jueves 02.04.2020
ENTREVISTA

“En los ochenta ya teníamos el vacío en los pueblos, pero todavía estábamos yendo y viniendo”

Entrevista a Isidro Cicero, autor de Vindio. La historia de Cantabria contada a los niños, en el 40º aniversario de la publicación de la obra.

Isidro Cicero | edc
Isidro Cicero | edc

Aquella noche soñé yo que era un cántabro antiguo y que me llamaba Vindio, como el sagrado monte Vindio que ahora llamamos Picos de Europa.
Vindio en celta significa blanco. La nieve hace blanca la superficie pizarrosa de la roca.

Vindio. La historia de Cantabria contada a los niños [Tomo I (1979)]

Vindio, del escritor lebaniego Isidro Cicero, cumple 40 años. El primer tomo, que abarca la historia de Cantabria hasta el siglo XVIII, lo ha hecho este 2019, y el segundo, que abarca los siglos XIX y XX, lo hará el próximo 2020. Un buen momento para echar la vista atrás junto al autor de esta obra cuyas fichas de geografía de Cantabria –extensión, límites, pueblos, ciudades, comarcas, valles, montes, ríos, costas, puertos, red viaria, población, densidad…–, cuyos resúmenes de historia –desde la prehistoria hasta los días en que la obra fue publicada, en plena lucha por el autogobierno de Cantabria–, cuyo “diccionario resumido de las palabras que aparecen en la obra y otras rescatadas del sistema lingüístico montañés” y cuyo universo mágico y mitológico marcaron a toda una generación.

Publicaste Vindio justo después de Los que se echaron al monte (1977) y El Cariñoso (1978), ambos sobre la Resistencia armada al franquismo en Cantabria. ¿Por qué decidiste escribir una obra como Vindio?

Porque se empezaba a hablar de la autonomía de Cantabria y había un movimiento de tintes sobre todo económicos –la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria, ADIC, era un movimiento minoritario y enfocado a defender los intereses de Cantabria–, pero Cantabria culturalmente no tenía entidad, no sonaba a la gente. Se había empezado por lo económico, y yo vi que había que explicar o contar qué había sido Cantabria, qué era Cantabria, desde el punto de vista histórico y cultural. Hacía falta ese trabajo y cuando me puse a investigar, vi que había muchas cosas fragmentarias pero no una historia general de Cantabria. Vi que no había un tratado, un corpus, de lo que era Cantabria y de lo que había sido esta tierra a lo largo de la historia.

Y te pusiste a escribirlo.

Fundamentalmente, el objetivo fue dar a conocer Cantabria

Me dediqué a leer todo lo que se había publicado sobre la historia de Cantabria. Existía el Centro de Estudios Montañeses, existía la Institución Cultural de Cantabria y había monografías pequeñas o grandes pero no una unidad del tema, y yo leí muchas monografías y, con el asesoramiento de personalidades de la cultura y la ciencia de Cantabria como por ejemplo Benito Madariaga –que acaba de fallecer–, me dediqué a hacer esa unidad, sí. Fundamentalmente, el objetivo fue dar a conocer Cantabria.

Y lo lograste, porque se vendieron decenas de miles de ejemplares. No tantos como de Los que se echaron al monte, pero…

No, tantos como de Los que se echaron al monte no, pero estaba en las escuelas, en los ayuntamientos…, en todos los sitios. Y fue un regalo de cumpleaños, de primeras comuniones… Estuvo muy de moda.

Y lo presentaste muchas veces y en muchos sitios, algo que dos años antes no habías podido hacer, por cuestiones políticas, con Los que se echaron al monte

Sí, ahí sí me dieron cancha. Ahí me dieron cancha.

¿Percibes en la calle que Vindio marcó a toda una generación de niños cántabros?

Sí, todavía voy a un médico o a cualquier profesional y cuando les digo mi nombre, me dicen “¿no serás tú el autor de Vindio?”. Se quedan asustados…

¿Hay gente que te conoce más por Vindio que por Los que se echaron al monte?

Sí, mucha. Los que entonces tenían diez o 15 años, que son los que más leyeron el libro, y ahora tienen alrededor de 50.

Vindio también recibió el Premio del Ateneo de Santander al libro cántabro de aquel año 1979.

Nunca me he presentado a un premio, por lo que agradecí muchísimo que el Ateneo de Santander me lo diera a su iniciativa

Sí –yo creo que el Ateneo de Santander era la única institución de Cantabria que daba un premio literario en aquella época–, y lo agradecí muchísimo, entre otras cosas porque yo nunca me había presentado a un premio y sigo sin presentarme a ningún premio, entonces que me lo dieran ellos a su iniciativa me gustó mucho.

