domingo 05.04.2020
TURISMO

“Una experiencia personal: Así conseguimos salir de Roma”

El domingo 8 de marzo teníamos programado un viaje familiar desde Santander hacia Roma con una reserva que habíamos programado hacía ya 45 días, y como la 'ciudad eterna’ nunca fue una zona de riesgo decidimos visitarla como otros tantos españoles. Éramos conscientes que la situación en el norte de Italia era más complicada pero tres días en Roma no nos hacía pensar todo lo que iba a acontecer en apenas 72 horas y menos aún vernos solas, sin ayuda, como si nadie de la embajada nos quisiera de vuelta en nuestro país. Ni a nosotras ni a tantos otros españoles. 

Barco de regreso a España
Barco de regreso a España

A las 11:40 horas salía nuestro vuelo hacia el aeropuerto de Ciampino, Roma. Parayas se encontraba más vacío de lo habitual, pero aún así había vuelos esperando sin problema. El nuestro uno de ellos. En el avión que nos llevaría a la capital de Italia volaríamos alrededor de 70 personas, algo poco habitual pero entendible con la crisis del coronavirus en casi ‘ahora’ medio mundo. Lo cierto es que, hablando con gente mientras viajábamos, reconocíamos que teníamos que lavarnos las manos, no tocar nada, estar atento a todo, pero nunca nos hubiésemos imaginado lo que nos iba a suceder días después. Nada más aterrizar llegó la noticia más inesperada: “Italia era declarada zona de riesgo por completo”. Así lo había declarado el Presidente mientras nosotras estábamos a cerca de 10.000 metros sobre el Mar Mediterráneo. (De haber sucedido un par de horas antes, obviamente hubiésemos optado por quedarnos en casa). De aquí en adelante los acontecimientos se precipitaron…

Estado del avión desde el Seve Ballesteros hasta Roma a cinco minutos del despegueEstado del avión desde el Seve Ballesteros hasta Roma a cinco minutos del despegue

Llegamos a Roma el 8 de marzo, el norte de Italia registraba un alto número de contagiados por coronavirus y más de 300 muertos en apenas unas horas. Así fue que se decretó en el país Italiano la cuarentena obligatoria, lo que supuso que hasta 16 millones de personas en la región de Lombardía y 14 provincias se viesen afectadas. “Italia aislada”, decían los titulares. Ese mismo día España sumaba 10 muertes y casi 600 casos confirmados de coronavirus. 

Ahora era nuestro propio gobierno quien no nos dejaba volver a nuestra casa

El lunes 9, con la incertidumbre de nuestra vuelta adelantada al día siguiente por la mañana y consultando al consulado, este nos dijo “que sí, que nuestra compañía no había cancelado nuestro viaje -que no tenía por qué supuestamente- claro que íbamos a poder ir a España: ¿Por qué no?”, desafiaban por teléfono. Así, sabiendo la situación en Roma, solo salimos ese día a la calle para coger aire y agua, comida y cosas de primera necesidad, y pasar todo el día en el hotel con el fin de prepararnos para nuestro vuelo hacia Santander al día siguiente a las 12:00 horas de la mañana. Pero como una especie de conjuro a nuestro viaje, esa mañana, mientras comprábamos, nos llegaba la noticia a través de un familiar por teléfono: “¿Os habéis enterado? España prohíbe los vuelos directos desde Italia por el coronavirus a partir de las 12 de la noche”. Eran las 14:00 horas de la tarde. Teníamos 10 horas para salir de allí. Horas antes nos dijeron desde el consulado que no pasaría nada, que el vuelo saldría a no ser que nuestra compañía lo cancelase, pero todo se puso más serio, ahora era nuestro propio gobierno quien no nos dejaba volver a nuestra casa. Es curioso que, mientras escribo estas líneas escucho cómo se dice en el informativo que se suceden los países que no quieren recibir españoles y bueno, es lógico ¿no?. Ni España nos quería hace apenas tres días.

Llamé a la compañía mientras que, en España, todos nuestros conocidos intentaban buscar una solución: salir esa misma tarde hacia algún lado de España, u otra de las alternativas del gobierno italiano era la posibilidad de coger cualquier vuelo internacional hasta el viernes, un límite de 72 horas. No de 10 como nos puso nuestro país.

Tras las búsquedas de nuestros familiares y amigos, se dieron cuenta de que se nos cerraba otra puerta para poder salir de allí. Todos los vuelos estaban agotados. Había más gente como nosotras. Otra de las alternativas: salir hacia otro lugar que no fuese España al día siguiente. Y así nos lo organizaron con una salida de Fiumicino hasta París a las nueve de la mañana del día siguiente y otro vuelo de París a Madrid y así, ya estaríamos en nuestra casa. Aún con todo intentábamos mantener el buen humor ya que el desánimo y la angustia estaban a punto de aflorar y comentábamos entre risas: “¿te imaginas que nos cancelan también el vuelo?”. Con todo comprado y gestionado solo podíamos esperar a que pasaran las horas en el hotel e ir a coger el primer vuelo de nuestro regreso a España, pero tampoco pudimos. A la una de la mañana, cuando íbamos a salir hacia el aeropuerto para estar allí con mucha antelación, la aerolínea Easy Jet cancelaba el vuelo a París. Otra puerta cerrada. De nuevo nos tocó buscar otras alternativas desde el aeropuerto para poder salir de allí antes del viernes, que era el límite que tenía la gente para abandonar Italia en vuelos internacionales. Nuestra desolación iba en aumento. No había nada y todas las opciones parecían ya imposibles, pero el consulado nos dio la respuesta que muchos españoles estábamos esperando: una salida del país italiano en barco. A estas alturas nuestra situación era límite, la sensación constante de que obligados nos quedaríamos allí. Todas las opciones se agotaban y el barco se veía lejano, casi imposible, en nuestra cabeza.

