Jueves, 26 de Abril de 2018
El Tiempo

Yo vivo en un pueblo de algo más de 2.000 habitantes y a 20 minutos de la capital. Tengo fibra, farmacia, supermercados, guardería, hasta una escuela de música y puedo ir andando a cualquiera de esos sitios. Tengo todo lo imprescindible  pero me tengo que desplazar cuando quiero algo especial. Exactamente igual que cuando vivía en Santander.

Hace unos días se celebró en La Hermida una jornada de charlas sobre despoblamiento rural. El consejero de desarrollo rural no acudió, cachis la mar. Pero gozamos de la inmensa suerte de que inaugurara la jornada la vicepresidenta Eva Díaz Tezanos con su Ramón Ruiz a la espalda y de la siempre graciosa presencia del consejero de economía Sota. Lo presentaron, nos contaron lo fundamental que era el mundo rural para ellos y se marcharon a Santander, que tenían otras cosas más importantes en la agenda. Por cierto, de la que salía Sota bromeó con lo liado que estaba con lo de los presupuestos. La risión.

El acto también fue presentado por el alcalde de Peñarrubia que vive en Santander.

Fueron cuatro charlas más o menos acertadas, eso ya va al gusto. Curiosamente la que más triunfó fue la que menos me gustó. Tras las charlas llegó el turno de la rrrrrronda de preguntas y debate, que siempre da un poco de vergüencita ajena; no hubo excepción en esta ocasión  y la vergüenza voló por la sala.

Yo no conozco a nadie de pueblo que no esté orgulloso de serlo, pero en los pueblos están cogiendo manía a la economía de subsistencia

Estuve a punto de intervenir y decir que hay pueblos y pueblos. Yo vivo en un pueblo de algo más de 2.000 habitantes y a 20 minutos de la capital. Tengo fibra, farmacia, supermercados, guardería, hasta una escuela de música y puedo ir andando a cualquiera de esos sitios. Tengo todo lo imprescindible  pero me tengo que desplazar cuando quiero algo especial. Exactamente igual que cuando vivía en Santander y en mi barrio no había lo que necesitaba. Así que yo no siento que vivo en un pueblo. Mi pueblo no necesita planes específicos que eviten el despoblamiento. O, al menos, no son más necesarios que los que debería tener Santander, que pierde habitantes a mayor ritmo que algunos pueblos.

Pero cada  fin de semana me desplazo a otros pueblos con menos de 15 habitantes, esos sí son pueblos. Sin fibra, sin tiendas, sin ningún servicio. Son pueblos preciosos en los que disfruto mucho de la tranquilidad, de paseos por la montaña, de la huerta en verano y de la  potente sensación de arraigo que dan. Son pueblos a los que necesito ir y de los que necesito salir. Porque están muertos, ya no hay manera de resucitarlos. Sólo queda  convertirlos en otra cosa aunque no sé en qué, tal vez ahí esté el asunto.

Tantos intentos, tantos recursos, tantos fracasos en esa  lucha por revivir el pueblo. Decían en las charlas que llevamos 50 años sufriendo un despoblamiento rural devastador, especialmente en algunas zonas de Aragón o Castilla y que deberíamos estar orgullosos de ser de pueblo. Y la cosa es que yo no conozco a nadie de pueblo que no esté orgulloso de serlo, pero en los pueblos están cogiendo manía a la economía de subsistencia que se te queda sin las ayudas infinitas que se necesitan para sobrevivir, qué cosas. Y es que hace 50 años que las cosas cambiaron para siempre.

Esa cabezonería de querer que pongamos arándanos, ovejas o hagamos mermeladas en sitios donde hay argayos que cortan carreteras un par de veces al año, donde no es posible trabajar on line, donde no pueden subir camiones, donde se va la luz cuando hace viento. Donde es complicado trabajar y también vivir, coño. Y se intenta una y otra vez, lo intentamos constantemente, pero es una lucha inútil. A veces sí  conseguimos ganar alguna batalla a base de piedras y palos pero siempre es insuficiente, esta guerra está perdida.

En fin, subiremos al pueblo un rato, como Eva y Sota, pero volveremos rápido a la ciudad como ellos, que allí es donde está la vida que nos gusta. Probablemente una vida menos feliz  pero mucho más cómoda.

Podía haber dicho todo esto pero me callé porque soy muy tímida y discreta y porque nunca parece el momento adecuado de decir que alrededor del mundo rural hay mucha tontá y no es en los pueblos el sitio donde más se cría eso, no.

Que pasen una buena Navidad, señoras mías. Yo me voy al pueblo a celebrarla, por cierto.