Antes hablabas de ADIC, que por cierto te homenajeó cuando Vindio cumplió 25 años: en 2004 en el Día Infantil de Cantabria, en Santander, y en 2005 en el Día’l Pueblu Cántabru, en Novales.

Sí, el primer homenaje consistió en izar la bandera de Cantabria y el segundo en plantar un árbol, un tejo. Allí hay un tejo que planté yo y allí di un discurso sobre los 2.200 años de la aparición del nombre de Cantabria en la historia.

Fluvium Hiberum is oritur ex cantabris

Magnus atque pulcher, pisculentus.

ADIC siempre se ha volcado con la divulgación de Vindio. ¿Participó de alguna forma en la edición de la obra?

No, no.

¿Fue una iniciativa tuya?

Exclusivamente mía.

El subtítulo de Vindio es “la historia de Cantabria contada a los niños”, pero Vindio no es exactamente un libro de historia…

No quería hacer un libro de historia sino holístico, generalista, que coordinara todo y completara todo, y una parte importante para eso era el lenguaje

Sí, no quería hacer un libro de historia sino holístico, generalista, que coordinara todo y completara todo, y una parte importante para eso era el lenguaje. El lenguaje y un poco de acción, para que fuera atractivo para los escolares. Los ingredientes eran la trayectoria geográfica del paisaje y del territorio, la trayectoria histórica y la trayectoria económica de la gente de aquí –de qué había vivido y de qué vivía–, pero también cómo hablaba, cómo bailaba y cómo… Quería juntar todo eso y para ello lo que me inventé fue un personaje: Vindio, un niño que estaba en la escuela y aprendía todo eso en la escuela, en un sistema pedagógico basado en la escuela Montessori –que entonces se hablaba bastante de ello– y en un pueblín de Cantabria con niños, niñas y seres mitológicos dentro del paisaje. Esa es la fórmula.

Una fórmula innovadora y muy didáctica…

Es una manera activa de contar las cosas, y estoy hablando de técnicas narrativas, más que de contenidos históricos. Mira:

Frío está el corazón del guerrero
en el cuenco de carne de su cuerpo.
Frío está el corazón.
Mujer, dame las piedras
que hemos calentado en la hoguera
de la libertad.
Ellas solas pueden caldear
el corazón del guerrero
cuando llegue de nuevo el Plenilunio.

Esto es después de la guerra y de la conquista, y el Plenilunio es el día sagrado en el que pueda comenzar otra vez la lucha. Pues ese poema, incluido en el capítulo ¡Cuándo llegará el Plenilunio! del Tomo I, es un poema mío en el que aprovecho para contar cómo calentaban la leche: con piedras abrasadas en la lumbre.

¿Por qué enfocaste Vindio a la infancia y a la juventud en vez de a los adultos? ¿Preferías conectar con aquella generación de niños y jóvenes más que con los adultos de la época?

Sí, sobre todo por eso, pero también por una cuestión de enfoque estilístico, literario. Cuando escribes un libro, tienes que pensar quién va a leerte o a quién quieres dirigirte, y en función de eso eliges el lenguaje. Yo pretendía que la obra llegara a todo el mundo, y para mí era más fácil dirigirme primigenia y naturalmente a niños, que no tienen por qué conocer las cosas, que pensar que quienes van a leerme son profesores, académicos e intelectuales. Eso me constreñiría mucho el lenguaje y me reduciría las posibilidades de llegar a todo el mundo, que es lo que yo pretendía. Pero llegar a todo el mundo exige un esfuerzo sobre todo lingüístico, ¿eh?

Por supuesto. Antes decíamos que Vindio estaba en todos los colegios, pero no sé bien si sigue estando. Poco antes de las autonómicas del pasado 26 de mayo, el presidente autonómico y secretario general del PRC, Miguel Ángel Revilla, me dijo en una entrevista que a su partido le gustaría dirigir por primera vez la Consejería de Educación entre otras cosas para fomentar la identidad de Cantabria. El PRC ya dirige la Consejería de Educación, y si de verdad quiere fomentar la identidad de Cantabria, Vindio debería seguir estando en los colegios…

Estaba, y sí sería una buena ocasión para que Vindio volviera ahora a colegios e institutos.

Vindio remite continuamente a la historia, pero también a esa cultura ancestral de Cantabria tan vinculada a lo mágico y lo mitológico…

Sí, es la mentalidad, las cosas mentales de Cantabria. El sustrato cultural.

Esa relación entre la historia y la mitología resulta muy atractiva. Por ejemplo, que seres mitológicos de Cantabria como la Anjana transmitan el conocimiento a Vindio…

El conocimiento lo transmitía el maestro de escuela rural, la familia, la aldea educadora y todo el entorno natural y también mental, incluida la Anjana

Sí, el conocimiento lo transmitía el maestro de escuela rural, la familia, la aldea educadora y todo el entorno natural y también mental, incluida la Anjana, que es la protectora. Pero no sólo la Anjana, también unos enanucos…

Bigaristas.

