Jueves, 21 de Junio de 2018
El Tiempo

De fotos, no-fotos y manotazos

Nadie obliga a nadie a llevarse bien con hermanos, primos, sobrinos y demás familia, de sangre o política. Pero la Real no es una familia cualquiera, ni sus gestos en público carecen de consecuencias.

Menuda la que ha liado la reina Letizia en Palma a la salida de misa. La pobre ha metido la pata hasta la garganta tratando de evitar una instantánea, y lo que ha conseguido han sido un vídeo viral, centenares de memes y un montón de horas en las tertulias de la tele, que es lo peor que te puede pasar en este país. Sólo a ella se le ocurre pretender ponerse por delante de doña Sofia, la Reina, sin llevarse a cambio un buen revolcón y una cornada. Como dice mi amigo Nando Collado, a los que son de sidra les va fatal pasarse al champán.

Más allá de las risas por la escena, y de que haya que dar la razón a Peñafiel en su siempre negativa perspectiva sobre la consorte del Rey, lo pasado deja en mal lugar a un par de ellas. A la infanta Sofía no, que la chiquilla es una cracka siempre natural pero sin llegar al ridículo. Pero su madre y su hermana si que han dado la nota, y quizá también el Rey por no saber poner orden. Tanta parafina y cera repartida por la Casa del Rey desde la abdicación de don Juan Carlos para acercar y normalizar la imagen de la Corona entre el vulgo popular, y en un ir y venir delante de los fotógrafos la reina Letizia lo embarra derrapando.

Ninguno de sus actos ni de sus gestos pueden estar al margen del trabajo por una imagen amable y aceptable de la Corona

La escena no es sólo un desencuentro familiar, que también. Nadie obliga a nadie a llevarse bien con hermanos, primos, sobrinos y demás familia, de sangre o política. Pero la Real no es una familia cualquiera, ni sus gestos en público carecen de consecuencias. Letizia no es solamente una madre que pueda preocuparse por qué hacen sus hijas y con sus hijas. Ni sus hijas, al menos la mayor, son unas niñas cualquiera a las que haya que consentir o reprender. Una es la esposa del Jefe del Estado, y la otra lo será sucediendo a su padre. Precisamente por eso, ninguno de sus actos ni de sus gestos pueden estar al margen del trabajo por una imagen amable y aceptable de la Corona. Porque más allá de los discursos que hace el Rey, y del contenido de su agenda, el comportamiento en público de todos les define y determina los límites de la aceptación popular, y con ella la legitimidad de la institución.

El maleducado gesto de la reina Letizia con doña Sofía, que es de lejos el miembro más querido, respetado y admirado de la Familia Real y que ha demostrado durante el reinado de Juan Carlos I, y antes, una indudable lealtad a su marido, a la Corona y a los españoles, da razón a quienes la tildan de mandona, estirada y controladora. Su constante y tan evidente exceso de celo con sus hijas y con su trabajo la hace poco natural, envarada, cerosa. Dirige a las niñas como hacen esas madres repipis que acaban de hacer fortuna y necesitan ir siempre perfectas y estar por encima del resto. A veces, como el domingo en Palma, Doña Letizia parece tener más de Ortíz venida a más que de esposa de un rey de España y madre de una futura reina. Con estos gestos flaco servicio hace al Monarca, a la Corona y al país. 

Pero al fin y al cabo, ella solamente es la consorte, y que no esté a la altura de su suegra es su pecado y su penitencia. No. Lo de Letizia es un desaire a una señora de verdad de la que le quedan varias décadas por aprende cosas. Lo peor del vodevil está en ese manotazo con el que la Princesa de Asturias se deshace de la mano de su abuela después de la reconvención de su madre. Una indignidad absoluta fuera de lugar, y que retrata un carácter arisco y muy poco educado absolutamente incompatible con el papel que ese criatura debe tener desde ya en el guión de la Monarquía. La reacción de Leonor después de que su madre armara la marimorena tiene toda la pinta de ser el mal resultado de una mala dirección educativa, y al mismo tiempo, la búsqueda de la aquiescencia de quien teme más a su madre que respeta a su abuela. Con gestos así, la princesa no empieza con buen pie la dura labor de ganarse a los españoles. 

La Monarquía tiene su sustento no sólo en el cumplimiento escrupuloso de su papel constitucional. Necesita de la aceptación popular, y en un país como España, tan dado a los vaivenes emocionales con el entorno en el que vivimos, la debe conquistar cada día. Por eso, cuanto hagan el Rey, su consorte o sus hijas, forma parte de esa labor de aprobación permanente. Lo pasado al salir de la misa de Pascua en Palma deja en entredicho la responsabilidad con la que la reina Letizia o su hija afrontan tan importante tarea. En manos del Rey ha de estar superar el momento, corregir el rumbo, y colocar a cada cual en su lugar.