Domingo, 24 de Septiembre de 2017
El Tiempo

A Bardem le quiere la cámara con el eterno e inconfundible amor correspondido del mar y la orilla.

A Juan Luis Vidal, futuro bardemista

Ni en Venecia hace aguas Bardem. Todos los canales de su Mostra de Cine conducen a mostrarnos la grandeza del protagonista de “Mother” y “Loving Pablo”. Dos nuevas historias que sitúan al marido de Penélope Cruz como esposo fiel de las mejores interpretaciones actorales.

Javier Bardem está a la altura del enorme José Sacristán, del inmenso Rafael Álvarez “El Brujo” o del poliédrico José María Pou. Y se erigirá, muy pronto, como el mejor actor español contemporáneo junto al inmortal peruano Fernando Fernán Gómez. 

Su rostro recuerda más la quebrada escala de Ritcher que la belleza de Casanova. Más gañán que galán. Más de gimnasio que de esgrima. Más albañil que bróker. Más mesetario que estepario. Javier Ángel Encinas Bardem tiene solo 48 años y ya hace una década que ganó su primer Oscar por “No es país para viejos”.

Nadar entre olas gigantes es la manera que tiene de empequeñecer la magia de las sirenas y sus equívocos cantos. La suya se llama Penélope

Cuando protagonizó “Biutiful” en 2010, la crítica concluyó que los drogadictos miran, hablan y caminan como Bardem. Y no al contrario. Sublime actuación. Cuarto y mitad de lo que ejecutó en 2004 en “Mar adentro”, metido en la piel con fecha de caducidad del tetrapléjico suicida Ramón Sampedro.

Venecia se ha rendido a su doble interpretación. En “Mother” se le acusa de hacer un papel perfecto como escritor exitoso  y esposo fracasado. En “Loving Pablo” se permite rodar en inglés con entonado acento colombiano y bordar al narco más narco de la historia: Pablo Escobar.

Un irónico enfermizo llamado Antonio Gala nos dejó advertido aquello de “¿Contra quién va este elogio?”. Algunos elogios de relojería perversa van contra la familia Bardem: una pésima actriz llamada Pilar (su madre) y unos pésimos negocios de hostelería. Pura distracción. Javier Bardem, 1,81 y rostro de malo siempre susceptible de beatificación, es un actor descomunal.

A Bardem le quiere la cámara con el eterno e inconfundible amor correspondido del mar y la orilla. Nadar entre olas gigantes es la manera que tiene de empequeñecer la magia de las sirenas y sus equívocos cantos. La suya se llama Penélope.

La debe amar mucho porque nunca le hemos escuchado decir de ella: “Jó, qué Cruz”.