Domingo 22.07.2018
MEMORIA

Los fusilados de Luena

Toda esta historia comenzó durante la segunda quincena del mes de agosto de 1937. Para los jóvenes de ahora es pura Historia, pero para las gentes de este lugar es todavía ayer. Y si no, que se lo digan a Vicente Riancho, ex peón caminero, testigo inesperado de los acontecimientos, o a Secundino Gutiérrez, conversador infatigable y superviviente de malos tiempos. Pero también algo especial habrá en este lugar cuando Alejandro Coto, auténtico protagonista de esta historia, ha querido regresar como Lázaro resucitado para comprobar que no todo ha sido un sueño.

Vicente Riancho y Alejandro Coto camino del lugar donde sucedieron los hechos hace más de 50 años. Fotografías: Nacho Romero y Archivo Saiz Viadero
Vicente Riancho y Alejandro Coto camino del lugar donde sucedieron los hechos hace más de 50 años. Fotografías: Nacho Romero y Archivo Saiz Viadero

Llegó como desde otro mundo, con el propósito de reavivar la memoria, y ha marchado con mayor deseo de echar un pulso a la Historia y hacer justicia a los injustamente ajusticiados. Alejandro Coto caminaba por los prados de Entrambasmestas, en el municipio de Luena, tratando de abarcar con la suma de pasos y miradas la distancia que en el recuerdo existe desde que hace casi 51 años estuviera a punto de ser fusilado en aquel mismo lugar, recién pasado el pequeño puente que se alza como una ligera joroba conduciendo a la Vega de Pas. A punto de ser fusilado y, por lo tanto, a punto de ser enterrado en el improvisado cementerio que las tropas vencedoras allí establecieron para dar sepultura en lugar no sangrado a parte de los prisioneros, culpables de haber sido vendidos en una guerra civil. A escasa distancia de allí, como en un sarcasmo, se alza un pequeño cementerio en forma de mirador, contemplando los avatares de un proceso bélico que llevaba a los hombres a manifestarse como fieras, buscando la venganza, la destrucción y hasta la desaparición de las huellas más perdurables del ser humano, que suelen reflejarse en la paz oscura de los cementerios. A muy pocos pasos también habla Vicente Riancho, entonces un niño de 14 años y hoy un peón caminero recientemente jubilado de los días y las horas de la carretera, pero con la retina plagada de detalles que a Alejandro Coto, auténtico protagonista de esta historia y uno de los supervivientes, junto a su paisano Ángel Uría, le pasaron por alto. Porque no se puede ser víctima del atropello y narrador imparcial de los hechos. Uno y otro se encontraron después de 51 años sin haberse conocido –aunque el día de autos se vieran, nunca se conocieron-, y uno y otro reconstruyeron los hechos que fueron publicados originalmente EL CANTÁBRICO, ayudados posteriormente por las aportaciones de Secundino Gutiérrez, quien a sus 81 años y un historial allende los mares, todavía conserva sin cerrar esta página de la historia local.

ALEJANDRO COTO VUELVE A LUENA PARA RECONSTRUIR EL EPISODIO DE SU SALVACIÓN

A la izquierda de la carretera que enlaza Alceda con la Vega de Pas hay dos lugares donde la hierba crece abandonadamente, pero sin entusiasmo. Dice que hacia allí se dirigían las miradas de las gentes del lugar rogando por los nombres que la tierra sepulta. Dicen que las hijas de uno de los que allí desafiaron a la muerte con la muerte misma nunca han querido pasar ante lares de tales recuerdos. Dicen que la hermana de una de las víctimas arrojaba flores hacia el improvisado camposanto en los días de difuntos. Dicen tantas cosas…

A la izquierda de la carretera que enlaza Alceda con la Vega de Pas hay dos lugares donde la hierba crece abandonadamente, pero sin entusiasmo

