Sábado, 24 de Febrero de 2018
El Tiempo

14,99 euros me ha costado un pijama del Kiabi que he comprado por si un día tengo que ingresar en el hospital. Hasta esta fatídica compra seguía siendo un poco joven.

El yoga bikram es una variante del yoga que consiste en hacer 26 posturas y dos ejercicios a 42 grados. Yo, que a duras penas paso el suave verano cántabro sin cagarme en todo del calor que hace y que, además, soy incapaz de doblar el lomo por muy rey de monarquía parlamentaria que se me ponga delante, me he apuntado a clases de yoga bikram. La madurez es esto, flipa.

Pero no acaba ahí la cosa, no. 14,99 euros me ha costado un pijama del Kiabi que he comprado por si un día tengo que ingresar en el hospital. Hasta esta fatídica compra seguía siendo un poco joven. El pijama de flores amarillas ha sido la gota que ha colmado el vaso de mi viejuventud; definitivamente me he mudado al primer piso del edificio Vejez; oh, ¿soy Sabina, acaso?

La mudanza ha ido larguísima, no acababa yo de animarme a irme para allá. De vez en cuando llevaba algo al piso, según iba cayendo en la cuenta de todo lo que sería necesario cuando me instalara completamente en ese edificio algo sombrío. Afortunadamente, para esta larga mudanza siempre he tenido a mi lado mujeres que me han ayudado con alegría, ironía, paciencia, tintes de pelo, alcohol o lo que hiciera falta. Casi ningún hombre ha colaborado en la mudanza, por cierto y al contrario. Mujeres, siempre mujeres.

Mujeres tan fuertes, poderosas, sensibles, comprometidas, vitales, comprensivas y feministas y a la vez tan cotidianas y superficiales. Mujeres capaces de entender que nos hacemos mayores y esto nos provoca cierto dolor no siempre reconocido y por el que ahora resulta que tampoco debemos pasar si somos listas, hay que joderse.

Un día una chavaluca te dice en la peluquería que si quieres rellenarte un poco las cejas que te estás quedando sin ellas. Y te miras y efectivamente, ahí están esas pequeñas calvitas, ¿en serio, en serio esto también, por Dios santo? Mis mujeres te escuchan, te entienden, te recomiendan un lápiz para rellenar y te empiezan a llamar Marujita Díaz sin Dinio que te aguante.

Y sí, ellas también dejaron en el cajón un par, que nunca se sabe

Una mañana de limpieza termina con los 12 tangas de la talla 38 que guardabas al fondo del cajón en la basura. Lo cuentas un día cenando y, salvo una que aún mantiene la esperanza, las demás ya lo hicieron antes. Y sí, ellas también dejaron en el cajón un par, que nunca se sabe.

Alguna valiente cuenta que ha entrado en Punto Roma y se ha comprado un jersey de ochos. Las risas y un intenso miedo sobrevuelan por la habitación.

Si quisiéramos, nosotras todavía podríamos estar en el mercado, dice una. Sí, en el Mercado de la Esperanza, dice otra. Carcajadas.

Canas en sitios oscuros, pieles que se caen, arrugas, ¿esta torpeza de dónde sale ahora?, kilos y kilos, el pelo que ya no brilla, ese espeso silencio que se está formando alrededor nuestro, hipopresivos, ¿esa será madre o abuela del niño?, la invisibilidad de repente. Joder.

Madurar está bien y envejecer es bonito pero también es lo más feo que hemos visto nunca. Me alegro mucho por las mujeres que no sufren por ello, pero no las envidio nada, porque se están perdiendo avanzar entre risas y entender perfectamente un exagerado colorete rojo en unas mejillas ya arrugadas.

Mis mujeres viejales, aquí seguimos.