Viernes 22.03.2019
OBITUARIO

Manuel Arce: la última soledad de un corredor de fondo

Los tres libreros en Penilla de Toranzo 2011. Manuel Arce, César Peña y Ramón Viadero acompañados de Teresa Santamatilde, Purificación Oruña y Vera Fernández de la Reguera | Archivo Saiz Viadero
Los tres libreros en Penilla de Toranzo 2011. Manuel Arce, César Peña y Ramón Viadero acompañados de Teresa Santamatilde, Purificación Oruña y Vera Fernández de la Reguera | Archivo Saiz Viadero

Porque, por encima de todo, es lo que era Manolo Arce: un corredor de fondo. Un corredor de fondo al que habiéndole avisado su corazón en 1987 de que no podía seguir marcando los impulsos vitales que le habían venido orientando hasta entonces, consiguió sacarle una prórroga que le permitió extraer otros treinta años más dedicados a sacar partido a sus vivencias y plasmar sus deseos de trascendencia.

Los atisbos contradictorios de esta composición familiar hacían prever un carácter independiente y rebelde al ser gregario que el nacionalcatolicismo habría de imponer

Demostró sus apetencias de soledad compartida allá por la mitad de los años cuarenta, cuando prefirió ser cabeza de ratón creando su propia modesta empresa antes que cola de león a la sombra de los entusiasmos del Grupo Proel. Hijo de un camisa vieja falangista escondido en un armario durante una parte del Frente Popular, y de una asturiana de familia socialista, encarcelada por no delatar el paradero de su marido, y con un hermano después represaliado por el franquismo, los atisbos contradictorios de esta composición familiar hacían prever un carácter independiente y rebelde al ser gregario que el nacionalcatolicismo habría de imponer durante los casi cuarenta años de dictadura que sucedieron a la guerra civil.

Otra característica de algunos de los azares que guiaron su existencia es la anécdota algo confusa que él gustaba de contar en conversación privada sobre que siendo niño estuvo a punto de acabar en Rusia como evacuado de la guerra y solamente el desembarco de un tren que les llevaba a tal destino pudo frustrar un impulso que hubiera modificado completamente su existencia.

Quizás ahí, en ese apeadero circunstancial, pudo presentir que la vida es una carrera de fondo que solamente la ganan quienes saben y logran mantenerse en forma, pero a costa de aprender a convivir con la soledad. ¿Tuvo suerte en sus empresas mercantiles y literarias, en un medio abrupto, por no decir completamente enfrentado con la modernidad que él buscaba? Suerte es una palabra que no debe desdeñarse nunca, pero que apenas sirve si no va sustentada en el tesón y la insistencia.

La única que, si se sabía tratarla con cuidado, podía adquirir las obras que él vendía

Contra todo pronóstico y con escasa ayuda (Pancho Cossío, a pesar de la amistad de camarada con su padre, y también de la coincidencia de criterios estéticos con el joven Arce -quizás también por eso mismo-, no quiso servirle de padrino para inaugurar su Galería Sur, a la que auguraba un rotundo fracaso), trabajando en paralelo con la existencia de los jóvenes de Proel pero marcando las debidas distancias, en el Santander provinciano supo sacar a flote un negocio que hubiera arruinado a cualquiera otro que no tuviera ese aire de gentleman que el hijo del camisero había heredado de una profesión señalada por el trato con la clientela de alcurnia económica. La única que, si se sabía tratarla con cuidado, podía adquirir las obras que él vendía y que iban a contracorriente con la mentalidad ambiental. 

Podemos asegurar que había comenzado la carrera difícil de desasnar literaria, estética y, por lo tanto, ideológicamente, a un sector de la sociedad santanderina, quedando al margen de otro mucho más numeroso pero entonces completamente impotente. Y, por ende, también la no menos ardua tarea de hacernos comprender a muchos que más allá del realismo socialista existía la no figuración y el universo personal de los abstractos, encabezados en Cantabria por Eduardo Sanz.

Esta nueva etapa de su carrera de fondista no estaría exenta de unas complicaciones no previstas  y que nada o muy poco tenían que ver con las dificultades surgidas al principio con una modesta revista llamada La isla de los ratones (de los erratones, según Gerardo Diego, hasta que los hermanos Bedia lograron hallar el insecticida necesario para inocularla), una galería afanada en conseguir pintores acreditados en el panorama nacional, y una vocación de poeta y novelista que en varias ocasiones conoció el rechazo de la censura… Las nuevas amistades aparecidas en los años 50-60 le conducirían al compromiso intelectual, y por lo tanto político, de enfrentamiento con el Régimen, manifestado abiertamente al plasmar su firma en los dos manifiestos contra las torturas aplicadas con los mineros asturianos y sus mujeres.