Toda esta historia comenzó durante la segunda quincena del mes de agosto de 1937. Para los jóvenes de ahora es pura Historia, pero para las gentes de este lugar, que apenas han vivido el trasiego de las nuevas costumbres y los nuevos tiempos, es todavía ayer. Y si no, que se lo digan a Vicente Riancho, ex peón caminero, testigo inesperado de los acontecimientos, o a Secundino Gutiérrez, conversador infatigable y superviviente de malos tiempos. Pero también algo especial habrá en este lugar cuando Alejandro Coto ha querido regresar como Lázaro resucitado para comprobar que no todo ha sido un sueño, una pesadilla en noches de insomnio en su destino viajero, que las cosas fueron como están, y están, por desgracia, como fueron. Alejandro ha querido hacer justicia a aquellos hombres allí enterrados, desatando los botones de su inquebrantable lealtad y poniendo en acción mecanismos que en una sola hora han conseguido armar el rompecabezas que había quedado con piezas sin ordenar.

Todavía permanecen algunas pendientes de investigación. Por ejemplo: para Alejandro, aquel 21 de agosto –él creía que era el mes de julio– fueron 14 o 15 los apartados por un falangista para ser fusilados en el acto. Pero Vicente Riancho insiste en que allí, divididos en los dos enterramientos, solamente hay seis cuerpos. El primero pertenece a Antonio Ruiz, barbero de Alceda y significado militante socialista de la época. Pasado el puente, en un lugar más lejano de la carretera, exactamente a la sombra de un frondoso roble, cinco cuerpos esperan el amanecer de su reconocimiento: uno corresponde a José Lasaga, de Sel del Tojo, un barrio de Alceda, y los otros cuatro eran carabineros asturianos, aunque uno de ellos procedía de Los Corrales de Buelna. Si dejamos en 14 el número de señalados por el dedo de la venganza y apartamos dos que se salvaron en el último momento, nos quedan 12, cifra muy superior al número de reconocidos como enterrados.

Dos supervivientes de aquella historia, junto al enterramiento de Antonio Ruiz. Fotografía: Nacho Romero y Archivo Saiz Viadero Dos supervivientes de aquella historia, junto al enterramiento de Antonio Ruiz. Fotografía: Nacho Romero y Archivo Saiz Viadero

SOLDADOS VASCOS

Tanto Alejandro Coto como Ángel Uría Landarte proceden del pueblo vizcaíno de Guecho. Aún no habían cumplido los 18 años cuando, en plena guerra civil, se alistaron en el Batallón 68 (nº 3 de Acción Nacionalista Vasca).

“Pasamos a Santander con la caída de Bilbao”, nos dice Ángel, “Castro Urdiales, Laredo, Carranza y los montes de Trucíos eran nuestro emplazamiento, hasta que fijamos el acuartelamiento en Laredo. Al comenzar los italianos la ofensiva por El Escudo nos metieron en camiones e inmediatamente nos llevaron a contener su avance, pero cuando llegamos ya era tarde y los italianos habían roto el frente y nos les encontramos un poco más arriba del cruce de Vega de Pas”.

Alejandro y Ángel eran amigos desde la escuela y seguían practicando la escuela de la vida, pero en la asignatura más peligrosa que pensarse quiera

Alejandro y Ángel eran amigos desde la escuela y seguían practicando la escuela de la vida, pero en la asignatura más peligrosa que pensarse quiera. No sabían que un destino común uniría su memoria por más de 50 años. “Estábamos de posición en las cercanías de Vega de Pas, y dado que el avituallamiento era difícil, decidimos bajar a una cabaña para rellenar de leche las cantimploras. Llamamos a la cabaña. No respondieron: se habían escondido en alguna cueva y en vista de tal decidimos ordeñar las vacas. Mi familia procede del campo (por vía paterna asturianos y por vía materna montañeses), así que en hora y media conseguimos llenar de leche todas las cantimploras. Pero al terminar la operación, una niebla impresionante nos había rodeado. Comenzamos a caminar, pero el batallón ya se había retirado”.

