Sábado, 21 de Abril de 2018
El Tiempo

El campo seguirá embarrado si no dejan al público decidir entre una liga independiente o la actual, la de siempre, que les ha dado buenos dividendos, pero resulta ya gravosa y poco bucólica.

Si José María García siguiera en las ondas pediría minuto de juego y resultado en la crisis catalana. El partido que libran Rajoy y Puigdemont (el Gobierno de España y los independentistas que lideran el de la Generalitat) está enconado desde que el Ejecutivo de Cataluña pilló al central descolocado en un contraataque. Es cierto que hubo varios amagos anteriores, tanto como que Moncloa quizá no reparó en una contra tan fulminante o que llegara a concretarse. Sesudos escritores creen que tan malo es echarse al monte como mirar la montaña desde la política de la estatua.

Ambos contendientes juegan un partido sin sentido. Podrían seguir así un mes y no variaría el marcador

El Gobierno español miró de inmediato al árbitro, y éste, como Tribunal Constitucional, comenzó a mostrar tarjetas a los jugones independentistas, pero, pese a todo, nadie se iba del terreno de juego de manera voluntaria, así que la fuerza pública ha enviado a varios de ellos al vestuario. A su salida se mantienen firmes: el campo seguirá embarrado si no dejan al público decidir entre una liga independiente o la actual, la de siempre, que les ha dado buenos dividendos, pero resulta ya gravosa y poco bucólica. Contra ello, los artífices de la unidad, que han organizado el campeonato los últimos cuarenta años, manifiestan que ese público que pide y exige no es todo el público, sino una minoría de ruido frente a una mayoría silenciosa.

Sea como fuere el conjunto independentista, que ya no acepta ningún reglamento oficial -salvo el suyo-, ha cogido al campeón nacional descolocado  y percute con dureza frente a toda norma que no emane del césped propio. No respetan ya la figura del árbitro se llame como se llame. Los colegiados, vienen a decir, no podrán llegar de fuera: serán propios y, por lo tanto, su grado de imparcialidad, cuestionable o nulo.

Ambos contendientes juegan un partido sin sentido. Podrían seguir así un mes y no variaría el marcador. Incluso podrían jugar en distintos campos, porque da la impresión de que ya no practican el mismo deporte. Si la final del 1 de octubre se disputa sin normativa y la grada lo apoya habrá un antes y un después de consecuencias impredecibles. El empate, o lo que sea, ya no puede ser eterno.