Miércoles, 23 de Agosto de 2017
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MEMORIA

Mauro Roiz, el primer líder de los huidos de Liébana

Nacido en Bejes en julio de 1903 y detenido en una cueva sobre el Canal de Urdón en febrero de 1941, murió en Villanueva de la Peña en diciembre de 1996.

Su edad, su trayectoria militante y su rango de teniente del ejército republicano pero también su inteligencia, su responsabilidad y su olfato político lo convirtieron en el emboscado con más ascendencia sobre sus compañeros, aunque él nunca trató de imponer sus posiciones y las decisiones siempre se tomaron en grupo.

Mauro Roiz, flanqueado por dos compañeros de cautiverio en el penal de El Dueso en 1945 | Fotos: Col. Aurora Campo
Mauro Roiz, flanqueado por dos compañeros de cautiverio en el penal de El Dueso en 1945 | Fotos: Col. Aurora Campo

El cabo pide información de la cueva. “Sólo está Mauro”, le dicen.
–Vamos a rodearle.
Habían concentrado frente a la cueva a todos los cabezas de familia de Bejes y algunos de Tresviso y algunos de La Hermida.
De repente salta Mauro, rápido como el rayo, intentando ganar las sombras y ocultarse en ellas. Fue un salto suicida, a la desesperada. Muchas balas se pierden o van a dar, panda abajo, en algún pedrusco blanquecino. Una de ellas atraviesa el cuerpo perseguido de Mauro de costado a hombral y es hecho prisionero.
Algún exaltado habla de rematarle, pero, con mejor criterio, se le extrae la bala, se le cura ligeramente, se le hace pasar algunos años de cárcel y se le destierra hasta el día de hoy.

Así narra Isidro Cicero en ‘Los que se echaron al monte’ (1977) la detención el 8 de febrero de 1941 del primer líder de los huidos de Liébana.

Hijo de labradores, Mauro Roiz nace el 31 de julio de 1903 en la aldea cántabra de Bejes –en plenos Picos de Europa–, y el 18 de julio de 1936, militando ya en el PSOE y en la UGT, se pone al frente de un grupo de jóvenes del pueblo para defender la II República española del golpe de Estado franquista. Uno de aquellos jóvenes, Plácido Roiz, lo contaba así muchos años después:

Sólo fuimos a defender un Gobierno que había elegido el pueblo

El 18 de julio salimos dieciocho mozos de Bejes para ir a Potes, en cuenta de que se entregara Liébana. Entramos en la villa formados, lanzando vivas a la República y sin encontrar resistencia. Algunos llevaban escopeta. Otros no llevábamos nada, un palo. En Potes había muchos comerciantes de derechas, como los Palacios, pero no se movió nadie. En la carretera de La Vega estaba el garaje de Ortiz. Por decisión de Mauro, cogimos el coche de línea para ir a Santander. Conducía Ceferino ‘Machado’, que era el único que sabía. El 19 de julio nos presentamos en el Cuartel del Alta, donde estaba el regimiento militar acantonado. Pedimos permiso para entrar. Habló Mauro. El militar al mando dijo que era favorable a la República. Mauro les pidió que fuesen firmes en lo que habían dicho. Cogimos otra vez el coche de línea para volver a Potes y devolvérselo a Ortiz. Formamos la línea en Tama. Sólo fuimos a defender un Gobierno que había elegido el pueblo.

Mauro se incorpora a las milicias republicanas en octubre de 1936, y cuando las milicias se transforman en el Ejército Popular de la República, se integra en éste, alcanzando en mayo de 1937 el rango de teniente. Pero la caída del Frente Norte empuja a Mauro y a otros jóvenes de Bejes y Tresviso que también han combatido en las filas del ejército republicano a refugiarse de los franquistas en los montes que rodean sus pueblos, convirtiéndose así en los primeros huidos de la zona. Entre los de Bejes destacan el propio Mauro y su hermano Ignacio Roiz, Pepe Campo –que acabará casándose con Fe Roiz, una de las hermanas de Mauro–, Santiago Rey, Segundo Bores y el legendario Ceferino Roiz ‘Machado’. Y entre los de Tresviso, Gildo Campo, los hermanos Mateo y Rosendo Campo y los tres hermanos Campillo: Avelino, Pedro y José Marcos. Cuando las autoridades de Tresviso ofrecen a los huidos del pueblo respetar sus vidas si se enrolan en el ejército franquista hasta el final de la guerra, sólo rechazan la oferta los hermanos Mateo y Rosendo Campo, que en marzo de 1938 se incorporan al grupo de Bejes. Se constituye así el primer grupo de huidos lebaniegos, liderado por Mauro Roiz: su edad –34 años–, su trayectoria militante y su rango de teniente del ejército republicano pero también su inteligencia, su responsabilidad y su olfato político lo convierten en el huido con más ascendencia sobre sus compañeros, aunque él nunca trata de imponer sus posiciones y las decisiones siempre se toman en grupo.

