesto en libertad, no sin antes ser golpeado repetidamente en las piernas. Pero el regreso de Gonzalo a Matamorosa coincide con el segundo y más virulento despliegue de la Guardia Civil, y el obrero recibe un pelotazo de goma en la nariz. Herido y con el rostro ensangrentado, logra refugiarse en su garaje –ubicado en los bajos del edificio en el que vive–, donde varios vecinos tratan de curarle las heridas. Mientras, dos guardiaciviles patean la puerta y disparan botes de humo al interior para hacer salir al grupo, introduciendo al menos ocho botes en el garaje. Cuando los gases tóxicos de los botes llegan hasta el segundo o tercer piso del edificio, el grupo se ve obligado a salir y una tanqueta se lleva detenido a Gonzalo, cuya salud empeora en el cuartel. Pasadas las ocho y después de mucho insistir, el trabajador logra que la Guardia Civil llame a un médico pero éste no llega –las calles siguen tomadas– y Gonzalo es sacado del cuartel y abandonado en un punto de la calle Mayor –a cien metros del ambulatorio–, donde es auxiliado por varios vecinos que lo trasladan al centro médico, al que llega a las diez de la noche. Allí se le diagnostica fractura de los huesos de la nariz y se confirma que ha inhalado una gran cantidad de gases tóxicos, por lo que es enviado en ambulancia al Hospital Valdecilla de Santander, donde ingresa a las once y media y pasa la noche en observación.

Mientras, los detenidos se acumulan en el cuartel de Reinosa hasta que son trasladados en varios autobuses al cuartel de Torrelavega, donde llegan sobre la medianoche.

17 de abril de 1987. Campoo amanece conmocionada por el estado de excepción no declarado vivido la víspera y consciente de que los puestos de trabajo de Forjas y de Cenemesa ya no son lo único que está en juego. Mientras, Gonzalo recibe el alta y vuelve a casa con las piernas hinchadas –lo achaca a los golpes recibidos durante su detención en Reinosa– y la nariz rota –aunque en Valdecilla le han comunicado que no precisa operación– por el pelotazo sufrido en Matamorosa, pero lo que más le preocupa es que le cuesta mucho respirar desde que inhaló los gases tóxicos, por lo que decide volver al ambulatorio de Reinosa, donde a la una de la tarde le aseguran que su ventilación es correcta.

18 de abril de 1987. La salud de Gonzalo empeora y el obrero vuelve al ambulatorio de la capital de Campoo, donde se le diagnostica traqueobronquitis.

19 de abril de 1987. A Gonzalo se le diagnostica neumonitis, esta vez en Mataporquera, y ese mismo día vuelve a ingresar en Valdecilla, donde su estado de salud ya no dejará de empeorar. Y en las cabezas de sus compañeros resuena una frase pronunciada por el presidente del Gobierno español, Felipe González (PSOE), sobre las protestas que en diversos puntos del Estado se están llevando a cabo contra su política de reconversión industrial: “Alguien está buscando un muerto”.

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Se levantan barricadas, se queman dos vagones de tren y se vive el primer día de huelga general

6 de mayo de 1987. El trabajador de Forjas muere de madrugada y Campoo y Cantabria amanecen estremecidas por la noticia. Las pintadas denunciando su muerte y exigiendo responsabilidades por ella proliferan por la comunidad autónoma. En Santander se despliega, ante la sede de la Delegación del Gobierno español en Cantabria, una pancarta con el lema “Gonzalo asesinado”. Reinosa acoge una ofrenda floral en el punto de la calle Mayor donde el obrero fue abandonado por la Guardia Civil. En Matamorosa se levantan barricadas y en Reinosa, además de levantarse barricadas, se cortan las vías, se queman dos vagones de tren y se vive el primer día de luto y huelga general de los dos decretados por los comités de empresa de las grandes fábricas del pueblo. Mientras, en Valdecilla se realiza la autopsia al cadáver de Gonzalo, aunque nunca se conocerá a ciencia cierta el número y la identidad de todas las personas que participaron o estuvieron presentes en ella.