Para Vicente Riancho es fresco el recuerdo de los militares y carabineros republicanos perdidos por los montes. Secundino Gutiérrez guarda memoria de que “vagaban carabineros en mulas, pero al ser detenidos no los traían con los demás, sino que los llevaban al monte, y al cabo de unos días aparecían sus cadáveres”. Alejandro Coto dice que pasaron la noche perdidos y al amanecer aparecieron detrás de las líneas ocupadas por los Flechas Negras.

“Nos detuvieron y nos bajaron a una casona en el cruce, que estaba completamente llena de milicianos de otros batallones, prisioneros de Santander, etc. Allí pasamos parte del día hasta que se presentó un comandante del Requeté, quien nos interrogó uno por uno, diciéndole de dónde éramos y otros detalles. Creímos que la cosa no iba a tener más trascendencia hasta que, al día siguiente, llegaron los militares italianos con un señor de Falange, que debía de ser de Alceda. Sacó indiscriminadamente un grupo de unas 15 personas, entre las cuales nos encontramos Ángel y yo, nos hicieron salir andando durante cinco o diez minutos en dirección Vega de Pas, escoltados por los italianos. No sé qué temores tendría que uno de los que iban con nosotros, un hombre de unos 40 años, me dijo textualmente: “A mí, estos no me fusilan”, y sin que pudieran evitarlo se lanzó bajo las ruedas de un camión pesado. En los estertores vino el falangista y le dio dos tiros en la cabeza. Creo que eran del mismo pueblo”.

Durante el encuentro ambos protagonistas reconstruyeron los detalles de aquel 21 de julio de 1937Dos supervivientes de aquella historia, junto al enterramiento de Antonio Ruiz. Fotografía: Nacho Romero y Archivo Saiz Viadero Durante el encuentro ambos protagonistas reconstruyeron los detalles de aquel 21 de julio de 1937. Fotografía: Nacho Romero y Archivo Saiz Viadero

ENCONTRAR LA EXPLICACIÓN

Según los demás testigos, se trataba del barbero Antonio Ruiz, y el falangista venía acompañando a las tropas haciendo labor de investigación y vigilancia. No hemos podido obtener el dato completo, pero bien pudiera tratarse de un individuo apellidado Díaz que, pasado el tiempo, trasladó su residencia a Madrid. Mas, dejemos a Alejandro continuar su relato camino de un invisible fatal paredón: 

“Me empujó. Seguimos hacia arriba. Nos metieron en una especie de cerca de ganado y nos pusieron contra el muro; alguien dijo que rezáramos lo que supiéramos. No creo que nadie se encontrara en condiciones de rezar, pero acto seguido el jefe italiano nos ordenó darnos la vuelta y enfrentarnos al paredón de ejecución. En ese mismo momento volvió a aparecer el comandante requeté, ordenando al oficial italiano la suspensión de la ejecución y dando orden de que Ángel Uría y yo saliéramos del pelotón. Aquel oficial tendría unos 40 o 50 años”.

“Mire lo que son las cosas en las guerras. Yo, que soy incapaz de hacer daño a nadie y, sin embargo, andaba siempre alrededor de heridos y muertos como si nada”, añade Riancho

Tanto para Ángel como para Alejandro no existía ningún tipo de lógica –más allá del hipotético humanitarismo, bastante huérfano en las contiendas- en el comportamiento de este jefe tradicionalista. Pero una información proporcionada por Vicente Riancho sirvió para hallar las motivaciones en su acto de clemencia. El requeté, según se dijo por el pueblo, era de Bermeo y, sabedor de su paisanaje con los jóvenes condenados, intercedió por su destino. “No era navarro, como nosotros creíamos, sino de un pueblo muy próximo al nuestro para nuestra fortuna. Al resto de los componentes del pelotón los fusilaron delante de nuestros ojos: tenían edades comprendidas entre 25 y 35 años”, remacha Alejandro.

Por su parte, Vicente Riancho era un niño que correteaba por los montes y las vegas de su pueblo. Con la guerra no había encontrado otro pasatiempo que llenar de fantasías su imaginación infantil, y la presencia de la crueldad y la muerte, el hambre y la desolación, apenas conseguía inmutar su vitalidad: “Mire lo que son las cosas en las guerras. Yo, que soy incapaz de hacer daño a nadie y, sin embargo, andaba siempre alrededor de heridos y muertos como si nada”, añade.

