Sábado, 03 de Diciembre de 2016
El Tiempo

Y todo a media luz

Cada vez que viajo saludo a menos gente. Excluidos los que no se lo merecen, quiero creer que el resto han huido para mejorar. Volverán, como yo, cuando el balneario en el que se ha convertido la ciudad les sostenga la salud, y no les coma, como ahora, la vida.

He pasado en Santander cuatro días. Desde julio no había vuelto. Ahora sólo voy un par o tres de veces al año, lo que me deja el trabajo. Lo suficiente para ver a mi familia, y que en la ciudad todo sigue igual, a media luz. Mientras comíamos el viernes, estaban dando en la televisión el informativo territorial, y escuché las mismas voces en off de hace varios lustros. No cambia ni eso, ni los que hablan sin que se les vea.

El color de la ciudad sigue tirando a gris. Solo cambia en algunas calles, con el anuncio de locales en alquiler que antes fueron conocidos negocios de toda la vida. Algunos hay nuevos, con el futuro escrito en la decadencia. Y mucho de lo de siempre. Con los de siempre. También hay nueva alcaldesa, que seguro que se esfuerza. Pero las inercias que dejan los tiempos de languidez son poderosas. El otoño es muy largo en Santander, tanto como el aburrimiento que provocan sus menguadas oportunidades. La cultura se pierde como lo hacen las subvenciones a sus gestores; el urbanismo se revela a golpe de sentencia por estar mal orientado; la sociedad baila y toma chocolate en barrios con la vida marchita y el tedio a flor de piel. Sin crítica, que eso ya está resuelto por los que mandan.

La nueva política ni es tan nueva ni parece política. Y los de la vieja son tan viejos, a pesar de su juventud, como su política misma

Y mandan cuatro matados sin perspectivas, con el foco corto y muy justo, sin más ambición que levantarse mañana para asegurarse pasado. La nueva política ni es tan nueva ni parece política. Y los de la vieja son tan viejos, a pesar de su juventud, como su política misma. Todo lo meritorio, y en cualquier orden, se apoya en el postureo, ese de los que recorren el Paseo de Pereda para que les vean, vestidos de Santanderinos de toda la vida, y que tienen el mismo fondo de interés e implicación en dar vida a la ciudad que la Sardinera de Tetuán o los delfines de Los Castros. Santander está a media luz.

Cada vez que viajo saludo a menos gente. Excluidos los que no se lo merecen, quiero creer que el resto han huido para mejorar. Volverán, como yo, cuando el balneario en el que se ha convertido la ciudad les sostenga la salud, y no les coma, como ahora, la vida.