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Terminada la guerra, las autoridades franquistas implementan un plan de eliminación de emboscados que incluye la detención de sus familias como medida de presión para forzar su entrega. La familia de Mauro es una de las afectadas por el plan: “Primero nos llevaron a la cárcel de Potes, después nos metieron en una carbonera de Unquera, con el carbón, de allí salíamos tiznados. Después nos llevaron a Santander y nos tuvieron casi dos años. Sin hacernos juicio ni nada. A las mujeres nos llevaron a [la cárcel de] los Salesianos y a los hombres a [la cárcel de] la Tabacalera”, relató Fe Roiz a Antonio Brevers, autor de ‘Juanín y Bedoya. Los últimos guerrilleros’ (2007) y ‘La Brigada Machado’ (2010).

Quizás precisamente para evitar represalias sobre sus familias, en mayo de 1940 el grupo de huidos lebaniegos protagoniza un hecho nunca mencionado por la historiografía pero desvelado ahora por el investigador de raíces bejesanas Óscar C. Roiz –que ha accedido al sumario del consejo de guerra franquista instruido contra Mauro–, y es que en su declaración ante la Guardia Civil tras su detención, el primer líder de los emboscados de Liébana detalla un intento de huida a Francia en mayo de 1940:

Que por efecto de la nieve no les fue posible el paso, regresando a la zona de su naturaleza

Preguntado para que manifieste desde qué tiempo se halla huido por los montes, dijo que cuando las tropas nacionales en octubre del 37 operaron en Asturias, le fue cortada la retirada y se reintegró a los montes del pueblo de su naturaleza; que en todo el [resto del] año 37 anduvo por los pueblos de su naturaleza, en el 38 por el término de Cillorigo, en el 39 por la misma zona, en el 40 se ampliaron a la zona de Liébana, siendo en mayo de este año cuando pretendió salir de esta zona para ver de pasar a Francia por el Puerto de San Glorio y le acompañaban su hermano Ignacio, Ceferino Roiz Sánchez, Segundo Bores Otamendi, Mateo Campo [ya fallecido], Marcos Campillo el de Tresviso y otro del mismo pueblo detenido últimamente [Gildo Campo] y dos más que se presentaron del pueblo de Bejes [Pepe Campo y Santiago Rey]; que por efecto de la nieve no les fue posible el paso, regresando a la zona de su naturaleza y se diseminaron, el dicente con su hermano y los demás como pudieron, habiendo permanecido en distintos lugares de las estribaciones de los Picos de Europa y últimamente en la cueva donde fue capturado.

Este intento de huida –protagonizado un mes antes de que los nazis invadieran Francia, impidiendo durante cinco largos años la posibilidad de exiliarse más allá de los Pirineos– abre una incógnita: ¿los emboscados intentaron huir a Francia sólo para evitar que continuaran las represalias sobre sus familias o ya en 1940 habían asumido que la situación política española era prácticamente irreversible y la única opción era exiliarse?

El propio Mauro rememoró así a Valentín Andrés, autor de ‘Del mito a la historia. Guerrilleros, maquis y huidos en los montes de Cantabria’ (2008), su detención –practicada el 8 de febrero de 1941 en una cueva de difícil acceso sobre el Canal de Urdón y con más de 40 metros de caída a sus pies–, y con ella el final de su vida de emboscado:

Me había separado de mi hermano por la mañana, que había ido a entrevistarse con Machado y yo quedé solo. Esto sucedió a las ocho de la mañana, que había una nevada de la puñeta; tenía que entrar con mucho cuidado para no dejar pista. Estaba haciendo astillitas para encender el fuego y calentar un poco de leche para hacer un café. No sé cuántos guardias civiles habría, muchos. Y al mando de ellos un capitán, que habrían subido por la noche. La cueva estaba en una pared muy alta que había que entrar por un árbol que habíamos tirado y estaba amarrado al pie de la peña; solo se podía entrar por allí. De lo alto de la peña oí llamarme: “Mauro, Mauro”. Era el chivato. Yo creí que era un pastor. Salí confiado sin armas ni nada. Al oír la descarga yo intenté volver a entrar, pero con un fusil me pegaron un tiro que me entró por un brazo y me salió por el otro costado. Me quedé sin movimiento en las piernas y tuvieron que sacarme; me llevaban como a un cordero. Me llevaron a Bejes, me tumbaron allí. No me ofrecieron ni agua, ni permitieron que ninguno del pueblo me atendiera. Como no me moría, por la tarde me sacaron de allí, me bajaron a La Hermida. Y allí estuve hasta la mañana siguiente que una señora me dio un poco de leche; hasta ese momento no había tomado nada, ni agua. En la noche mandaron a verme al médico de Peñarrubia, un chico joven. Me cortó la americana, todo ensangrentado, todo seco, la camisa pegada, me quitó la camiseta a trozos. Me estuvo mirando las heridas, dijo: “Aquí no hay nada que hacer, buenas noches”. A la mañana siguiente había allí un teniente y dijo que para Santander.