TIROTEO

Al producirse la llegada de las tropas, con el consiguiente tiroteo, los vecinos se escondían en las cuevas próximas, lo mismo que habían hecho durante los bombardeos. Los italianos eran Flechas negras de la División Littorio, mandada por el general Bergonzoli, “a quien llamaban barba eléctrica, porque tenía una perilla puntiaguda”. El 21 de agosto bajaron a Alceda y ese mismo día fue, según la memoria de Vicente Riancho, cuando fusilaron a los prisioneros. El día 22 llegaron hasta Puente Viesgo y todavía en ese mismo día la aviación republicana bombardeó sobre el lugar. “Ha desaparecido alguna gente de Luena –nos dice- pero no se sabe si fue con motivo de la retirada de los republicanos o a consecuencia de los bombardeos”.

Vicente Riancho señala a Alejandro Coto dónde están enterrados los republicanos. Fotografía: Nacho Romero y Archivo Saiz Viadero Vicente Riancho señala a Alejandro Coto dónde están enterrados los republicanos. Fotografía: Nacho Romero y Archivo Saiz Viadero

PRISIONEROS

Secundino Gutiérrez, unido ahora a la improvisada tertulia, también pasó lo suyo aquellos días. Había llegado de Cuba el 18 de julio de 1936, después de haber permanecido en la isla caribeña durante 13 años. Por esta razón no se había alistado en el Ejército y, sin embargo, cayó prisionero con otros muchachos que habían venido desde el frente con permiso y estaban en casa. Todos ellos se habían escondido en cuevas, hasta ver el rumbo que tomaban los acontecimientos.

“Nos trajeron prisioneros a las dependencias de Estado Mayor, recuerda Secundino, donde creyeron que yo era oficial por la edad y el aspecto. Afortunadamente llegaron a tiempo los hermanos Alonso Solórzano, médicos y falangistas, amigos míos, quienes preguntaron por mí como el de la tienda. Pero salió otro muchacho, que era de Alceda, y le dijeron: “No, no eres tú, Jano. Es el de Bárcena, Secundino”. Menos mal, porque me quisieron llevar al grupo aquel creyendo que yo era oficial, para fusilarme”.

Secundino no puede precisar, después de 51 años, si se trataba del mismo grupo que fue apartado para fusilar a Alejandro Coto, pero sí sabe cumplidamente que uno de los que iban en aquel grupo, Antonio Ruiz de nombre, era su barbero de siempre.

MEMORIA DE LAS COSAS

Mientras esta conversación tiene lugar en la tienda de Secundino, en compañía de la esposa y la nieta de éste, María Amparo, nuestro pequeño hilo conductor extrae cada vez más luz de los pequeños detalles que sus contertulios le proporcionan a medida que el relato colectivo avanza. Alejandro Coto es un hombre de excepcionales dotes para la investigación, y a su memoria se añaden deseos vivamente expresados de restablecer el compromiso con el tiempo y con los que se fueron. “¡Lástima que Ángel Uría no haya podido desplazarse aquí para ver esto con nosotros!”, dice de vez en cuando. Porque Ángel Uría es su otro testigo y amigo entrañable, hoy jubilado en Guecho después de haber navegado y fijado su residencia en Venezuela con anterioridad.

“¿Cómo es posible que aquellos cuerpos yazcan después de 50 años en el mismo lugar, que nadie se haya dignado a trasladarlos a un sitio más adecuado y menos inhospitalario?”

CALVARIO

A ambos compañeros les trasladamos al campo de concentración de Aranda de Duero, y desde allí un largo calvario compuesto por campos de trabajo y servicio obligatorios, hasta que hacia 1941 pudieron regresar a casa. Parecía como si sobre sus espaldas permaneciera la losa de cuatro guerras por encima de una vivida en parte. Después de dar la vuelta al mundo, quizás como justo resarcimiento a tanto confinamiento, tanta reclusión, tanto temor a la libertad por parte de los otros, Alejandro y Ángel han regresado a España. El primero de ellos cierra un periplo existencial plagado de aventuras tales que harían gozar a escritores de la talla de Jack London, pongamos un ejemplo. Incluso él mismo debe animarse para escribir una peripecia que se ha demorado a lo largo de medio siglo y que ha rellenado de millas marinas y de las otras su extensa libreta de navegación, su pasaporte extendido en varios idiomas.

