Domingo 23.09.2018
MEMORIA

Rescatadas del olvido las cántabras aniquiladas por el franquismo

José Ramón Saiz Viadero, autor de ‘República, Guerra Civil y Represión en Cantabria’ (2017), y María José Lanzagorta, autora de ‘Que permanezcan en nuestra memoria’ (2018), recuerdan a las mujeres fusiladas, asesinadas, desaparecidas o muertas en prisión desde la toma de Cantabria por las tropas franquistas en 1937.

José Ramón Saiz Viadero y María José Lanzagorta | edc
José Ramón Saiz Viadero y María José Lanzagorta | edc

Muchas mujeres cántabras fueron víctimas del franquismo, pero algunas de ellas lo fueron especialmente: las fusiladas, asesinadas, desaparecidas o muertas en prisión desde la toma de Cantabria por las tropas franquistas en 1937. El periodista y escritor José Ramón Saiz Viadero, autor de Mujer, República, Guerra Civil y Represión en Cantabria (2017), y la historiadora y escritora María José Lanzagorta, autora de Que permanezcan en nuestra memoria (2018), las han rescatado del olvido en esos dos libros recientes. Para abordar el contenido de las dos obras, eldiariocantabria ha reunido a Saiz Viadero y a Lanzagorta en un restaurante de Santander.

Saiz Viadero ha documentado más de 60 mujeres fusiladas, asesinadas o desaparecidas desde 1937 hasta 1952

El libro de José Ramón Saiz Viadero –que “dedica capítulos a la represión, durante la Guerra Civil, tanto de las mujeres de izquierdas como de las de derechas”– constituye una especie de preámbulo de otro libro que se encuentra en fase de elaboración y en el que el reconocido escritor abordará las historias de las mujeres de Cantabria en el exilio republicano. En Mujer, República, Guerra Civil y Represión en Cantabria, Saiz Viadero ha documentado más de 60 mujeres fusiladas, asesinadas o desaparecidas desde 1937 hasta el asesinato de Carmen de Miguel, de 55 años, y su hija Carmina Gómez, de 18, a manos de la Guardia Civil el 20 de octubre de 1952, cuando el matrimonio formado por Dominador Gómez y Carmen de Miguel y la hija menor de ambos, Carmina, fueron ejecutados a sangre fría en su casa de El Coterillu, a las afueras del pueblo lebaniego de Tama, después de que la Guardia Civil encontrara en su morada a los guerrilleros antifranquistas Quintiliano Guerrero Tuerto, Gildo Campo y José García Asturiano y se iniciara un tiroteo en el que murieron Gildo, el Asturiano y un sargento de la Guardia Civil. Más de 60 “y las cifras están abiertas, porque siguen apareciendo más nombres”, advierte Saiz Viadero, con toda una vida de investigación a sus espaldas.

La mayoría de esas más de 60 mujeres fueron fusiladas, y la mayoría de esas ejecutadas lo fueron en Ciriego, el cementerio de Santander. Allí fueron fusiladas en 1937 Obdulia Martínez, Eugenia Poo, Dolores Vega, Magdalena Vicente, Manuela García, Ernestina Enríquez, Pilar Benito, Guadalupe Fernández, Pilar González, Alejandra Bañuelos, Damiana Pérez –de 18 años, la menor de todas ellas–, Manuela Pescador y otras cinco mujeres desconocidas; en 1938 Petronila Antonio, Hermenegilda Oria, Pilar Mijares, Justa Moreno, María González, Matilde Zapata, Ricarda Uría y María Hoz; en 1939 Felisa Revuelta, Severina Barreda y Encarnación Ochoa –de 64 años, la mayor de todas ellas–; en 1941 Rosa Pérez, y en 1942 María Otí, Balbina Fernández, Isabel Abascal, Teresa Ruiz y María Salas. En La Llama, el cementerio de Torrelavega, fue fusilada Josefa Bezanilla. En el frontón de Reinosa lo fueron Rosa García, Lidia Fernández, Felisa Lasuén, Teresa Ceballos, Felisa Barriuso y Asunción Castañeda. Y en el pueblo de Miera fue fusilada María Jesús Gutiérrez.