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Tras pasar dos semanas ingresado en la Casa de Salud Valdecilla, Mauro es trasladado a la cárcel de la Tabacalera de Santander el 27 de febrero de 1941 y los jueces militares franquistas retoman el proceso de guerra que en 1939 habían comenzado a instruir contra él –declarado en rebeldía– solicitando los primeros informes sobre su actividad a la Jefatura Local de Falange, a la Comandancia de Puesto de la Guardia Civil y a la Alcaldía de su municipio –Cillorigo de Liébana–, que prácticamente al unísono lo acusaron no por su actividad como huido sino por haber cuestionado el orden establecido –y por su capacidad de liderazgo sobre otros– antes de echarse al monte. Mientras tanto, el 29 de noviembre de 1941 el médico de la Tabacalera certifica que Mauro se encuentra hospitalizado en la enfermería de la cárcel por padecer “tuberculosis pleuro-pulmonar izquierda”.

El 10 de junio de 1943 Mauro comparece para defenderse de las acusaciones formuladas en el auto de procesamiento franquista:

Que tampoco es cierto que el declarante mandase cerrar las iglesias durante su mando en el Comité

Que no es cierto que el declarante se incautase del municipio de Cillorigo al mando de 30 hombres, como así tampoco que detuviese a personas de derechas y tampoco el sr. Cura párroco del pueblo de Castro. Que así mismo no es cierto que exigió dinero a nadie; que tampoco es cierto que el declarante mandase cerrar las iglesias durante su mando en el Comité; no siendo cierto tampoco que en aquellas inmediaciones y siendo el declarante miembro del Comité se cometiesen asesinatos en ninguna persona. Siendo cierto que fue militante del Partido Socialista, miembro de la Gestora Municipal, como así del Frente Popular y fue voluntario al frente rojo alcanzando la graduación de teniente.

El 5 de noviembre de 1943 el fiscal presenta un demoledor escrito de acusación contra Mauro, en el que no hay ni una referencia a su trayectoria de emboscado pero en el que lo acusa de un delito de adhesión a la rebelión militar con el agravante de peligrosidad y consciencia de los hechos y daños producidos, por lo que solicita para él la pena de reclusión mayor a muerte. El 25 de noviembre de 1943 la petición del fiscal es comunicada a Mauro, que rechaza ampliar sus declaraciones pero solicita la comparecencia de Ezequiel García –maestro nacional de Udías, y presidente de la Junta Local del partido católico Acción Popular, que impartió clases en Bejes desde marzo de 1924 hasta mayo de 1925–, un testigo que resultará crucial para que su defensa evite la pena de muerte.

Manifiesta estar afiliado al PSOE y a la UGT con anterioridad al 18 de julio de 1936

El 2 de diciembre de 1943 en el salón de actos del Ayuntamiento de Santander se reúne el consejo de guerra franquista para juzgar a Mauro Roiz, que en el interrogatorio del fiscal manifiesta “estar afiliado al PSOE y a la UGT con anterioridad al 18 de julio de 1936. Que cuando se inició el movimiento fue miembro del Frente Popular hasta el 24 de octubre de 1936, fecha en la que se incorporó voluntario a un batallón rojo. Que todos los miembros de ese comité eran obreros del campo, sin que ninguno de ellos tuviese estudios especiales de ninguna clase. Que durante su pertenencia al mismo no ordenó detenciones a ningún grupo de milicianos y no exigió dinero particularmente a nadie, si bien el comité impuso multas a personas de derechas. Tiene noticias de que, tras su incorporación al frente, se llevaron a cabo tres o cuatro detenciones, siendo posteriormente asesinados algunos de los detenidos. También aclaró que él no hizo ningún disparo contra la fuerza pública que practicó su detención”. A continuación comparece el testigo Ezequiel García, que dice “conocer a Mauro por ser vecino del pueblo donde el dicente ejercía su cargo. Narró cómo el 10 de agosto de 1936 fue detenido por elementos rojos, los cuales le dejaron en calidad de detenido en su domicilio. Al tener noticias de que iba a ser paseado, Mauro Roiz le ocultó en su casa. Allí fueron a detenerle dos individuos de la checa y gracias a la intervención de Mauro, logró salvarse de una muerte segura, según amenazas de los que le fueron a detener”. Tras la declaración de García, el fiscal reduce su petición de pena a 30 años de reclusión mayor, que finalmente es la pena impuesta a Mauro. La sentencia establece también que “no consta participación directa del acusado en los asesinatos cometidos en Cillorigo, ni que estuviera al servicio del Frente Popular cuando estos se perpetraron, toda vez que de las actuaciones sumariales se desprende que cuando los hechos fueron cometidos, el procesado se encontraba voluntario en el frente”.

