Lunes, 18 de Diciembre de 2017
El Tiempo

“La manada”, a la cuadra

Lo que aún desangra más es saber que para una parte de la sociedad una mujer violada, además, debe ser humillada, apaleada, vejada, escondida y enterrada en vida porque si osa sonreír y retomar su vida, algún imbécil pondrá en duda haber sido víctima de una violación salvaje.

Todo lo relacionado con “La manada” es como una olimpiada de resistencia de la capacidad humana de aguante de la aberración, la desfachatez y del asco. Sobre todo, del asco.

Los “buenos hijos” -según su abogado- son los que planificaron las violaciones como quien plantea una excursión al monte sólo que, en vez de meter agua y un bocadillo, “La manada” metía drogas para someter a las mujeres y dejarlas a sus pies para poderlas pisar bien. Me avergüenza compartir género humano con aquellos que consideran que ser un buen hijo es el eximente de una violación.

Me avergüenza compartir género humano con aquellos que consideran que ser un buen hijo es el eximente de una violación

Resulta un ejercicio de resistencia leer el alegato del abogado defensor de La manada; duele ver a un ser humano defender que los vídeos grabados de la violación sean catalogados como una “película porno” y se justifiquen los ojos cerrados de la “víctima” como la forma habitual de hacer una felación. No hay legítimo ejercicio de defensa que justifique la humillación a la víctima como estrategia que sea compatible con la ética social.

Pero lo que aún desangra más es saber que para una parte de la sociedad una mujer violada, además, debe ser humillada, apaleada, vejada, escondida y enterrada en vida porque si osa sonreír y retomar su vida, algún imbécil pondrá en duda haber sido víctima de una violación salvaje. Hay quien considera que no hay violación si las mujeres no llevamos la entrepierna sellada con cola de contacto y, en su defecto, llevamos la piel hecha jirones intentando escapar de cinco animales que se unen para abusar de una mujer como parte del programa de fiestas.

Reniego de los que miden los derechos de las mujeres por el largo de la falda o por la cantidad de teta que asoma en un escote. También de aquellos que consideran que una chica de 18 años disfrutó de una violación porque usaba una camiseta con una u otra serigrafía, porque cerraba los ojos para no ver cómo era abusada. Me niego a soportar a los que pretenden que, además de violada, quede enterrada en vida en el pozo del sufrimiento infligido por quienes consideran a las mujeres un trozo de carne.

Reniego de los que miden los derechos de las mujeres por el largo de la falda o por la cantidad de teta que asoma en un escote

Al abogado defensor de los hijos de sus madres, le parece que llevar una camiseta con el lema “Hagas lo que hagas, quítate las bragas” es la demostración de que la violación no fue tal, sino que fue sexo consentido. En pleno siglo XXI hay que explicarles a determinados personajes -la categoría de personas les queda pelín grande- de nuestro país que las mujeres pueden vestir lo que quieran, e incluso ir desnudas, sin que nadie tenga derecho a abusar de sus cuerpos borrachos o abstemios.

Leer el “orgullo” de las familias por estos animales -la mayoría ya contaba con antecedentes penales por ser “buenos chicos”- que han violado, que han grabado su hazaña y que han preparado la violación sin dejarse un detalle, como si fuera lo más habitual (drogas incluidas) dice mucho de todo el camino que queda por andar para poder erradicar el abuso machista.

Como madre, me cuesta entender que haya quienes que se sientan orgullosas de hijos así.

No he podido evitar sentir escalofríos leyendo cómo el abogado relacionaba el estrés postraumático de la violada con una “experiencia sexual perturbadora o no satisfactoria” porque me pongo en el lugar de los padres de esa chica escuchando este tipo de aseveraciones es como si se abriera una zanja en el corazón con un azadón. Nos va a perdonar el señor abogado si las violaciones no nos parecen satisfactorias y nos perturban un pelín. No sé cómo se sentiría él si cinco individuos hicieran lo propio con su persona. O lo hicieran con su hija. O con su hijo. A lo mejor daba palmas, pero estoy segura de que no calificaría la experiencia como “perturbadora”. No hay víctima que merezca padecer tanta aberración como justificación de una acción que tendrá la catalogación judicial que sea, pero que remueve el asco como pocas cosas.

Caminar hacia la igualdad y respetar los derechos de las mujeres pasa porque no haya eximentes al respeto a la libertad de las mujeres, a su cuerpo, a su forma de vivir la vida.

Como madre, me cuesta entender que haya quienes que se sientan orgullosas de hijos así

La manada no es sino la punta del iceberg de toneladas de escoria que no han tenido tanta repercusión pública, pero que han producido el mismo dolor, impotencia y rabia. La de millones de mujeres que reclamamos algo tan sencillo como poder caminar sin miedo a las manadas, que pedimos respeto.

Queda tanto como que no haya una parte de la sociedad que encuentre justificación a semejante aberración, que no haya televisiones llevando a machistas e imbéciles (Salvador Sostres es un todo en uno) para hablar del machismo y la violencia machista haciendo espectáculo de lo que es una tragedia.

Mientras tanto, en esta dicotomía contante entre un corazón que considera que no hay castigo suficiente para tanta aberración y la cabeza que cree en este Estado de Derecho con sus pros y sus contras, sólo desea que la manada permanezca donde debe estar, en la cuadra. Eso sí, con más comodidades que el frío suelo del portal en el que violaron a la chica.