Bigaristas, que son especialistas cada uno en un tema. Y esos enanucos bigaristas toman el nombre cada uno de una planta medicinal, porque también quiero contar la tradición médica de Cantabria. Todos cuentan historias, cada uno especializado en un tema; por ejemplo, uno está especializado en contar acuerdos. Son todos seres benéficos. Menos el Ojáncano, que es un ser tradicionalmente de invierno.

En Vindio tú ya apuntabas un problema del que ahora se habla mucho: el de la Cantabria vaciada.

Hablo de la emigración, el vaciamiento de la Cantabria tradicional y la concentración en Torrelavega y en Santander…

Sí, ese vaciamiento ya estaba produciéndose…

Bueno, ya se había producido en los sesenta y setenta. En los ochenta ya teníamos el vacío en los pueblos, pero todavía estábamos yendo y viniendo…

¿Vindio está ubicado en esa Cantabria vaciada porque querías llamar la atención sobre ello?

Sí, sobre el vaciamiento de los pueblos y el consiguiente abandono de esa cultura.

Un abandono que no ha parado desde entonces.

No ha parado desde entonces y además se ha transfigurado, porque no es lo mismo una bolera de diseño que la bolera…

Que el corro. Que el corrobolos.

Un concierto de rabel en una ciudad puede estar muy bien, pero no está ambientado en el sitio del rabel

Eso es. No es lo mismo. La bolera de diseño de un barrio de una ciudad estará muy bien, pero es coger la forma y no el fondo. Ese es el tema. El rabel, que aparece en Vindio: un concierto de rabel –con las cuerdas afinadas e incluso las letras de entonces– en una ciudad puede estar muy bien, pero no está ambientado en el sitio del rabel.

Antes destacabas que Vindio también aborda cómo hablaban o hablan las gentes de Cantabria, y en la obra hay referencias al patrimonio lingüístico cántabro…

Sí, la forma de hablar está presente: los niños hablan así, en montañés antiguo.

¿Por qué quisiste que estuviera presente?

En Vindio está utilizado sólo como recurso literario.

¿Entonces no hubo también una especie de reivindicación del cántabru?

Hay un grupo musical que se llama Luétiga; ese nombre lo sacaron de Vindio, porque luétiga es una palabra lebaniega, no es nuétiga

Yo no voy a meterme en esa pelea, yo lo uso como recurso literario: si estorba al relato, no lo uso para nada; si enriquece el relato, lo uso como recurso. Pero si estorba o distrae, no, y a mí muchas cosas de esa reivindicación me distraen mucho el pensamiento, me distorsionan un poco la dirección. Pero hay cosas que… Por ejemplo, luétiga. Hay un grupo musical que se llama Luétiga; ese nombre lo sacaron de Vindio, porque luétiga es una palabra lebaniega, no es nuétiga…

Ni nuética, que es como llamamos a la lechuza en los valles centrales…

Eso es. Luétiga, que es una palabra preciosa, es lebaniega, y esos muchachos del grupo musical la tomaron de Vindio.

Luétiga, que por cierto cantaba sólo en cántabru, es probablemente el grupo más histórico y representativo de la historia del folk cántabro…

Pues tomó su nombre de Vindio. Lo dijeron ellos públicamente en un homenaje que me hicieron en Colindres.

Qué cantidad de formas de referirse a la lechuza hay en Cantabria, ¿eh? Y no pasa sólo con la lechuza…

Un amigo mío de fuera de Cantabria, cuando estaba leyendo Vindio, me preguntó qué animal es el salayón…

¿El salayón?

Sí, creo que por los valles centrales lo llamáis nánago.

Ah, sí, el nánagu.

Ese amigo mío me decía también cosas como que suponía que el dalle era una especie de guadaña o que le hizo gracia que el primo mexicano de Vindio se refiriera a los enanucos como enanitos

El patrimonio lingüístico cántabro está muy presente en la obra, sí.

Yo el patrimonio lingüístico cántabro lo uso sólo como recurso literario expresivo

Yo lo uso como recurso literario expresivo. Si me sirve para darle color y sabor al cuento, lo uso. Si no, no.

Pero cuatro décadas después quizás no baste con eso y haya que hacer algo más, pues hasta la Unesco ha alertado de que ese patrimonio está en peligro de desaparición…

Bueno, pero eso ya que lo hagan otros.

Los dos tomos de Vindio se publicaron en los poco más de tres años que van desde la entrada en vigor de la Constitución española hasta la entrada en vigor del Estatuto de Autonomía para Cantabria, es decir en pleno debate territorial en el Estado español y en plena lucha por el autogobierno de Cantabria, una lucha para la que Vindio supuso un impulso.

