Jueves, 26 de Abril de 2018
El Tiempo

Vamos peinando canas. Pero jamás nadie pensó entonces que una manada de políticos asilvestrados de sentimientos nos tomarían tanto el blanco pelo, y con semejante indecencia, llegado el siglo XXI.

La frase del titular no es mía aunque podría suscribirla. Lo ha dicho Miguel Ríos a propósito de la cuantía de su pensión tras apoquinar durante años. Y ha ido más allá: si no fuera por el ‘Himno de la Alegría’ tendría que pasar sus últimos años debajo de un puente. El artista granadino ya creaba puestos de trabajo en los años setenta. Y así durante décadas. Desgasté una cinta de radiocasete en aquella época donde el maestro roquero incluía el mítico ‘Vuelvo a Granada’ tras su experiencia americana y las notas de ‘Cantares’, la adaptación musical de los versos del inigualable Machado.

Nadie sospechaba en medio de la algarabía que cuarenta años más tarde habríamos de mendigar para cobrar lo que en justicia debe pertenecer a los mayores de la sociedad

Pero no fue hasta 1982 cuando pude ver en directo a Miguel Ríos. Lo hice en el campo de fútbol de Reus, adonde llegué tras un largo rule veraniego de juventud. El ‘Rock&Ríos’ movió a decenas de miles de personas ese estío por España al ritmo de ‘Bienvenidos’, ‘Santa Lucía’ o ‘El blues del autobús’, después vino la gira del ‘Rock de una noche de verano’ y nadie sospechaba en medio de la algarabía que cuarenta años más tarde habríamos de mendigar para cobrar lo que en justicia debe pertenecer a los mayores de la sociedad. Ese mes vi en un ‘discobar’ cómo la Italia de Rossi y Zoff daba cuenta de Alemania y conquistaba el Mundial. Supongo que en aquella barra ni uno solo sospechaba que algún día deberíamos arrastrarnos cual ofidios sin oficio ni beneficio para reclamar lo justo. Los problemas eran otros: el paro, la droga, el terrorismo.

Vamos peinando canas. Pero jamás nadie pensó entonces que una manada de políticos asilvestrados de sentimientos nos tomarían tanto el blanco pelo, y con semejante indecencia, llegado el siglo XXI. Lo cantó el propio artista andaluz en una premonición fatal: “Este es el tiempo del cambio, el futuro se puede tocar. Nacen cronistas, brujos y santos y alucinan con lo que vendrá”.  “Año dos mil, llega el año dos mil y el milenio traerá un mundo feliz, un lugar de terror, simplemente no habrá vida en el planeta, vida en nuestra tierra”.

(Y parece que los extraterrestres y androides del sistema han empezado por aniquilar a los pensionistas. Por eso amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón).