Sábado 22.09.2018
MEMORIA

80 años del fusilamiento de Matilde Zapata: de periodista a leyenda

Con la consecución de este asesinato legalizado por la justicia franquista se preparaban los materiales necesarios alrededor de la figura de una mujer que contaba con poco más de 30 años cuando fue conducida al piquete de ejecución, en compañía de seis varones.

Diez años más tarde los tribunales de una justicia lenta pero implacable expedían una requisitoria por la que se conminaba a la difunta y a su marido, también asesinado bajo el fuego de un pistolero falangista, a pagar una multa de 20.000 pesetas por su actividad política con anterioridad a la guerra civil.

Personal del diario La Región en 1936. A la dcha. Matilde Zapata con abrigo2
Personal del diario La Región en 1936. A la dcha. Matilde Zapata con abrigo2

Al amanecer del 28 de mayo de 1938 era fusilada frente a las tapias del cementerio santanderino de Ciriego la periodista Matilde Zapata Borrego, propietaria del diario izquierdista La Región, un rotativo que había sido definitivamente prohibido una vez que las fuerzas sublevadas entraron en la capital de la entonces denominada provincia de Santander.

Con la consecución de este asesinato legalizado por la justicia franquista se preparaban los materiales necesarios para la forja de una leyenda que comenzaría a crearse alrededor de la figura de una mujer que contaba con poco más de 30 años cuando fue conducida al piquete de ejecución, en compañía de seis varones que también habrían de perecer esa misma madrugada bajo el fuego de las descargas de fusilería.

Matilde Zapata Matilde Zapata

Matilde Zapata figura como una más de las cuarenta mujeres que fueron condenadas a muerte y ejecutadas en Santander y Reinosa durante el periodo comprendido entre el mes de septiembre de 1937 y el año 1942, según se recoge en mi libro Mujer, República, Guerra civil y Represión en Cantabria (2015). Sus edades oscilaban entre los 18 y 69 años, y por lo menos dos de ellas, debido a su avanzado estado de gravidez hubieron de esperar hasta dar a luz para el cumplimiento de las sentencias capitales. No fue la primera en cruzar obligada el umbral que separa la vida de la muerte, ni tampoco, como se puede comprobar, sería la última, puesto que todavía hasta mediados de los años 50 del siglo XX permanecieron funcionando en Santander los tribunales militares que dictaron la última pena a los prisioneros de ideología republicana.

No fue la primera en cruzar obligada el umbral que separa la vida de la muerte, ni tampoco, como se puede comprobar, sería la última

La que sería conocida como La Pasionaria de la Montaña, por su verbo encendido pero también por su decidida defensa de los derechos de las mujeres desde la tribuna de su periódico, había vivido la caída del Frente Norte estando ya en el puerto de Gijón, cuando trataba de huir de la represión que se avecinaba ante la llegada de las tropas nacionales, intentando con otros miles de fugitivos hacerse un sitio en alguno de los barcos que todavía aguardaban a una población desesperada. Consiguió subir a bordo del vapor Conchita, pero su mala suerte, como la de tantos otros fugitivos, quiso que la embarcación fuera interceptada en alta mar por la Marina franquista, obligándola a dirigirse al puerto gallego de El Ferrol, desde donde algún tiempo después sería enviada a Santander a la espera del correspondiente juicio sumarísimo.

matilde zapata borrego Matilde Zapata

Una vez fue internada en el Grupo Escolar Ramón Pelayo, situado muy cerca de la entonces nueva Prisión Provincial, allí se encontraba con centenares de otras mujeres que también aguardaban el incierto discurrir de sus propias vidas. Por ello, Matilde fue testiga de los sufrimientos padecidos por aquellas que habían visto primero cómo los hombres marchaban a los frentes de batalla, y después, cómo huían en desbandada, mientras ellas quedaban en la retaguardia y sujetas al rigor de unas leyes que se disponían a castigar cuanto tuviera alguna huella de signo republicano, sin distinción de sexos, edades ni estados.

Matilde fue testiga de los sufrimientos padecidos por aquellas que habían visto primero cómo los hombres marchaban a los frentes de batalla

Mucho tuvo que vivir durante los meses que permaneció en aquella compañía y mucho fue lo que ayudó a que los ánimos no decayeran en mujeres sobre las cuales en su mayoría pesaban acusaciones bastante menores que las que ella arrostraba o, por lo menos, que no se habían significado tanto durante los años de República como Matilde lo había hecho a través de la prensa, de los mítines y de su condición de mujer y socialista, afiliada al Partido Comunista ya durante los últimos meses de guerra civil. Demasiada carga para una mujer tan joven, aún cuando estuviera acostumbrada al sufrimiento desde que el asesinato de su marido, el periodista Luciano Malumbres, bajo el fuego de un pistolero falangista, la dejara viuda mes y medio antes de producirse la sublevación militar que conduciría al país entero al desastre y a ella a una tragedia personal.

Firma de Matilde Zapata en sus alegaciones finales Firma de Matilde Zapata en sus alegaciones finales

Tras las paredes de la escuela, como en los conventos de las Salesas o en las Oblatas, se hallaban bastantes jóvenes menores de edad cuya inexperiencia en casos como el que estaban padeciendo les hacía aparecer anodadas; algunas habrían de dar a luz en un colegio-modelo transformado en prisión, y otras llegaron a las tapias del cementerio dejando al cuidado de sus compañeras el fruto de un vientre recién vaciado.

“El señor fiscal ha solicitado para mí dos penas de muerte. Con una me sobra. La otra puede guardársela, porque igual la necesita algún día para él mismo”

El juicio, celebrado en el claustro del Instituto de Santa Clara, no era más que una representación teatral de un drama del que ya se conocía de antemano el final: dos penas de muerte, lo que hizo que la periodista hiciera gala de su sangre fría y dijera al fiscal Manuel Goded: “El señor fiscal ha solicitado para mí dos penas de muerte. Con una me sobra. La otra puede guardársela, porque igual la necesita algún día para él mismo”.

No arregló para nada su situación este alegato final; tampoco el veredicto hubiera sido otro sin este alegato. Matilde estaba condenada, no de antemano, sino desde hacía bastantes años antes, por las fuerzas más reaccionarias de la ciudad, que solamente esperaban que llegara el momento oportuno para pasarle la factura, con propina incluida.

Dicha respuesta la pudieron escuchar decenas de mujeres que acudían diariamente a los juicios para así solidarizarse con [email protected] [email protected] que subían las escalinatas que la mayor parte de ellos –y de ellas- no habían llegado a subir nunca, y supuso un eslabón más de la leyenda. El último lo constituyó la especie de que la pena de muerte dictada sería mediante la aplicación de garrote vil, un método que en aquellos tiempos contaba para su práctica con el viaje del verdugo de Burgos a la capital de la Montaña. No fue así, pero tal versión circularía años después por los campos de internamiento franceses, donde se hallaban recluidos centenares de miles de soldados republicanos que habían conseguido salir de España por la frontera poco antes de caer Cataluña en manos de los sublevados.

Franco da el visto bueno para ejecutar la pena capital Franco da el visto bueno para ejecutar la pena capital

Las últimas horas de la condenada no transcurrieron en el Grupo Ramón Pelayo, sino en la celda de la Prisión Provincial, en la que se instalaba la capilla para los condenados a la pena capital. De aquellos momentos se han recogido algunos testimonios de quienes vivieron la cercanía de las celdas, pudiendo escuchar los golpes y lamentos de los presos cuando recibían la visita de algunos falangistas que querían que no se fueran de este mundo sin llevarse algún recuerdo de sus personales venganzas. Matilde no escapó a los malos tratos y salió con el pelo rapado al cero, aunque cubierta por un sombrero y vistiendo un abrigo que había recibido de su familia. El último renglón de la incipiente leyenda asegura que la hicieron desfilar desnuda ante unos presos obligados a contemplar esta escena, mientras ellos bajaban los ojos en señal de respeto.

El último renglón de la incipiente leyenda asegura que la hicieron desfilar desnuda ante unos presos obligados a contemplar esta escena

Después Ciriego: las descargas repartidas con unos hombres a los que no conocía de nada y con los que había de compartir sus últimos instantes. Y la fosa común utilizada para dar tierra a los que no creen en Dios ni tampoco en las leyes utilizadas como castigo para quienes se manifiestan contrarios a una visión totalitaria de la existencia. Allí estarán sus restos, junto a los de más de un millar de víctimas de una terrible represión efectuada en los primeros años triunfales de la victoria de las tropas sublevadas por Francisco Franco.

Una última página de la vida-muerte de esta mujer todavía se escribiría diez años más tarde, cuando los tribunales de una justicia lenta pero implacable expedían una requisitoria por la que se conminaba a la difunta y a su marido a pagar una multa de 20.000 pesetas por su actividad política con anterioridad a una guerra civil que ellos mismos habían iniciado.                      

 

* Para quien quiera conocer más acerca de la trayectoria de esta periodista, vid.: J. R. Saiz Viadero, Las páginas femeninas de Matilde Zapata, Asociación de la Prensa de Cantabria, Santander 2007. 

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