Mucho. Yo no tomé partido públicamente en ese debate, pero a un nivel cultural, subterráneo, profundo, de fondo… la obra supuso mucho impulso, porque estaba dirigida a los niños pero la leyeron los maestros, las maestras, los padres de los niños, los tíos, las tías…, que son los que votaban, los niños no. Se leyó en las casas, tuvo una labor subterránea, de marea de fondo.

Que no es poco…

Claro. Es muy importante, es fundamental.

Muchos niños por supuesto, pero también muchos adultos conocieron la historia de Cantabria gracias a Vindio.

Las primeras corporaciones municipales las formaba gente que tenía que pronunciarse sobre si autonomía sí o autonomía no, y el instrumento que tenía en la mano era Vindio

Sí, mucha gente. Me lo han reconocido incluso dirigentes políticos y concejales. No todo el mundo había hecho ese esfuerzo intelectual de lectura y de recopilación que hice yo –eso lo habíamos hecho varios, muy pocos–, que le di masticado a la gente un manual de uso de lo que estaba viniendo: el nombre de Cantabria y la bandera de Cantabria –que entonces no existían oficialmente–, las instituciones de Cantabria… Las primeras corporaciones municipales las formaba gente de los pueblos y de las ciudades que tenía que pronunciarse sobre la autonomía de Cantabria. Que tenía que pronunciarse sobre si autonomía sí o autonomía no…

De hecho, el autogobierno se logró gracias a que lo reclamaron esas corporaciones tras las municipales de 1979, precisamente el año en que se publica el primer volumen de Vindio

Claro, y muchos de esos concejales conocieron la historia de Cantabria a través de Vindio. Tenían que votar, y el instrumento que tenían en la mano era Vindio, que lo tenían sus chavales en casa o que lo había comprado el Ayuntamiento…

¿Y ese impulso de Vindio a la lucha por el autogobierno fue consciente? En otras palabras, ¿tuvo Vindio también un propósito político?

En el propio libro lo digo:

Pues aquí tenemos a Vindio contándonos la apasionante historia de nuestra tierra. Explicándonos de qué madera estamos hechos, de qué roca hemos sido sacados. Vindio es un chaval enamorado de Cantabria. Eso se le ve. Apasionado por su tradición y por su gente.
Sabe que nosotros no somos ni más ni menos que otros pueblos, pero sabe que somos un pueblo, que nadie puede ignorarnos y sobre todo que no podemos ignorarnos nosotros mismos.

Ese es el propósito político de la obra. Eso es lo que yo tengo en la memoria como declaración política, ni más ni menos. Yo estaba observando, contando y explicando lo que había de fondo. Mi vía era la cultural, una vía de marea de fondo.

Pero la cultura también es política. ¿Cómo viviste aquella lucha por el autogobierno de Cantabria?

La viví en primera persona, y es cierto que a través de Vindio estuve en la acción política y reivindicativa de la autonomía, sí.

¿Cómo ves la Cantabria de estas casi cuatro décadas de autogobierno y cómo ves la Cantabria del futuro?

Cantabria ha tenido unos años muy malos, porque cuántas veces ha estado gobernada por gente que no era autonomista…

Veo a Cantabria con salud política y con futuro. Ha tenido unos años muy malos, porque cuántas veces ha estado gobernada por gente que no era autonomista… Mucha parte de su historia ha estado gobernada por gente que no creía en la autonomía, y se puede llevar a cabo expedientes incluso autonomistas, pero si no crees en ello, si no lo vives, vas a remolque. Pero veo a Cantabria un futuro irreversible como autonomía. Se trata de cuidar lo que tenemos y gobernarlo con honestidad, inteligencia y sensibilidad. Y a ver qué hacemos con esa Cantabria que se ha vaciado…

Sí, porque esa Cantabria vaciada en la que se ubica Vindio sigue vacía y su cultura sigue abandonada. Es más, está aún más vacía y su cultura está aún más abandonada que en 1979, cuando denunciaste esa situación.

Vindio habla del conocimiento, es un depósito de conocimiento de cosas, y unas cosas que Vindio no alcanza a saber se las cuenta la Anjana, otras los enanucos del bígaro…, pero también hay un depósito histórico al que recurren, que es la piedra redonda. La piedra redonda la echan a andar los enanucos, solamente saben hacerla girar ellos. Tocándola con una rama de acebo la hacían girar y salía el conocimiento. Es un disco de historia, un disco del conocimiento donde todo está almacenado y que tocándolo aparece. ¿A qué te suena?

¿A qué?

A disco compacto o compact disc, que entonces no existía. A almacén de conocimiento a la distancia de un clic y a Internet. A un toque, el conocimiento. Año 79.

premiovindio

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