Jueves, 22 de Febrero de 2018
El Tiempo

Lo frívolo

“¿Te dicen lo que te dicen y tú te preocupas de estrenar camisón?”, le dijo su marido. “Me preocupo de lo que me da la gana”, contestó ella.

Una vez tuve una piedra en el riñón y yo no soy de exagerar, pero creí que iba a morir de dolor; vosotros no lo habríais aguantado. Era de noche y yo vivía sola. Lo que me pedía el cuerpo era llamar a un cura para que me diera la extremaunción, pero como no soy de eso, llamé a uno de mis hermanos para que me llevara al hospital. “Pero tranquilo, que primero me tengo que depilar”, le dije. Apenas podía ponerme en pie o andar, pero entré a la ducha y procedí a una depilación exprés mientras lloraba de dolor. Luego me eché la crema hidratante por todo el cuerpo y, mientras pedía a gritos la morfina o la muerte, busqué en el cajón las mejores bragas que tenía para ir a la médico de urgencias. “No estarías tan mal”, me dicen. Pues sí, sí que lo estaba.

La semana pasada me enteré de que a mi prima le iban a realizar una pequeña operación y llamé para preguntar. Estaba en la peluquería, claro, porque es fundamental ir bien peinada para estar tumbada en una cama de hospital. También se había comprado bragas nuevas.

Siempre habrá quien no lo entienda, pero nos seguirá dando igual

Buscar la dignidad en la mayor de las superficialidades no es algo sólo de mi familia. Todas nos hemos preocupado de nuestro aspecto en los momentos más inoportunos y –salvo las más fuertes, a las que envidio mucho– todas nos hemos sentido alguna vez más débiles por no estar bien peinadas, bien maquilladas, por llevar un pantalón que te hace el culo gordo o por tener las uñas a medio pintar. Siempre habrá quien no lo entienda, pero nos seguirá dando igual. Seguiremos eligiendo vivir momentos tontos hasta en los grandes dramas.

Conozco a una mujer que fue al médico a llevar unos resultados y éste le dijo que fuera directamente a casa a hacer la maleta para ingresar esa misma tarde en el hospital. Salió de la consulta y lo primero que hizo fue llamar a una amiga para que le comprara y acercara a casa un camisón mono porque ella iba a andar un poco justa de tiempo. “¿Te dicen lo que te dicen y tú te preocupas de estrenar camisón?”, le dijo su marido. “Me preocupo de lo que me da la gana”, contestó ella.

Porque nos da la gana, que es lo que se dice cuando por mucho que te expliques, no te van a entender. Porque nos da la gana nos ponemos a quitar cada pelo del gato adherido a nuestro abrigo de paño mientras nos cuentan que vamos a hacer más pruebas médicas. Porque nos da la gana pienso que me voy a teñir de rubia mientras te escucho decir que has conocido a otra. O porque me da la gana, en cuanto firme este despido y salga de aquí, me voy a comprar una combinación de seda y encaje.

Que no es coquetería, queridos, que no es eso. Tampoco es por vosotros, ya lo siento (excepto si sois bomberos, que entonces sí es por vosotros, sí). Es un paso más de la evolución humana. Antes algunos se colocaban escudos para protegerse de los ataques de las bestias y ahora nos echamos unas gotas de perfume y unos pendientes de bolitas que sacan mucho para salir ahí fuera.

Y porque le da la gana esa mujer saca una barra de labios rojo pasión en medio de las lágrimas más dolorosas que jamás ha llorado.

Frivolidad, siempre tan necesaria.