Lunes 16.07.2018

A Santander ¿no hay quién la cambie?

Santander es una ciudad decadente, como esas señoras que no saben envejecer y que para comprar el pan a dos pasos de su casa lucen sus mejores galas.

Esta ciudad es así de reaccionaria y no hay Dios quien la cambie. No son mayoría, pero como en las capitales provincianas del estilo de Vetusta (Oviedo) que describió Leopoldo Alas ‘Clarín’ en ‘La Regenta’, el caciquismo, ahora denominadas élites, lobotomiza a una sociedad que muestra orgullosa su pedigrí: STV (santanderino de toda la vida). Santander es una ciudad decadente, como esas señoras que no saben envejecer y que para comprar el pan a dos pasos de su casa lucen sus mejores galas. Pueden pasar la tarde en una terraza del Paseo de Pereda con una consumición. Son las damas que votan al PP desde su fundación como Alianza Popular, o lo que resulta lo mismo, franquistas de toda la vida. Y escribo en clave femenina porque Santander es una madrastrona que impone, censura y riñe. La ciudad del pensamiento único, la muy casposa Santander con su Centro Botín incluido. No es más que una metáfora, porque los hombres llevan la batuta en las instituciones y en las conversaciones de barra de bar donde el ‘cuñadismo’ ha ganado enteros. Ya lo escribió Virginia Woolf: “No son las catástrofes, los asesinatos, las muertes, las enfermedades las que nos envejecen y nos matan; es la manera como los demás miran y ríen y suben las escalinatas del autobús”. Y esta reflexión viene a cuento acerca de los incidentes que causaron varias decenas de extremistas de derecha ante la última visita de Pablo Iglesias a Santander y cómo reaccionó la asociación del gremio, el clamoroso silencio del PP y las recientes decisiones judiciales ‘ad hoc’.

El 27 de octubre se celebraba la presentación del programa autonómico ‘Cantabria Arronti’ por Podemos en la Sala Pereda del Palacio de Festivales y el que estaba invitado a pronunciar un discurso de clausura el secretario general, Pablo Iglesias. Allí, en Gamazo, esperaban unos descerebrados con banderas españolas (sic) algunas con el aguilucho, o sea inconstitucionales. Los altercados los pude ver en primera persona y como en Santander nos conocemos de vista, puedo asegurar que la mayoría de estos alborotadores eran simpatizantes o votantes del PP, además de algunos neonazis de Alfonso I y naranjitos de Cs. Eran poco más de  medio centenar de energúmenos convocados por whatsapp, que proferían eslóganes coercitivos como “rojos al paredón”, “muerte al coletas", “hay que llevar bates y abrirles la cabeza”. Al menos dos periodistas resultaron agredidos Óscar Allende (El Faradio) y la reportera de televisión de Europa PressTV que vino desde el País Vasco y a la que quisieron romper su cámara.  Tan grave como estos hechos fueron las coacciones a la mayoría de profesionales de los medios que no pudieron ejercer su trabajo. Una docena de policías nacionales no pidió identificarse a los agresores (¿órdenes del delegado del Gobierno, Samuel Ruiz?). La inacción de estos agentes provocó una protesta de Podemos Cantabria. Pablo Iglesias esquivó la situación entrando y saliendo por la entrada norte del Palacio de Festivales, en Reina Victoria. Cuando iba a entrar en la furgoneta negra media docena de fachas encolerizados le insultaron e intentaron sin éxito zarandearle. Ya por la mañana, la secretaria general del Partido Popular en Cantabria, María José Sáenz de Buruaga, publicó un tuit en su cuenta oficial de Twitter con una foto de una grúa enorme situada al costado de la sede del Gobierno de Cantabria, en la calle Peña Herbosa, donde estaba desplegada una larga y vertical bandera rojigualda con los escudos de la Policía Nacional y la Guardia Civil. El tuit de Buruaga decía: “Así recibe Santander a @Pablo_Iglesias_en su reunión con @RevillaMiguelA. Populista+populista=populismo al cuadrado”, adornado con emoticonos de la bandera de Venezuela. Si no fue la inductora de lo que ocurriría por la tarde, al menos lo parecía, y lo que es verificable: su tuit era impropio de una líder política, lo era más bien de un troll. Iglesias entraba y salía del edificio oficial por el garaje en su furgoneta negra junto al resto de su equipo para disgusto de cuatro alborotadores que esperaban verle entrar a pie.

Si Buruaga no fue la inductora de lo que ocurriría por la tarde, al menos lo parecía

¿Coacciones? ¿Qué coacciones?

El Juzgado de Instrucción número 5 de Santander, siguiendo la tesis de la Fiscalía, no ha admitido la querella por coacciones y delito de odio presentada por el periodista Óscar Allende excepto en relación a la agresión sufrida por el denunciante, sobre la que interesa la incoación de juicio por delito leve. El auto será recurrido por su abogado Juan Manuel Brun. El Ministerio Público considera que la convocatoria de una concentración a través de un grupo de whatsapp para ‘dar la bienvenida a Pablo Iglesias con banderas de España y gritos de viva España’, "no puede calificarse de incitadora al odio o dirigida a instar la comisión de delitos". El representante del Ministerio público añade que, "ciertamente, algunos de los participantes del grupo realizan manifestaciones injuriosas e incluso de cariz intimidatorio", siendo a su entender "evidente que en muchos casos son comentarios gratuitos o meras tonterías". La doble vara de medir de la Fiscalía, que depende del Ministerio de Justicia, entre ultraderechistas y los raperos o titiriteros ha quedado palpable. A todo esto la Asociación de la Prensa de Cantabria mantuvo un sepulcral silencio y no emitió ni siquiera un comunicado de protesta ante la Delegación del Gobierno. No es aconsejable molestar al poder político que hay en juego publicidad institucional que pagamos todos. En la Santander oficial siempre se ha amordazado a la disidencia, al diferente. Reto al Ateneo a que invite a una conferencia a Monedero.

A Santander ¿no hay quién la cambie?
Comentarios