“Por lo menos tres hubieron de esperar hasta después de dar a luz para sufrir la ejecución”

Saiz Viadero asegura que “existen evidencias” de que “por lo menos tres” de esas mujeres “debido a su avanzado estado de gestación, hubieron de esperar hasta después de dar a luz para sufrir la ejecución”. Una de ellas fue Justa Moreno, natural del pueblo burgalés de Tortoles de Esgueva y vecina del pueblo cántabro de San Salvador de Heras, que en 1935 había contraído matrimonio con el antifranquista José López Joselón, que resistió emboscado en las faldas de Peñacabarga desde 1937 hasta que fue abatido por la Guardia Civil diez años después. “Ella estaba acusada de colaboración en la muerte de un oficial militar en cuya casa trabajaba de sirvienta y que a consecuencia de una denuncia suya perecería en Santander en los sucesos del 27 de diciembre de 1937”, explica el escritor, que añade que tras ser detenida, Justa Moreno “ingresó en prisión el 30 de agosto de 1937 y tras dar a luz a una niña, fue fusilada el 11 de enero de 1938 contra las tapias del cementerio de Ciriego”. Su hija recién nacida “fue entregada a la familia paterna”, pero “apenas logró mantenerse con vida unos pocos meses”.

Once de las mujeres fusiladas lo fueron el 17 de noviembre de 1937 en Ciriego. Se trata de Pilar Benito, Guadalupe Fernández, Pilar González, Alejandra Bañuelos, Damiana Pérez, Manuela Pescador y otras cinco mujeres desconocidas. Saiz Viadero las llama “las rosas rojas de Cantabria”, por la “cierta similitud” de su historia con la de “las trece rosas madrileñas que ha cobrado vigencia recientemente”. “Las víctimas de algunos de los fusilamientos de los años 1937 y 1938 fueron muchachas de gran juventud, en su mayor parte pertenecientes a partidos de izquierda” de Cantabria, y uno de esos grupos es precisamente el de “las rosas rojas”.

“Las prisiones fueron auténticas tumbas para muchas de las detenidas”

Además de esas más de 60 mujeres fusiladas, asesinadas o desaparecidas, Saiz Viadero ha documentado más de 50 republicanas fallecidas en las prisiones de Cantabria desde la toma de Cantabria por las tropas franquistas en 1937 hasta el 16 de noviembre de 1951. “Las prisiones fueron auténticas tumbas para muchas de las detenidas, y solamente en las de Santander hemos localizado más de 40 muertas en ellas, de las que siete son niñas de pocos meses, nacidas en prisión”, explica el escritor. Se trata de María del Carmen Cantudo, de dos meses; María Isabel Zapatero, de seis meses; María Ángeles Fernández, de dos meses; Juana Soriano, de tres meses; Elvira Pérez, de tres meses; María del Carmen Llave, de dos meses, y María del Carmen Santander, de un mes, fallecidas entre el 19 de noviembre de 1947 y el 9 de agosto de 1951 en la cárcel de Las Oblatas, en Santander.

Otras seis cántabras murieron en la cárcel de Saturraran, ubicada entre el pueblo vizcaíno de Ondarroa y el pueblo guipuzcoano de Mutriku: Jesusa Ríos (el 27 de noviembre de 1938 a los 54 años), Visitación Portilla (el 17 de marzo de 1939 a los 29 años), Gloria Bezanilla (el 15 de diciembre de 1940 a los 29 años), Balbina Meruelo (el 16 de junio de 1942 a los 56 años), Manuela Sánchez (el 24 de septiembre de 1943 a los 40 años) y Sabina Aja (el 14 de febrero de 1944 a los 49 años). En Saturraran también murieron Ángel Palacios (el 7 de marzo de 1939 a los diez meses) y Ángel López (el 6 de abril de 1944 a los 18 meses), hijos de dos cántabras presas en esa cárcel.

