sábado 21.09.2019
MEMORIA

“Con el Pantano del Ebro se abrió una herida que no se cerrará jamás”

En 1943 había casi 1.300 esclavos del franquismo en Cantabria, entre ellos 258 construyendo el Pantano del Ebro para la empresa Vías y Riegos.

Imagen del Pantano del Ebro; a la derecha, restos del destruido Puente Noguerol
Imagen del Pantano del Ebro; a la derecha, restos del destruido Puente Noguerol

Audelino Robledo nació hace 75 años en Quintanilla de Valdearroyo, pueblo campurriano del municipio de Las Rozas de Valdearroyo completamente inundado por el Pantano del Ebro desde 1947, cuando Robledo contaba tres años. Como lo están desde 1948 los pueblos de La Magdalena y Medianedo, también en Las Rozas de Valdearroyo, y Quintanilla, uno de los barrios del pueblo de Bustamante, en el municipio de Campoo de Yuso. “Con el pantano del Ebro se abrió una herida que no se cerrará jamás”, asegura a eldiariocantabria Robledo, presidente de la Comisión Campurriana para la Historia del Pantano del Ebro, organizadora de las III Jornadas sobre el Pantano del Ebro, que el entorno del polideportivo de La Población (municipio de Campoo de Yuso) acogerá este sábado, 7 de septiembre, desde el mediodía hasta bien entrada la tarde, con la colaboración de los ayuntamientos de Campoo de Yuso (Comunidad Autónoma de Cantabria) y Arija (Provincia de Burgos). Será un día “de recuerdo a toda aquella gente que sufrió tanto”, pero también “de reivindicación de la reconstrucción del Puente Noguerol”, que fue construido entre La Población y Arija “como compensación a los daños que el pantano iba a ocasionar” pero que “sufrió el desplome de parte de sus arcos centrales antes de ser inaugurado” y después de ese desplome “dinamitaron en vez de repararlo”. La reconstrucción del puente evitaría el actual rodeo de 25 kilómetros para recorrer los sólo cuatro que separan La Población y Arija.

“Recuerdo los lamentos de mis padres y el cariño a la tierra de la que los echaron, la indemnización mísera y los esfuerzos para sobrevivir que la mayoría de los afectados tuvieron que hacer”

“Con ese pantano se abrió una herida que no se cerrará jamás”, insiste Robledo. ¿Jamás? “Se paliaría en parte si se reconstruyera el Puente Noguerol, pero sólo en parte”. “Qué atropello sufrió la gente, qué vergüenza...”. Como muchas otras, su familia tuvo que abandonar su pueblo en 1947 “sin cobrar ni la indemnización para poder acceder a otra vivienda”. “Muchos tuvieron que recurrir a préstamos de familiares o amigos y la indemnización no empezó a cobrarse, en partes, hasta 1948 y fue miserable y muy inferior a la que cobraron después los afectados por los pantanos de Aguilar, Riaño y compañía”, apunta. ¿Qué recuerdos tienes de aquella época? “No recuerdo mucho, pero sí las afirmaciones y los lamentos de mis padres y el cariño a la tierra de la que los echaron, la indemnización mísera y los esfuerzos para sobrevivir que la mayoría de los afectados tuvieron que hacer, teniendo en cuenta aquella gran miseria de la posguerra”. Unos se fueron “a pueblos cercanos”, otros “a Bilbao” y otros “a pueblos de Cantabria camino de Santander”. Robledo también recuerda a quienes construyeron el pantano. “Por las malas condiciones laborales, la población trabajaba con desgana y, como las obras no avanzaban mucho, de principios de 1943 a mediados de 1946 se recurrió a presos del franquismo; siempre se comentó que sin el trabajo de los presos el pantano no se habría acabado o habría tardado mucho más en acabarse”.

El trabajo era “durísimo” y la alimentación “malísima”. Instalados en Arroyo (municipio de Las Rozas de Valdearroyo), los presos vivían en régimen de semilibertad pero en barracones y prácticamente sin poder lavarse. La beneficiaria, Vías y Riegos, “empresa privada pero controlada por el régimen”, advierte el presidente de la Comisión Campurriana para la Historia del Pantano del Ebro. “Para poder sobrevivir, los presos hacían manualidades –collares, muñequeras…– y las vendían en los pueblos cercanos”. También “ayudaban a labradores de la zona en las labores del campo”, y es que la solidaridad de las gentes de los pueblos cercanos fue “total”. “Era una zona mayoritariamente de ideología de izquierdas, por eso algunos perjudicados consideran que el que las indemnizaciones no se pagaran en su momento y fueran tan miserables fue un castigo político”. Robledo conoce historias de aquellos presos políticos, esclavos del franquismo en Cantabria de los que en 1943 había casi 1.300: 600 en Ganzo (municipio de Torrelavega) trabajando para Sniace, 190 en Vega de Pas trabajando para Ferrocarriles y Construcciones ABC, 150 en El Escudo trabajando para C. Peña, 75 en Potes trabajando para Regiones Devastadas y 258 en Arroyo construyendo el Pantano del Ebro para Vías y Riegos. “Por las malas condiciones, algún preso se unió a los maquis” –es decir a los guerrilleros antifranquistas– y algunos de ellos “murieron en El Escudo” pero otros “pudieron pasar a Francia”. Los que se quedaban e iban cumpliendo sus condenas no eran enviados a sus domicilios habituales sino “lejos de ellos”. “A uno de Burgos que yo conocía lo deportaron a Cataluña”, explica Robledo, que también recuerda el caso de tres que acabaron casándose “con tres mozas de pueblos cercanos”. “El padre de una de ellas era falangista y no fue a la boda, por la presión del cura, el alcalde y demás…”.

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