Jueves, 14 de Diciembre de 2017
El Tiempo

Quién le iba a decir al bueno de Emilio que acabaría sirviendo cafés. Él, que era administrativo en el área de contabilidad de una de las empresas de ese polígono industrial, que la puñetera crisis y los modernos programas informáticos que hacían su trabajo le robaron el puesto.

Es un pequeño bar situado en la periferia por donde las ciudades pierden su nombre y aparecen los barrios mal llamados marginales, más parecidos a pequeños pueblos, donde los servicios públicos, limpieza, y comunicaciones no los acaban de encontrar, allí donde a primeras horas de la mañana un enjambre humano se agrupa en las paradas de autobús con dirección al centro.

Por la mañana la tasca se llena de personas que pasan con las prisas puestas, a Emilio y su mujer Marta, apenas les da tiempo a servir esos primeros cafés. Mientras él hace malabarismos con las tazas, ella prepara la barra de pinchos, las tortillas con o sin cebolla, el gran debate nacional, esos bocaditos de cielo con pan recién horneado... El bar es pequeño apenas unos 40 mts cuadrados, con tres mesas de madera a las que se les notan los lustros, y unos bancos corridos de cervecera, donde la espalda no encuentra apoyo.

Mientras él hace malabarismos con las tazas, ella prepara la barra de pinchos

Por allí se pasan trabajadores del polígono industrial que está relativamente cerca, mujeres que siguen siendo las que mayoritariamente se encargan de la limpieza de locales y oficinas, algunos estudiantes que antes de ir a la Universidad hacen la parada de rigor, suelen quedar al grito, o whatsapp, de mañana a las 8.30 en la Tasca de Emilio.

Al entrar el saludo suele ser "Emilio lo de siempre", y a él, con esa memoria fotográfica que tienen los camareros de amplia experiencia, no le hacen falta más indicaciones. Quién le iba a decir al bueno de Emilio que acabaría sirviendo cafés. Él, que era administrativo en el área de contabilidad de una de las empresas de ese polígono industrial, que la puñetera crisis y los modernos programas informáticos que hacían su trabajo le robaron el puesto. La empresa no tuvo compasión y después de 20 años de servicio se vio en la calle con una pequeña indemnización.  A sus casi 50 años se tuvo que reinventar, y con su mujer que dejó la peluquería donde ayudaba varios días a la semana cogieron ese bar, ya que el alquiler era lo más barato que pudieron encontrar. Empezar siempre es duro, pero empezar a los 50 lo es con alevosía y nocturnidad. Ellos, como tantos españoles, con la cornada en el cuerpo tuvieron que buscarse la vida, salir sin escudo a luchar contra un mundo que te mide sólo por tu capacidad... de gasto.

La mañana va pasando, hay unas horas valle, donde aprovecha para colocar las cajas y hacer sus labores, como él suele decir, Marta ya se ha marchado a llevar al pequeño a clase, que es un pelirrojo que está preadolescente, con apenas nueve años ya se cree el rey del barrio, hay que controlarlo un poco, está en esa edad donde los padres tienen que ser invisibles, esto es, tienen que estar pero que no se les vea, al menos sus compañeros.

Desde hace un año, y con el fin de aumentar algo los ingresos, han puesto también un menú del día, dando el abc de la cocina tradicional, que ya se saben de memoria los comensales: De primero la ensalada mixta de la casa, alubias, garbanzos y o lentejas, últimamente también algo de pasta. De segundo, una pescado de temporada y la chuleta de toda la vida. De postre arroz con leche, que a Marta le sale de cine, yogur o fruta del tiempo, todo ello por el módico precio de 8,50€. La comida es lo más difícil siempre, cuenta Marta, saber las cantidades que hay que comprar los primeros días era todo un desafío.

A sus casi 50 años se tuvo que reinventar y con su mujer cogió ese bar

La gente viene y va, saluda, los más habituales comentan la actualidad. El fútbol sigue siendo el rey de las conversaciones, las comparaciones entre Messi y Ronaldo, aunque también algunos hacen sus pinitos de tertulianos políticos. La estrella aquí es la corrupción, y cómo se lo llevan crudo los Bárcenas, Granados, González... mientras nosotros lo tenemos negro. Hay un pequeño grupo de jubilados que viene a comer, unos viudos y otros "birrochos", les llaman los primeros, a lo que siempre contestan con aquello de que "el buey sólo bien se lame", pero que después también buscan huir de la soledad. 

En este grupo la preocupación por sus pensiones a veces llega a ser obsesiva, todo lo que pasa les va a fastidiar. Si baja la bolsa, problemas, el tema catalán, más problemas, y la corrupción, se lo quitan de sus bolsillos; verdad no les falta. La inseguridad es algo que con los años aumenta proporcionalmente. Unos cuantos echan la partida de mus o tute de todas las sobremesas, entre arrastros y envidos a mayor...

La "tardenoche" es más relajada, hay más tiempo para hablar con los conocidos que pronto pasan esa frontera para ser los amigos. El bar pasa a ser tribuna pública e incluso confesionario, quizás allí es donde mejor se ven los problemas que tenemos sin que hagan falta grandes estudios sociológicos, simplemente el tacto y la amabilidad de Marta y Emilio.  Algunas veces, cuando puede, su hija mayor Esther les echa una mano. Ella se ha ido a vivir con su chico al centro de la ciudad, trabaja de dependienta en unos grandes almacenes, a ello le han ayudado mucho sus estudios de filología, y su compañero, licenciado en periodismo, hace trabajos como freelance cuando le sale algo. Con el sueldo de los dos apenas les da para pagar el pequeño apartamento. Hoy Esther estaba indignada por cómo se estaba tratando a la chica violada en los San Fermines, le enseñaba a su madre un video de apoyo titulado "yo si te creo hermana", y cómo la justicia no sabía proteger a la verdadera víctima y la seguían maltratando.

El día toca a su fin, en invierno sobre las 11.30 de la noche, en verano ponen una pequeña terraza hasta la 1 de la madrugada. Jornadas de 6 de la mañana a 1 de la noche,  casi 20 horas para sacar lo que antes cobraba en su puesto de administrativo. "Y eso que nos va bien", decía con cierto sarcasmo, "para que luego digan que no salimos de la crisis y avanzamos hacia una sociedad más justa, trabajamos el doble y cobramos la mitad". Marta, Emilio, Esther,... como tantos ciudadanos son los que mueven este mundo. Buena gente que trabaja, cuándo y dónde pueden, que están demasiado cansados para que aprovechados de la vida pública les compliquen la suya, que bastante difícil es llegar a fin de mes. La tasca de Emilio baja su persiana esperando que mañana,  simplemente,  no sea peor que hoy.