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35 almas vagan en San Rafael

Fernando Collado | Periodista y director de El Faro de Cantabria (www.elfarodecantabria.com)

Fernando Collado | 20 de febrero de 2020

Mientras quienes deben sacar a Cantabria del desierto todavía no han decidido si es más conveniente ponerse una vez rojo que ciento amarillo, los proyectos no llegan nunca, los que parecían cercanos mueren de éxito por falta de léxico.

Cantabria en la oscuridad de los tiempos: lo mismo pierde una empresa que dos. Que ciento. Lo mismo palma un tren que una carretera, que cuatro, que cuatrocientos. Cantabria es una especie de Sálvame sin Deluxe: todo el mundo pone verde a todo el mundo por lo que pudo ser y no fue. Y, en el colmo de la estupidez, hay incluso quien defiende que no sea nada, que siga pequeñita, venda zapatillas de andar por casa y se comunique hacia sí misma. Quizá porque alguien les ha dicho que bola que va por fuera no llega al birle. Es lo que tiene confundir lo vernáculo con el tubérculo.

Nunca Cantabria estuvo tan cerca de ser Transilvania: vampirizada en una noche eterna

Cantabria sigue verde sobre verde. Hacia el azabache. Faltan altura y valentía en la política. Pero también en la sociedad. No conozco a ningún ciclista que dé una pedalada de más si quien va detrás está a siete kilómetros. Pues así los chorbos y chorbas de la cosa pública: si no sienten el aliento de la plebe en el cogote suelen darse al muy innoble arte de zampar buñuelos. Está en la condición humana hacer hueco en el estómago para que descanse el cerebro. Tanto descansa que piensa entre el cero y la nada.

Mientras quienes deben sacar a Cantabria del desierto (el Parlamento regional) todavía no han decidido si es más conveniente ponerse una vez rojo que ciento amarillo (estado actual, como si fuera un mal hepático perenne), los proyectos no llegan nunca, los que parecían cercanos mueren de éxito por falta de léxico y, en la ratificación de la insolvencia pública más absoluta, pequeñas y medianas empresas –también alguna grande– cogen el puente de plata como si fueran enemigas en su propia casa.

En el Castillo de San Rafael 35 almas vagan con una estaca en la mano. A ver quién se la clava a quién. Pobres diablos: sólo tienen que bajar a los soportales para comprobar que es la comunidad autómata (perdón, autónoma) la que lleva una estocada mortal entre pecho y espalda. Nunca Cantabria estuvo tan cerca de ser Transilvania: vampirizada en una noche eterna. Entretanto, arriba, aquellos 35 juegan una partida de antifaces con fichas falsas.

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