domingo 27/9/20
HISTORIA

Nepal, el arte de sonreír en la tragedia

Un viaje a pie por el Himalaya en busca de eso tan extraño que llaman felicidad
La aldea de lo Gaun | Foto: O.L
La aldea de lo Gaun | Foto: O.L

Catorce días caminando, sin escuchar el ruido de una máquina, ni ver un coche. La ruta que rodea la base del Manaslu –un gigante del Himalaya de 8.156 metros– discurre por el cañón del río Budhi Gandaki, al principio por un paisaje bucólico, con bosques de árboles Sal y terrazas con campos de mijo, trigo y arroz, entre los que destacan los tejados azules de las aldeas.

EL MANASLU, DESDE CERCA DE  BHUJUNGEl Manaslu, desde cerca de Bhujung | Foto: O.L

El camino, una antigua ruta comercial de la sal con el Tibet, nos adentra en un mundo primitivo, comunicado por puentes tibetanos y sendas de montaña, por las que reatas de mulas transportan artículos de primera necesidad a las aisladas poblaciones. Hay muchos niños y mujeres, ellas siempre trabajando. Pero, a pesar de la dureza y pobreza de sus vidas, la gente no conoce el estrés, es amable y parece que no saben hacer otra cosa que sonreír.

UN PUENTE TIBETANO EN MEDIO DEL BOSQUEUn puente tibetano en medio del bosque | Foto: O.L

A QUÉ LLAMAMOS FELICIDAD

“Nepal es inmensamente pobre e inmensamente feliz”, me dice uno de mis compañeros del  trekking, ante esa experiencia. “¿O será que aquí sonríen cuando les duele?”, se pregunta, irónicamente.

Estamos, en efecto, viajando por uno de los países más pobres del mundo, en el que la mayoría de la población vive casi exclusivamente de los productos que cultiva, sobre tierras alquiladas a alguno de los zamindar –latifundistas– que las acaparan. Quien quiera mejorar tiene que emigrar al extranjero o a las ciudades que soportan la única industria del país: el turismo.

MUJER AVENTANDO EL GRANO EN BHUJUNGMujer aventando el grano en Bhujung | Foto: O.L

¿Se puede ser muy pobre y feliz? En las calles de Helsinki, el país que ocupa la primera posición en el ranking de felicidad del mundo, según Naciones Unidas, ni de lejos es posible encontrar esta paz y contenida alegría. Sin embargo, en ese mismo ranking, Nepal ocupa el puesto número 100 sobre 152 naciones ¿Es lo mismo felicidad que bienestar? 

A UN TIRO DE PIEDRA DEL TÍBET

A partir del poblado de Lo Gaun, a más de 3.000 metros, los edificios ya son inequívocamente tibetanos. Al levantarnos, una nevada nocturna ha transformado el paisaje, y nos preguntamos si la nieve habrá cerrado el paso Larke, situado dos mil metros por encima, porque en ese caso tendríamos que renunciar a completar nuestra ruta. Ascendemos, entre monasterios y centenarios chorten con oraciones en sánscrito y budas tallados en piedra por generaciones de monjes. Luego, los bosques de coníferas dan paso a un altiplano rodeado de afiladas cimas nevadas de más de 6.000 metros. A la izquierda, la luminosidad ultraterrena de la mole del Manaslu atrae una y otra vez, como un imán, nuestra mirada.

CHORTEN CON PIEDRAS LABRADAS POR GENERACIONES DE MONJES, CERCA DE SAMDOChorten con piedras labradas por generaciones de monjes, cerca de Samdo | Foto: O.L

NO SE QUEJE TANTO, SOLO SONRÍA

Con 34 millones de habitantes de los que más de 6 han tenido que emigrar al extranjero –y, de éstos, 4 viven en India– Nepal está en el furgón de cola en desarrollo humano, según Naciones Unidas, con una cuarta parte de su población viviendo con menos de medio dólar al día. El analfabetismo femenino alcanza el 88% en este país de arraigadas tradiciones patriarcales, en el que algunas familias campesinas aún venden sus niñas a mafias que las distribuyen por los prostíbulos de Asía o, en el caso de las más afortunadas, como esclavas del hogar. Con solo una quinta parte cultivable de la montañosa superficie del país, y a falta de inversiones para aprovechar recursos como la energía hidráulica, la emigración de campesinos a Katmandú, donde cada vez hay más niños mendigos, es imparable.