Entre los casi dos centenares de firmantes apenas había poco más de media docena vinculadas a Cantabria, y solamente Manolo Arce vivía en Santander

Entre los casi dos centenares de firmantes apenas había poco más de media docena vinculadas a Cantabria, y solamente Manolo Arce vivía en Santander. Los demás, Consuelo Berges, Ricardo Fernández de la Reguera y Susana March, Daniel Gil, Fermín Solana y Ricardo Zamorano residían en la gran urbe, más proclive siempre a guardar el anonimato de las personas. En Santander, las únicas personas que podían manifestar simpatías por el rumbo de su labor el pintor Miguel Vázquez y el músico Eduardo Rincón, estaban en la Prisión Central de Burgos, el pintor y poeta Julio Maruri se había convertido en el carmelita fray Casto del Niño Jesús, y el poeta José Hierro se hallaba en Madrid.

La respuesta oficial y oficiosa a lo que fue entendido como una provocación al Régimen que estaba preparando los fastos de los XX Años de Paz no se hizo esperar. El ministro Fraga Iribarne, a quien iban dirigidos los escritos, demoró su contestación, negando todo lo que en ellos se denunciaba; la ultraderecha local hizo su presencia y una madrugada los escaparates de la Galería Sur aparecieron cubiertos de papeles pegados en los cristales. Era el primer acto de una campaña menos descubierta, que Arce tuvo que superar echando mano a recursos de los familiares y las amistades cercanas al Régimen.

Veinte años más tarde desencantó a sus avalistas al aceptar el ofrecimiento del Partido Socialista de encabezar la candidatura a la alcaldía de Santander. Una nueva etapa en su carrera que puso de manifiesto su capacidad para afrontar nuevos retos y adentrarse en universos próximos que a la vez le resultaban ajenos. Pese a lo fácil que se le presentaba el proyecto, era un caramelo envenenado porque los conservadores habían afianzado su poder en Cantabria, y no consiguió la mayoría suficiente para vencer a su coyuntural contrincante el doctor Manuel Huerta. Sin embargo, quien le arrebatara la alcaldía fue, a la vez, sin duda, quien le salvó la vida, al diagnosticarle a simple vista la necesidad de someterse a un chequeo médico que resolviera la incógnita sobre una salud bastante deteriorada a consecuencia de los esfuerzos realizados y también por los descuidos sistemáticos.

No creo tampoco que hubiera sido un buen líder de la oposición municipal, labor que desgasta mucho

No creo que Manolo Arce hubiera sido un buen alcalde, con su temperamento personalista y su talante bastante especial a la hora de abordar las cuestiones y tratar con las personas. Hay quien sostiene que la campaña electoral como candidato repartiendo publicidad a las puertas de los mercados le había cambiado su carácter, socializándolo un tanto. No creo tampoco que hubiera sido un buen líder de la oposición municipal, labor que desgasta mucho y que desde hace cuarenta años ha venido acabando con la incipiente carrera de tantos candidatos socialistas a la alcaldía santanderina.

Sin embargo, tras el paréntesis motivado por su retirada, logró encontrar un acomodo adecuado para su trayectoria y manera de ser como presidente del Consejo Social de la Universidad de Cantabria, desarrollando una tarea creativa especialmente en lo que a la promoción de nuevos talentos literarios se refiere. Es este reencuentro con una juventud que le recordaba la suya propia lo que, a mi modo de ver, modificó su carácter sustancialmente, abriendo en su interior un espacio para la comunicación con quienes querían escucharle pero también que les escuchara.

La presencia de [email protected] de [email protected] componentes de este grupo joven -hoy maduro-, la echaba de menos Manolo Arce durante su última estancia en un geriátrico santanderino. También recordaba a los jóvenes de otros tiempos, de los cuales solamente quedan en pie Julio Maruri (1920), Ángel de la Hoz (1922) y Eduardo Rincón (1924): curiosamente, todos mayores que él, pero limitados ya en sus posibilidades.

Dotado para la gestión como estuvo siempre, mantenía fija la idea de implicar a las gentes de su entorno en su propio trabajo

Y lamentaba no poder seguir con su tarea final: recopilar fotocopias, ordenar sus archivos, planificar ediciones de su obra inédita… y hacer encargos. Dotado para la gestión como estuvo siempre, mantenía fija la idea de implicar a las gentes de su entorno en su propio trabajo, como una forma de trascenderlo. Tuve ocasión de recibir dos de esos encargos suyos: uno quedó plasmado en su libro sobre La isla de los ratones, incluyendo la presencia femenina en su literatura; el otro, desgraciadamente, ha permanecido inédito, aunque no descarto abordarlo algún día, y consiste en revisar las vicisitudes que hubo de sufrir la traslación al cine de su obra literaria, por mores de la censura franquista.

Acabar este encargo, materializar un deseo para el cual me proporcionó (como solía hacer) bastantes documentos, supondría para mí una manera de lograr despedirme provisionalmente de este corredor de fondo, algo que no pude hacer debido a las concertinas familiares levantadas a su alrededor.