Jueves, 26 de Abril de 2018
El Tiempo

Los sucesos ocurridos en Madrid y que han terminado con la muerte de dos personas nos obligan a reflexionar sobre la situación de las personas racializadas. Cantabria no es una excepción en cuanto al racismo institucional y social.

El racismo tiene súper poderes: logra que miles de personas sean invisibles. Nos ocurre todos los días, aquí en Cantabria, donde pasamos junto a personas que no vemos –o que no queremos ver-. El racismo tiene esas cosas. En Cantabria, viven unos 29.400 extranjeros. De estas personas, 13.600 sí existen porque son de origen europeo; pero hay cerca de 16.000 que han sido racializados por obra y gracia de una estructura racista que lleva siglos operando en nuestras sociedades. Aquí también.

¿Cuándo dejaremos de considerar a una persona negra, asiática o latina como inmigrante? ¿cuándo la incorporamos al imaginario como vecina, como equivalente? ¿cuándo separaremos el pasaporte de la humanidad? ¿cuándo lograremos la empatía necesaria con ese otro racializado como para que dolor sea nuestro dolor? Mame Mbaye, muerto en los polémicos hechos de Lavapiés después de 14 años de residencia en España, ¿qué era? ¿inmigrante? ¿negro? ¿pobre? ¿nada…?

La racialización del otro lo vacía de las categorías fundamentales del ser humano para fijarlo en el imaginario como una amenaza o como una residuo social

Las noticias nos hablan de un senegalés, de un inmigrante, de un ilegal… todo menos de una persona. La racialización del otro lo vacía de las categorías fundamentales del ser humano para fijarlo en el imaginario como una amenaza o como una residuo social. Así opera el racismo institucionalizado, un racismo al que cooperamos desde los medios de comunicación, desde el sistema educativo, en el interior de las familias (blancas), desde los púlpitos… Muchas veces no nos damos cuenta. Ocurre como con el patriarcado: que es tan profundamente estructural que lo tenemos naturalizado. Por eso hay que hacerse algunas preguntas y dejar de hacer algunas otras. Es habitual que cuando un ciudadano español blanco conoce a una persona negra o de rasgos asiáticos le pregunte de qué país es, aunque esa persona haya podido nacer aquí; es ‘normal’ que pensemos en una mujer latina como trabajadora del hogar, pero pocas veces la imaginamos al frente de una empresa o dirigiendo un equipo de trabajo. Al menos, no aquí.

Nombres despectivos para calificar los orígenes, prejuicios sobre la capacidad de trabajo, la higiene o la honestidad… generalizaciones tan injustas como todas las generalizaciones: “es que los sudamericanos son…”; “ya sabes, es que a los marroquíes les gusta…”; “esa pobre gente…”. El racismo siempre opera desde la idea de superioridad (de lo blanco) y de la sospecha (de lo que no lo es). Por eso el racismo institucional se traduce también en identificaciones policiales según el color de la piel o el aspecto físico, en un trato diferenciado en algunos mostradores de la administración pública, incluso en unas zonas de ‘tolerancia’ en las que las personas racializadas (por nosotras) no molestan y en otras donde su llegada se configura como una agresión. El racismo también está atravesado de clasismo: no es lo mismo una persona árabe pobre que una rica, no es lo mismo un latinoamericano que trabaje en la construcción que un jugador de fútbol de élite; no es lo mismo una persona negra pescando nuestros bocartes que una persona negra de profesora o de maestro de nuestros hijos. El racismo reserva a las personas racializadas un espacio en la clase baja y, dentro de ésta, se produce el control de los empobrecidos blancos que ven peligrar las migajas de un sistema que los hace defensores de su nada.

Cantabria tiene un porcentaje de población extranjera pequeño (un 5,5%) y de esas personas, sólo algo más de la mitad (unas 16.000) responden a perfiles racializados. El asunto podría parecer menor, pero es de suma importancia porque el racismo institucional y social que practicamos afecta a las vidas de personas concretas, lastra el futuro de miles de niñas y niños que nacen en nuestro territorio, provoca bolsas de exclusión social que son antidemocráticas y perversas. Los extranjeros, una vez que están aquí, son ciudadanos, vecinos… nada más y nada menos. Nos queda un trabajo inmenso para verlos como tales y evitar que en nuestras calles puedan repetirse horas tan dramáticas e injustas como las vividas en un barrio de Madrid.