Cuando apenas se habían recuperado del terremoto de 2015, que asoló el país, los desplazamientos de tierras e inundaciones del monzón de 2019 afectaron a casi un millón de personas, y ahora la pandemia de 2020 les ha cerrado el grifo del turismo. Sin embargo, los nepalíes, tercamente, siguen sonriendo ¿Es una envidiable capacidad de adaptación o se trata solo de una máscara?

MÚSICA Y BAILE EN  BHUJUNGMúsica y baile en Bhujung

LA TEORÍA DE LA REENCARNACIÓN APLICADA A LAS BOTAS

Ganesh, uno de nuestros porteadores, ha pedido en el lodge una aguja y un bramante para recoser las suelas de sus zapatillas de montaña, heredadas de algún viajero anterior, que se le han abierto, como si bostezaran, durante la marcha. “Ahora son waterproof”, me dice con una sonrisa. “Si las meto en el agua, la evacúan enseguida”. Pienso en las condiciones de vida de esta gente, que carga con veintitantos kilos de nuestro innecesario equipaje, y subsiste de dos cortas temporadas de trekking, en primavera y otoño. En una convivencia tan estrecha, nuestra opulencia resulta evidente y, a veces sin quererlo, roza lo obsceno. Nosotros no podríamos soportarlo, pero parece que ellos lo aceptan con naturalidad, como si no fuese algo importante. Así que, ante el comentario de Ganesh, no sé qué cara poner.

MUJERES TRABAJANDOMujeres trabajando | Foto: O.L

MAL DE ALTURA

Campamento de Dharmasala, a 4.400 metros. Son las 4 de la madrugada y el termómetro marca 20 grados bajo cero. Las luces de las linternas frontales parecen un enjambre de nerviosas luciérnagas mientras el grupo prepara la salida para coronar el collado Larke, el punto más alto del trekking, a 5.100 metros. Uno de mis compañeros ha pasado la noche con fuertes dolores de cabeza y se levanta desorientado. Ante lo que parece mal de altura, el guía empieza a buscar una mula para transportarlo. “Tenemos que cruzar como sea”, dice. Pero, en el último momento, empieza a recuperarse, e iniciamos el ascenso bajo las estrellas, entre yaks insomnes a la luz de las linternas. Cuando, trabajosamente, alcanzamos el alto, a mediodía, la larga dentadura de los Annapurna se despliega ante nosotros, resplandeciente como una alucinación. Un abrazo, una foto, y nos deslizamos cuesta abajo, buscando escapar cuanto antes del insidioso malestar que produce la altura.

                               Camino de la noche más alta, en Dharmasala. A la izquierda, el Manaslu | Foto: O.L

UN REINO CELESTIAL RECONVERTIDO A REPÚBLICA MAOÍSTA

Durante los años 60 y 70, el Hippie Trail convirtió Katmandú en la meca de miles de jóvenes occidentales, encandilados con la imagen de pureza de “un reino en los Himalayas, muy cercano al cielo”. Una ñoñez occidental, que soslayaba la realidad de una monarquía corrupta, y, hasta 1991, absoluta. Las terribles condiciones de los campesinos propiciaron el nacimiento de una guerrilla maoísta que, durante 10 años de guerra civil, desangró el país, llegando a controlar y administrar autónomamente el 80% del territorio. Pero en Nepal, el maoísmo no parece ser como nos lo imaginamos. Partidarios de la justicia social y la liberación femenina, y opuestos al sistema de castas y a la marginación de las minorías de un país con más de 60 etnias y 123 lenguas, representan la alternativa progresista. Y tuvieron el pragmatismo de negociar con la clase política de Katmandú el fin de la guerrilla a cambio de la expulsión del rey y la proclamación, en 2008, de una república democrática.  

Los antiguos guerrilleros presiden hoy un gobierno con muchas dificultades y desafíos, pero también con la evidencia de que el país se está modernizando. Una buena noticia, esperando que el precio no sea perder la sonrisa.