7 de mayo de 1987. Reinosa vive su segundo día de luto y huelga general, Cantabria celebra un paro de dos horas y concentraciones ante los ayuntamientos y los obreros de las grandes fábricas de todo el Estado guardan un minuto de silencio en memoria del trabajador que hoy será enterrado en su pueblo natal. El personal de Valdecilla despide con lágrimas en los ojos el féretro con los restos mortales de Gonzalo, que abandona el hospital camino de Mataporquera seguido por una caravana de familiares y amigos. Los vecinos de los pueblos y barrios por los que pasa lo despiden en aceras y arcenes con flores, puños en alto y otras señales de duelo y tributo. En Reinosa y Matamorosa son incontables las sábanas blancas con crespones negros que cuelgan de las ventanas y numerosos vecinos de los dos pueblos se unen al cortejo fúnebre, que atraviesa el puerto de Pozazal convertido ya en una caravana interminable y es recibido en el pueblo natal del obrero por la sirena de Cementos Alfa sonando en señal de homenaje. 10.000 personas, entre las que se encuentran trabajadores procedentes de diversos puntos de Cantabria y del Estado, así como Gerardo Iglesias, secretario general del PCE, y Marcelino Camacho, secretario general de CCOO –sindicato al que estaba afiliado–, lo despiden en el cementerio de Mataporquera con un sentimiento unánime: “Gonzalo, nosotros no olvidamos”. Por la tarde 15.000 personas recorren con lágrimas en los ojos la distancia entre la casa del trabajador, en Matamorosa, y la plaza del Ayuntamiento de Reinosa, en una marcha silenciosa encabezada por una pancarta con un crespón negro y la palabra “Gonzalo”.

Los días siguientes continúan las movilizaciones para exigir responsabilidades por la muerte del obrero, pero nadie del Gobierno español ni de la Guardia Civil está dispuesto a asumirlas. El director general de la Guardia Civil, Luis Roldán (PSOE), asegura que los guardiaciviles cumplieron las “instrucciones recibidas”, y el ministro del Interior, José Barrionuevo (PSOE), que la actuación de la Guardia Civil fue “correcta en todo momento”. En los círculos del poder se suceden los silencios y las intoxicaciones sobre las causas de la muerte de Gonzalo hasta que el jefe del Departamento de Anatomía Patológica de Valdecilla declara ante el juez que la causa “directa y final” fue la “inhalación e ingestión de gases tóxicos”.

4 de julio de 1989. El dirigente del PSE-PSOE y expresidente de Forjas y Aceros de Reinosa, Enrique Antolín, que ha cesado hace seis días como consejero de Transportes y Obras Públicas del Gobierno Vasco, es nombrado consejero delegado de Altos Hornos de Vizcaya.

“Murió luchando por defender la libertad y un futuro mejor para nuestros hijos”

18 de febrero de 1992. La Audiencia de Cantabria establece que la muerte de Gonzalo se debió a una insuficiencia respiratoria aguda debida a la inhalación de los gases tóxicos de los botes, condena a seis meses y un día de prisión a los dos guardiaciviles que los dispararon al interior del portal donde el trabajador se refugiaba, y absuelve a otros cuatro agentes que ocupaban la tanqueta que lo detuvo y lo trasladó herido al cuartel. También absuelve al teniente coronel y al capitán de la Guardia Civil que dirigieron las operaciones desde uno de los helicópteros que sobrevolaron Reinosa y sus alrededores durante la tarde de aquel Jueves Santo del 87.

15 de abril de 2007. La peña racinguista Kant-Iber y el grupo de rock La Fuga colocan una baldosa en el punto de la calle Mayor de Reinosa donde Gonzalo fue “infamemente” abandonado veinte años antes. Lo hacen “para que al pasar con nuestros hijos podamos explicar con orgullo” que el obrero de la Naval “murió luchando por defender la libertad y un futuro mejor para ellos”. Pilar, la viuda de Gonzalo, y Laura, su hija, asisten al acto, donde reciben un ramo de flores. La baldosa decía –y sigue diciendo– así: “Reinosa a Gonzalo Ruiz. Primavera 1987”.

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