viaderoJosé Ramón Saiz Viadero | edc

“Muchas de las acusaciones por las que aquellas mujeres fueron encarceladas eran mentira”

En “tres años de investigación”, María José Lanzagorta ha accedido a más de 200 fichas carcelarias correspondientes a esas y otras presas cántabras de Saturraran, cuyos nombres ha reflejado en Que permanezcan en nuestra memoria, que recoge historias de cántabras represaliadas desde 1937 hasta 1948. “Hay algunas maestras, algunas modistas y muchas amas de casa y criadas, muchas de las cuales no sabían ni leer ni escribir”, explica Lanzagorta, que añade que “muchas” de las acusaciones por las que aquellas mujeres fueron encarceladas “eran mentira”, que sus juicios “eran colectivos y rapidísimos” y que ellas “nunca tuvieron defensa”. Ninguna defensa y “poca comida”, pues “aunque el pueblo de Ondarroa se volcó con las presas, eran las monjas quienes se quedaban con ello”. Monjas que además “siempre miraban mejor a las presas que iban a misa que a las que no”.

Lanzagorta se ha encontrado con historias de “jóvenes muy jóvenes a las que fusilaban y después de matarlas, entregaban una foto y una cartera a sus madres”. Con historias como la de Gloria Bezanilla. “Natural de Santa Cruz de Bezana, vecina de Renedo de Cabuérniga, casada, 27 años, sus labores, sabe leer y escribir. Detenida el 18 de diciembre de 1937, ingresando en la Prisión Provincial de Santander. Es llevada al Consejo de Guerra permanente el 30 de diciembre de 1937 por el delito de auxilio a la rebelión. Se le acusa de pertenecer a la UGT, obligando a sindicarse a sus compañeros y prohibiéndoles trabajar a los que no se sindicaban. Hacía propaganda de la causa roja, se mofaba de las sagradas imágenes y su casa era punto de reunión y propaganda de los más destacados elementos de la Casa del Pueblo de Cabuérniga, siendo de muchos antecedentes”, establece su ficha carcelaria. Bezanilla fue condenada a 20 años de reclusión mayor, y el 8 de junio de 1938 ingresó en la cárcel de Saturraran, donde falleció a las 12:30 horas del 15 de diciembre de 1940 como consecuencia de una hemoptisis, según consta en el parte médico. “No son de extrañar muertes como la de Gloria, debidas a la humedad, la mala alimentación, los castigos y a que cuando subía la marea, el agua entraba hasta las celdas de la cárcel de Saturraran”, apunta Lanzagorta.

Murió el 17 de julio de 1942 en la cárcel de Saturraran como consecuencia de una colitis

Historias como la de Balbina Meruelo, que según su ficha “durante la dominación roja incitaba cada vez que la aviación nacional venía a esta provincia, a no dejar a nadie de derechas, haciéndolo igualmente con los pobres que imploraban la caridad, porque decía que eran frailes y curas que hacían de espías para los facciosos. Ella lo niega todo en su declaración”. Meruelo también fue acusada de adhesión a la rebelión y condenada a 30 años de reclusión mayor. Murió el 17 de julio de 1942 en la cárcel de Saturraran como consecuencia de una colitis.