MUCHACHAS EN KATMANDUMuchachas en Katmandú | Foto: O.L

RICOS POR FUERA, POBRES POR DENTRO

Tras rodear el macizo del Manaslu, la ruta desciende por otro valle, con el espectáculo de la cordillera de los Annapurnas a nuestra derecha. Ríos salvajes, espesos bosques de coníferas y rododendros y, en lo alto, el resplandor de los enormes merengues de nieve de entre seis y siete mil metros. En Bhimtang, uno de los refugios en los que pernoctamos, coincidimos con Valentino y Rita, una pareja de montañeros italianos, setentones y descarnados, pero ágiles como ardillas. Este es su séptimo trekking en Nepal. “En Occidente, nuestra riqueza nos centra en lo que deseamos y no en lo que somos”, me dice él. Y Rita lo apuntala: “La publicidad nos ha hecho creer que tenemos todo el derecho a exigir la realización de nuestras fantasías, y eso es pura frustración. Aunque parezca hipocresía o cinismo, para nosotros, estar entre esta gente es recibir una lección del arte de vivir”.

EMPEZANDO A BAJAR EL LARKE PASS, CON LOS ANAPURNAS AL FONDOEmpezando a bajar el Larke Pass, con los Annapurnas al fondo | Foto: O.L

NI LA RELIGIÓN COMO OPIO DEL PUEBLO, NI EL OPIO COMO RELIGIÓN DEL PUEBLO

Rita cree que, con nuestra persecución del progreso material como un fin en sí mismo, hemos olvidado que lo verdaderamente importante son algunas cosas muy sencillas –y no siempre placenteras– pero que llenan de sentido la vida. “Es cierto que el énfasis en la austeridad y la resignación de las religiones dificultan el progreso”, reconoce, “pero también proveen a la gente de la fortaleza para encontrar alegría en medio de  la dureza de sus vidas ¿Dónde está el equilibrio?”. 

Veo a Ganesh salir de un santuario tibetano, y aprovecho para abordar el tema. “Ser feliz es tener lo que se quiere”, me dice. “Y tú, Ganesh ¿eres feliz?”, le pregunto. “Sí, me responde, porque procuro querer tan poco, que casi no tengo que hacer nada para conseguirlo”.

¿A MÁS ONG, MÁS POBREZA?

De retorno, pasamos por Bhujung, un poblado de montaña con 2.000 habitantes de la etnia Gurung, en el que el plástico brilla por su ausencia y apenas se encuentra alguna tienda. Los vecinos producen y elaboran ellos mismos casi todo lo que necesitan, desde alimentos a tejidos, y los útiles cotidianos se construyen con madera, mimbre o bambú. Un rudimentario montacargas, instalado recientemente por una ONG, salva los 500 metros de desnivel que comunican el pueblo con una carretera, mientras otra ONG ha creado y mantiene una escuela. 

LA ALDEA GURUNG DE  BHUJUNGLa aldea Gurung de Bhujung | Foto: O.L

No hay lugar en Nepal que no esté tutelado por proyectos de alguna de las 6.000 Organizaciones No Gubernamentales reconocidas por el gobierno, a las que se suman otras 15.000 que no lo están. Casi hay una ONG por cada 1.000 habitantes y, sin embargo la lucha contra la pobreza no avanza, pese a las ingentes cantidades de dinero y recursos que éstas reciben. 

LOS INCONVENIENTES DEL PROGRESO O LAS VENTAJAS DEL ATRASO

Liv, una maestra danesa que trabaja como cooperante en una ONG en Katmandú, cree que los orígenes del problema están en la enorme corrupción en torno a las ONG, pero también en el paternalismo y buenismo occidental, que pretende imponer sus modelos de progreso, en lugar de adaptarlos a la mentalidad del país. “Nosotros tenemos, a su vez, mucho que aprender de esta gente”, explica. “Al aceptar que el sufrimiento es algo natural, como hacen ellos, la frustración desaparece, y eso repercute muy positivamente en ti y en los que están a tu alrededor”.

Quizá Liv acierte cuando habla de reorientar nuestra búsqueda del progreso en otra dirección, hacia uno mismo. A estas alturas no parece nada fácil, pero bien se podría empezar intentando recuperar nuestro ya olvidado, dulce arte de la sonrisa.  

MUJER GURNG EN  BHUJUNGMujer Gurng en Bhujung | Foto: O.L

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