ÚNICA SALIDA: CIVITAVECCHIA

Tras varias llamadas al consulado la única salida que nos daban era coger un barco en Civitavecchia que saldría ese mismo día por la noche -teníamos que esperar todavía 20 horas para poder creérnoslo de verdad- con destino a Barcelona. Nos informaron de que varios españoles ya habían cogido esa alternativa hacia apenas unas horas, en el barco anterior. Sé que en la cabeza de todo el mundo a estas alturas está la idea de por qué no coger un coche, pero la chica con la que hablé del consulado nos desaconsejó rotundamente esa opción ya que para dirigirnos a España debíamos atravesar el norte del país y si nos paraban estaríamos atrapadas en el epicentro de la epidemia. 

"48 horas hubiesen sido suficientes para poder salir de aquí, no 10 horas, es imposible”, se quejaban los españoles

Con los billetes de barco ya en la mano, seguíamos mirando opciones de vuelo pero todos los vuelos que observamos estaban cancelados y, los que no, iban a hacerlo en las próximas horas. Estábamos solas, nadie nos daba una respuesta. Más españoles como nosotras entendían la emergencia internacional pero no la gestión de nuestro gobierno con la gente que se encontraba en Italia. “48 horas hubiesen sido suficientes para poder salir de aquí, no 10 horas, es imposible”, se escuchaba. 

Nos hicimos a la idea de que coger el barco era la última de las opciones y, por ello, dos trenes desde Fiumicino hasta Civitavecchia, con parada en el Trastevere, nos podrían acercar hasta nuestra casa. Llevábamos ya más de 48 horas despiertas y casi 10 horas dando vueltas pero, a media mañana del 11 de marzo, estábamos ya en Civitavecchia, donde esperamos todo el día a que saliese nuestro barco. Para confirmarlo, ya que todo nos parecía imposible, llamamos de nuevo al consulado de España en Roma y nos confirmaron que, de momento, ese barco saldría como estaba previsto. Lo mismo hicieron los trabajadores de la Compañía Grimaldi. La esperanza empezaba a inundarnos.

Después de descansar en un parque totalmente destrozadas nos dirigimos hacia la Terminal 1, que ya estaba lleno de españoles. Todos coreaban los mismos mensajes:  “Nos han dejado solos sin ninguna ayuda”, “Lo que ha hecho nuestro gobierno dejándonos 10 horas para poder volver ha sido una vergüenza”, “Parecemos apestados”, eran los comentarios que se podían escuchar en aquella reunión de españoles con deseo de coger la última alternativa posible: el ‘famoso’ barco del que el consulado nos habló. 

Con los billetes ya en la mano y la firma de una declaración sobre no tener síntomas, con hasta penas económicas y penales si así fuera, y un salvoconducto con el motivo de salida hacia nuestro país, nos aguardaba una larga cola de 6 horas para poder subirnos al barco. Gente mayor, niños, españoles, italianos, argentinos… Todo el mundo quería salir de allí hacia España. Así, en la calle, con menos de 10 grados, con mil cosas en la cabeza, con un enfado e indignación visible hacia la gestión de nuestro gobierno, se oyó a lo lejos un tímido “Cumpleaños feliz…” que enseguida se convirtió en un coro -recordarlo me pone los pelos de punta, al fin y al cabo ahora no estábamos solos-.

Nos disponíamos a pasar la última prueba, la toma de temperatura, antes de poder entrar al ferry y la entrega de la justificación de nuestra salida. En ese punto todos creíamos tener fiebre así que imaginad el nerviosismo. Después de 6 horas en cola a menos de 10 grados no hubiera sido extraño haber enfermado.

Por fin, pudimos subir a la embarcación que iba ya con horas de retraso, ¡no nos lo podíamos creer!. Todo nos daba igual. Ya estábamos allí, aunque los comentarios de frustración no cesaban. “Es que nos hemos tenido que gestionar todo nosotros en tan pocas horas…”, comentaban los pasajeros, ya tranquilos porque viajaríamos a España en un viaje por mar de más de 20 de horas. 

Cuando quedaban apenas dos horas para atracar en Barcelona salta otra noticia: "Prohibida la entrada en España de buques procedentes de Italia y de cruceros de cualquier origen”, otra puerta cerrada para todos los españoles que se quedaban en el país italiano y que, como nosotros, les quedaría la alternativa de este barco, pero ya no era posible. 

Repatriados autónomos, decían los pasajeros del último barco que iba a poder desembarcar en nuestro país. 

Fuimos los últimos en atracar en Barcelona. Ahora a hacer cuarentena.

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