Historias como la de Apolonia Sánchez, natural de Comillas y vecina de Madrid, donde fue detenida el 4 de abril de 1939 e ingresada en la cárcel de Ventas. “Casada con Celestino Vallina, comisario político de la 27ª Brigada Militar 8º Batallón 1ª Compañía. Tenía en su Brigada dos individuos que toman parte en el asesinato de José Calvo Sotelo. Es detenida por varias denuncias de vecinos. La denuncian de haber presenciado los asesinatos de un padre y dos hijos en la cárcel Modelo, de cuyo asesinato tiene el reloj de oro. El Ministerio de Gobernación el 21 de julio de 1939 da sus informes en los cuales se dice que Apolonia Sánchez es una persona marxista en extremo y tenía atemorizados a sus vecinos por las frases denigrantes que pronunciaba normalmente. Tomó parte en el asalto a la Modelo, en un asesinato de un sacerdote y otro de un padre y dos hijos, como también que había quemado el Cristo de la Fe en la calle Montera, de todos estos hechos se gloriaba continuamente. Cuando la detienen tenía en su poder dos bombas y una pistola”, se recoge en la ficha carcelaria de Sánchez, condenada a muerte.

“Asistiendo a todas las manifestaciones que se hicieron en el pueblo por el Frente Popular”

Historias como la de Alejandra Bañuelos, “de 19 años, obrera de profesión, soltera”. Natural de Aguilar de Campoo, Bañuelos trabajaba en la fábrica de galletas Fontaneda y estaba afiliada al sindicato UGT. “Vivía en Santander en calidad de refugiada”, y “el informe que mandan sobre ella decía que era socia de la Casa del Pueblo, siendo una de las principales organizadoras, asistiendo a todas las manifestaciones que se hicieron en el pueblo por el Frente Popular, insultando y amenazando a las personas de orden, estando considerada en el pueblo como peligrosa. En unión de sus dos hermanos, pasa al campo rojo el primer día del Movimiento. También estuvo junto a las demás en el Santillo, y animaba a la matanza de todos los hombres de derechas y de la Guardia Civil. Se retiró junto con las demás a Reinosa. Es entregada al jefe de piquetes, después de ser condenada a muerte, para su fusilamiento con el fin de cumplir la sentencia dictada en el Consejo de Guerra, el 17 de noviembre de 1937”, establece su ficha.

Pero la historia que más impresionó a Lanzagorta de las más de 200 que recoge en su libro es la de Julia Fernández Mora, una cántabra que no fue fusilada ni asesinada ni desaparecida ni muerta en prisión. Y que no murió durante el franquismo. “En el verano de 1947 entran en casa de los Mora y detienen a todos los miembros que se encuentran en ella, debido a la denuncia de un vecino del pueblo. Su padre –Benigno–, Julia y sus hermanos Modesto, Francisco y Melchor, que era menor de edad, son llevados presos. A Julia la torturan y le propinan varias palizas –quizá para hacerle decir lo que posiblemente no sabía–, y a su padre le torturan de tal manera que cuando llevan a Julia para que lo vea, ésta se trastorna de por vida. Viendo a su padre en aquellas circunstancias, decidió que ella no quería vivir, se tumbó en la cama, se tapó con una sábana y decía que estaba muerta. Tenía 28 años”, explica la autora de Que permanezcan en nuestra memoria. “Cuando pierde la razón y se ve que ya no puede continuar en ese estado, es trasladada de la cárcel de las Oblatas a la Casa de Salud Valdecilla, pues muchas cántabras víctimas del franquismo acabaron en el 20 de Valdecilla por motivos psiquiátricos. Fue el 2 de marzo de 1951, y su padre ya había fallecido, aunque creo que ella jamás llegó a saberlo. Allí fue ingresada por enfermedad mental y allí permaneció durante 852 días, saliendo el 1 de julio de 1953 para ser trasladada al psiquiátrico de Palencia hasta 1960 y al Centro Hospitalario Padre Menni de Santander desde entonces hasta su muerte, acaecida el 25 de abril de 2006 a los 86 años de edad”, continúa Lanzagorta. “Podemos decir que Julia Fernández Mora fue la primera y única cadena perpetua de España, y llegó a cumplir la pena. Sus cenizas fueron esparcidas por su pueblo, San Román de Cayón, de donde la sacaron a la fuerza una tarde de verano. Esa es la historia que más pena me dio”.

lanzagortaMaría José Lanzagorta | edc

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