Miércoles, 07 de Diciembre de 2016
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El origen del cine Groucho de Santander y su apuesta por cintas de autor

La tradición cinematográfica de Valladolid, marcada por la Semana Internacional de Cine (Seminci) y las numerosas salas que poblaban la ciudad en la década de los 80, ha sido origen y fuente de inspiración del cine santanderino.

Los cines Groucho de Santander
Los cines Groucho de Santander

La tradición cinematográfica de Valladolid, marcada por la Semana Internacional de Cine (Seminci) y las numerosas salas que poblaban la ciudad en la década de los 80, ha sido origen y fuente de inspiración del cine Groucho de Santander y de su apuesta por el cine "social y de autor".

El empresario José Pinar, natural de una ciudad "cinéfila de calidad" como Valladolid, en la que el cine europeo y las nuevas propuestas tenían "mucha aceptación", se trasladó hace unos años a Santander, donde regenta el cine Groucho, en el que proyecta todo el cine del que se empapó en sus tiempos de estudiante de Geografía en la Universidad de Valladolid, entre 1982 y 1987.

Siempre fui mucho al cine: en el primer curso de la carrera había cinefórum todas las semanas en el Aula Mergelina por la llegada del vídeo y antes del fin de semana, el profesor de Historia Antigua de primero y segundo hablaba de la cartelera en clase

"Siempre fui mucho al cine: en el primer curso de la carrera había cinefórum todas las semanas en el Aula Mergelina por la llegada del vídeo y antes del fin de semana, el profesor de Historia Antigua de primero y segundo hablaba de la cartelera en clase", recuerda Pinar, quien en una entrevista con Europa Press recuerda aquel Valladolid, "lleno de salas", con un Manhattan recién inaugurado y la pequeña sala Groucho de Cadenas de San Gregorio, que con cinco filas de 18 butacas cada una y regentado por una madre y su hija, era un espacio "familiar y cercano".

A la Seminci, que daba "cien títulos en diez días", atribuye el empresario vallisoletano su formación cinematográfica y a las numerosas salas de cine de la época, el poder disfrutar de esas cintas a lo largo de todo el año y de manera "dosificada".

En ese ambiente "propenso al cine", en el que las cintas sociales y de autor estaban "más cerca del público" que ahora y en el que Seminci, de mano de Fernando Lara, acercaba a la ciudad autores desconocidos hasta entonces en España como Ken Loach, Abbas Kiarostami o Théo Angelópoulos, hizo que en José Pinar se fraguara lo que 20 años después resultó ser su medio de vida: el cine Groucho.

Sus cines, extensión de su vida en Valladolid

Así, su formación en el séptimo arte europeo hace que en sus salas se proyecten semana tras semana cintas de ese cine del que bebió en Valladolid, el que se detiene en temáticas como los refugiados, la adolescencia o las relaciones humanas. "Era una idea de cine que me gustaba y ha supuesto la extensión de todo aquello que yo viví en Valladolid", aclara para quienes, asegura, creen que su apuesta por el cine independiente tiene otro origen.

"La ciudad era más rica, se iba más al cine", recuerda Pinar de su vida en Valladolid antes de lamentar que en la actualidad haya urbes en las que no existe el cine urbano y que ese cine considerado "independiente" haya quedado arrinconado por el comercial, que copa el 85 por ciento de las carteleras.

La ciudad era más rica, se iba más al cine

La fidelidad de sus clientes, quienes valoran y consideran "un lujo" poder acercarse de manera estable a ese cine, es compartida por el propio Pinar, quien con menos relación con Seminci que antes --"al final el festival lo disfruta la ciudad en la que se celebra"--, combina trabajo y afición y visita las salas de cine "casi todos los días".

El Groucho de Santander, con un público fiel "reducidísimo" y de una edad media que supera con mucho los 20, acompaña las entradas de un programa de mano y va "más allá" de las proyecciones: sus salas han acogido desde ciclos temáticos hasta exposiciones, conciertos en acústico o ciclos de gastronomía y el callejón de acceso al cine, que alberga la cartelera y una pequeña terraza, ha sido escenario de mercados de arte.

"El cine formaba parte de la vida...", rememora José Pinar a propósito de aquel Valladolid, cuyo festival descubrió a cineastas luego reconocidos internacionalmente y que apostaba todo el año por un cine carente, entonces, de etiquetas de intelectualidad.

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