Miércoles, 23 de Mayo de 2018
El Tiempo

Estúpidos

Estúpidos los que creéis que somos estúpidas. Y los que creéis que son estúpidos.

Estúpidos que pretenden convencer a los pensionistas que subir un 0,25% consigue revalorizar unas pensiones mermadas por un IPC bastante mayor. Estúpidos los que creen que los pensionistas han olvidado que ahora pagan los jarabes de la tos y las cremas que mejoran la circulación de cuerpos doloridos de tanto trabajo.

Estúpidos los que echan la culpa a Zapatero de haber llenado la hucha de las pensiones que ellos han expoliado o de haber subido las pensiones mínimas que han sostenido a millones de personas en este país en el que los derechos sociales han sido pisoteados como colillas sucias.

Me confieso harta de estupideces y estúpidos. Viendo postrada a mi abuela en la cama con ese cuerpo lleno de trabajo y paralizado por el hartazgo de sus huesos a seguir soportando más vida, pero con la cabeza lo suficientemente lúcida como para recordar que muchas y muchos como ella fueron los constructores de nuestra vida de sofás, de nuestras teles de plasma y nuestros ordenadores desde los que nos indignamos estupendamente, me siento empachada de estúpidos. 

Estúpidos los que afirman que los pensionistas han sido los mejores tratados por la crisis

De esos estúpidos que consideran que una casa pagada con sudor y lágrimas es un privilegio a detraer de una pensión, en demasiados casos mísera, mientras que el estúpido vive una vida de privilegios gracias a que su partido, el PP, cambió la ley que le impedía seguir como Gobernador del Banco de España más allá de los 70 años. Que sí, que 72 años no son nada para seguir diciendo estupideces que engordan su cartera al tiempo que vacían nuestra paciencia.

Estúpidos los que afirman que los pensionistas han sido los mejores tratados por la crisis, cuando sus políticas de polvorones y sal han impedido que muchos mayores pudieran vivir con la dignidad que merecen sus últimos años de vida, cuando algunos consideran la calefacción como el caviar de la corrupción del verdugo del frío y las medicinas para vivir menos importantes que el pan que les permite sobrevivir.

Estúpidos los que desdeñan la igualdad que convierte la desigualdad pretérita y presente de brecha salarial a socavón insalvable según avanzan los años y llega el momento de cobrar la pensión. Los que no olvidan el papel al que relegaron durante décadas a las mujeres y que hoy las condena a sobrevivir, porque vivir no es esto.

Estúpidos los que desde la cuarentena se sienten orgullosos de nuestros abuelos y no se dan cuenta de que su lucha no es sólo la suya, también es la nuestra. Sobre todo, es la nuestra. Los que acuden a arriar banderas que dejan de caer cuando pesan por el peso de los principios y no de las estrategias personales que nos embarran en la miseria día a día.

Las pensionistas, los pensionistas, las mujeres hartas de una desigualdad que no deja de ser ideológica, una sociedad entera que se levanta contra tantos yugos como minutos, contra tantas necedades de quienes vinieron a cambiar el mundo y sólo son expertos en juegos de mesa que nos salen muy caros. 

Habrá un día en el que sus estupideces no laceren y quienes las pronuncian queden arrinconados en la nada de la irrelevancia

Estúpidos que se creen que pueden seguir considerándonos rebaño que come migajas de sus manos. 

Lo peor no es estar gobernados por seres cuyas cabezas son balances contables de rentabilidades y ávidos de repartir nuestras gotas de sangre a cualquiera de los vampiros que les pululan, son los estúpidos que pretenden acabar con nosotros silentes, amansados y dóciles, con promesas estúpidas que, además son mentiras concatenadas repetidas millones de veces que jamás se hacen realidad.

Estúpidos los que creen que las mujeres somos genocidas porque pretendemos decidir libremente sobre nuestro cuerpo y que ven demonios donde sólo hay libertad. 

No se molesten por mis palabras huecas porque sus gordos trazos han marcado líneas que nos separan hasta el infinito, porque hasta la estupidez hace callo y el ruido atronador de las estupideces ha comenzado a ser como el inevitable sonido de los truenos en una tormenta.

Y como toda tormenta, siempre escampa.

Habrá un día en el que sus estupideces no laceren y quienes las pronuncian queden arrinconados en la nada de la irrelevancia. Merecido castigo para quien decidió insultar la inteligencia colectiva de aquellos a los que deberían haber mostrado un respeto absoluto.