Alejandro Coto de mayor y de joven. Fotografías: Nacho Romero y Archivo Saiz Viadero Alejandro Coto de mayor y de joven. Fotografías: Nacho Romero y Archivo Saiz Viadero

OBSESIÓN

Pero una pregunta le obsesiona, por encima de algunos detalles difíciles de contrastar sobre el número exacto e identidad de los fusilados aquel día 21 de agosto de 1937, a pocos kilómetros de Vega de Pas. “¿Cómo es posible que aquellos cuerpos yazcan después de 50 años en el mismo lugar, que nadie se haya dignado a trasladarlos a un sitio más adecuado y menos inhospitalario?”.

Tanto Vicente Riancho como Secundino Gutiérrez se encogen de hombros, mueven la cabeza, bajan la voz con tristeza, siempre con impotencia. “Ha sido por miedo a las represalias, nadie se ha atrevido a hacerlo”.

Pero parece que alguien sí se atrevió, o a intentarlo por lo menos. Cuentan de un sobrino del barbero, cuando la guerra solamente tendría un par de años, que quiso trasladar de allí el cuerpo de su tío y no le dejaron. Parece que era un escarmiento ejemplar que si no podía quedar, como en la antigüedad, con los cuerpos de los ejecutados a la vista de todo el mundo, por lo menos servía de aviso para que los descarriados dónde iban a terminar sus días. Después de ser fusilados, llevaron a gentes del pueblo para abrir las fosas y allí mismo, donde cayeron, allí les enterraron; sin más testigos que los montes y el puente, y sin otra razón que la venganza.

No lo comprende Alejandro. Se trata de un hombre optimista, muy leído, muy viajado y muy abierto hacia la juventud. Piensa que los jóvenes de hoy no están dispuestos a embarcarse en otra similar a la que a él y a su amigo Ángel, junto a otros muchos, les tocó vivir y padecer.

A otra como la que presenció desde la inocencia infantil Vicente Riancho, peón caminero ahora jubilado, o como la que estuvo a punto de costarle un disgusto a Secundino Gutiérrez, después de romper con su aventura americana para descansar plácidamente en España. Su mujer, Manuela Cuesta, aún piensa que todos tenían miedo, mucho miedo, para oponerse a las cosas que allí ocurrieron. Los primeros que tenían miedo eran los curas, como el de Vejorís, que se iban al monte cada vez que venían las tropas.

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Hasta aquí cuanto fue publicado en las páginas de Alerta. Después de este día, Alejandro se fue y desapareció como había venido aquel día de junio de 1988 cuando apareció por la redacción del periódico pidiendo hablar con alguien que pudiera saber del tema que le obsesionaba. “Quiero visitar el lugar donde me fusilaron”, dijo, ante el asombro de la telefonista. Y así lo hicimos.

Treinta años más tarde, a instancias de TeleCantabria quisimos volver al lugar de autos para conocer in situ como se encontraban los restos de aquel episodio. Nuestros interlocutores de entonces ya habían fallecido y solamente quedaba una voz femenina que no quiso saber nada acerca de nuestras intenciones, ni tampoco de lo que habían dicho sus familiares. Posiblemente el miedo aún continuaba vagando por aquellas alturas.

Nos quedaba el recuerdo impreso de aquella visita en un día lluvioso de verano, pero también algunas otras notas que ahora hemos localizado en nuestros archivos, donde se detalla la peripecia internacional posteriormente vivida por un personaje que tres décadas atrás había desembarcado en la tierra que le pudo haber sepultado, solamente para ir en busca de un tiempo perdido entre los recovecos de la memoria.

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