Dos meses y medio antes del consejo de guerra –el 14 de septiembre de 1943–, Mauro había recibido en prisión la noticia de la muerte de su hermano, y es que durante una de las visitas de Ignacio Roiz al domicilio familiar de Bejes, el emboscado es localizado por la Guardia Civil y logra huir hasta esconderse en una oquedad, pero el chivatazo de un vecino permite a la Guardia Civil cercarlo y ejecutarlo a sangre fría delante de su propia madre –que acaba de llegar al lugar– justo cuando se está entregando, pues ya ha tirado el fusil al suelo y levantado los brazos. Poco antes de que resulte abatido, uno de los guardias civiles dice “sí, para que estés dos días en la cárcel y al tercero en la calle…”.

El 25 de diciembre de 1946 Mauro es puesto en libertad condicional con destierro por buena conducta y abandona el penal de El Dueso camino primero de Hospitalet y después de Barcelona, donde acaba instalándose. Valentín Andrés asegura en su libro ‘Del mito a la historia. Guerrilleros, maquis y huidos en los montes de Cantabria’ (2008) que Mauro tuvo contacto con los del monte en alguna de las –pocas– visitas que hizo a su familia en Bejes.

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Mauro vive sus últimos años en el domicilio familiar de su hermana Fe Roiz, en el pueblo cántabro de Villanueva de la Peña –cerca de Cabezón de la Sal–, donde libra su última batalla contra el franquismo dirigiendo al Tribunal Militar Territorial Cuarto de La Coruña una instancia que reclama que se le aplique la Ley de Amnistía de 1977 –no le fue aplicada de oficio–, que le será aplicada el 23 de febrero de 1991, cerrándose así un consejo de guerra franquista iniciado 52 años antes. Tenía 87 años.

No hablaba mucho de sus cosas porque le daba mucho miedo que volviera a pasar algo

Su sobrina Aurora Campo –hija de Pepe Campo, uno de los primeros huidos de Bejes, y Fe Roiz– asegura que llegó a su casa “muy mal” de Barcelona, pero que pronto “se recuperó”. Lo recuerda como un hombre “muy correcto y educado” y como un “idealista exagerado que se mantuvo fiel a sus ideas hasta el final”, pero que “no hablaba mucho de sus cosas” porque le daba “mucho miedo que volviera a pasar algo”. Aunque algunas veces sí narraba hechos como que “en Barcelona estuvo presentándose cada dos semanas en el cuartel de la Guardia Civil durante muchos años, hasta más de 15 años después de desaparecida la orden de hacerlo, pero nadie le explicó que esa orden había desaparecido, y no se enteró hasta que al volver de una de sus visitas al cuartel se encontró con un amigo policía –eran amigos aunque tenían ideas políticas distintas– al que contó de dónde venía. Y el amigo policía le explicó que hacía 15 años que ya no tenía ninguna obligación de presentarse cada dos semanas en el cuartel”.

A Cantabria volvía poco mientras vivió en  Barcelona, y concretamente a Bejes lo hizo sólo dos o tres veces. “No le gustaba, le traía muchos recuerdos tristes”, explica su sobrina. Cuando volvió definitivamente, dejó escritos y extraviados en Cataluña “más de 500 folios de memorias” que ni él ni su familia pudieron nunca recuperar. “Era muy culto, leía muchísimo, le gustaba escribir y escribía muy bien, pero allí se quedaron los 500 folios escritos”, lamenta Aurora. “Le gustaban los bolos” –tanto, que fue muchos años presidente de la Peña Bolística Cantabria de Barcelona– y “no le gustaban las injusticias”. Siempre “socialista y republicano”, se mantuvo fiel a las siglas del PSOE, aunque recién instalado en Cantabria dijo a su familia que el Gobierno de Felipe González “se merecía” la huelga del 14 de diciembre de 1988.

Mauro Roiz muere el 23 de diciembre de 1996 a los 93 años de edad en Villanueva de la Peña. Su cuerpo reposa en el cementerio de Bejes junto a los de sus padres –Esteban y María– y rodeado por algunos de los compañeros del grupo de emboscados que un día lideró.

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