Domingo, 18 de Febrero de 2018
El Tiempo

La mujer invisible

En un par de semanas supongo que también sabré qué tipo de música les gusta, algunas de sus películas favoritas, tal vez hablemos de un libro especial, un viaje que quieren hacer o uno que ya hicieron.

“Nada de lo humano me es ajeno”, decía Publio Terencio Africano. Ya, bueno, me gustaría ver qué diría Terencio de algunos de los dramitas del mundo desarrollado. Hay muchos dramas y todos son súper humanos, sí. Que si se ríen de mí en Twitter, que si me juzgan por dar el pecho o el biberón, que si las tallas de los pantalones no son iguales en todas las tiendas, que si Ángel Garó es lo mejor del año o lo es el PP encabezando el Orgullo, que si odiamos cuando alguien dice no, lo siguiente y el como digo yo, etc. Pero no nos entristezcamos ahora recordándolos todos, stop sufrir.

Hay un dramita especial que me gusta mucho y es el Drama de la Mujer Invisible Después de los 40. Ya se sabe, una llega a los 40 y las cosas cambian, cambian mucho; por arriba, por abajo, por el centro y por adentro. Hay algunas mujeres muy hermosas a partir de los 40 pero, bien o mal conservadas, lo que casi todas tienen en común es lo interesantes que son. Yo nos encuentro fascinantes, la verdad.

Debo de ser una tía maja, sí, es posible que así me vean. Y saben mi nombre, hasta puede que lo recuerden pasados unos años

Este verano trabajo con dos hombres de veintipocos años. No llego a doblarles la edad pero casi, ya estaba un poco bregada cuando nacieron. Son unos tipos bastante cultos, agradables, majetones, bromean, en fin, unos tipos estupendos. Cuando estamos trabajando hablamos de cosas de trabajo y al mediodía paramos un rato y nos da tiempo a tomar un café y charlar un poco de otras cosas. Es entonces cuando yo me convierto en invisible; soy una de ellas.

Sé la edad que tienen, donde viven, si tienen o no pareja, a qué verbena fueron la noche anterior, los sitios donde les gusta comer, los deportes que practican, lo que han estudiado, dónde han trabajado y hasta la comida que les gusta. Ellos cuentan y yo, además, pregunto (a mí es que me gusta saber cosas de la vida de los demás desde siempre; adoro las vidas, como Aida Nizar). Estos hombres colaboran con una asociación cultural, están jugando un campeonato de bolos, a uno le gusta mucho ir a la playa y al otro no. En un par de semanas supongo que también sabré qué tipo de música les gusta, algunas de sus películas favoritas, tal vez hablemos de un libro especial, un viaje que quieren hacer o uno que ya hicieron. En fin, lo habitual entre gente que se va conociendo.

Yo permanezco invisible todo ese tiempo. Debo de ser una tía maja, sí, es posible que así me vean. Y saben mi nombre, hasta puede que lo recuerden pasados unos años.

Me da un poco de pena por ellos, por todos los que nos hacen invisibles

Pero no saben dónde vivo, si estoy soltera o casada, si tengo hijos, gatos o perros. Ni rastro de interés por lo que estudié o por los sitios en los que he trabajado hasta coincidir aquí. Debo tener pinta de no ir a verbenas ni de practicar deportes, no cabe esa opción en las charlas; tampoco saben si me gusta la playa o la montaña. Hablan de Redes Sociales como si yo no supiera mucho del tema, claro, y tampoco debo de saber nada de los temas que tratan en su asociación. En fin, no ser apetecible por fuera me hacer ser invisible por dentro.

Puede que un día me anime y les cuente que yo también estudié una carrera como ellos, que también practico deportes y no descarto que, a fecha de hoy, sea capaz de beber más cerveza que ellos. Que ya fui a todas esas verbenas, que me gustan la playa nudista y la montaña vestida de verde, que vivo a casi 100 kilómetros de ellos o que hay días que tengo un poco de gracia y otros ninguna. También es posible que después de saber cosas de mí piensen que soy un coñazo de señora. O no, puede que nunca salgan esos temas de conversación, que ellos jamás pregunten y yo no cuente, para qué.

Si tuviera 15 años menos y volvieran las carnes prietas de tu balcón sus nidos a colgar sería otra cosa. Estoy tan segura que me da pena. Pero no por mí, lo cierto es que ser invisible, a ratos, también es divertido. Me da un poco de pena por ellos, por todos los que nos hacen invisibles.