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El Trono del Pavo Real: Desmesura, lujo y codicia en la corte Mogol

eldiariocantabria | 12 de enero de 2020

Nadir Shah en el Trono del Pavo Real
Nadir Shah en el Trono del Pavo Real

Imaginamos las cortes asiáticas de siglos pasados como un mundo fastuoso, casi delirante, de crueldad, derroche y capricho. Pero si hablamos de los inmensamente ricos territorios del imperio mogol, como vamos a ver, nos quedamos muy cortos.

La obsesión de los déspotas de Asia Central por las piedras preciosas solo era comparable con su falta de autococontrol para atesorarlas y pelease por ellas. No es de extrañar que, a nuestra ordenada mentalidad europea, pasada por el filtro del puritanismo judeocristiano, esa mentalidad nos resulte tan atractiva como incomprensible. Pero, incluso para nosotros, el brillo de un diamante o el mar cristalizado de una esmeralda nos atraen con una fuerza hipnótica.

LA SOMBRA DEL REY SALOMÓN

Durante el apogeo del imperio mogol, entre los siglos XVI y XVII, el emperador Shah Jahan, considerándose a sí mismo soberano del mundo islámico, se sentía emparentado con un antepasado mítico, que el Corán había incluido en sus escritos, tras copiarlo de la Biblia: el rey Salomón, de quien se decía que gobernaba desde un magnífico trono, construido con marfil y oro, y decorado con figuras de animales cubiertas de pedrería, entre las que destacaba la figura del pavo real. La sombra del famoso trono se ha proyectado en la imaginación de Oriente y Occidente durante milenios.

De modo que  Shah Jahan se dispuso a construir para él un trono que estuviese a la altura de la leyenda. Sería el  más fascinante que hubiera existido nunca ni pudiese existir en el futuro. Y lo consiguió.

EL TRONO DEL PAVO REAL

Quedan suficientes descripciones de aquel artefacto, construido con los más finos materiales, entre los que se contaban 1.150 kgs de oro y 230 de piedras preciosas. El trono no era una silla, sino una plataforma elevada sobre la que el soberano, al modo asiático, se sentaba entre cojines. Techada y rodeada por doce finas columnas cubiertas de perlas, toda su superficie estaba literalmente trufada de pedrería. La imagen de dos pavos reales en lo alto, con el brillo de sus colas multicolores, engastadas con diamantes, esmeraldas, zafiros y rubíes, enmudecía a los visitantes. Quizá nos ayude a hacernos una idea del derroche saber que  la construcción del trono costó más del doble que la otra gran obra de Shah Jahan: el Taj Mahal.

En el transcurso de dos siglos, mientras los sucesores de Shah Jahan fueron sentándose en el trono, el imperio mogol empezó su decadencia. La opulencia del país se había esfumado, y ya los últimos soberanos empezaban a recurrir esporádicamente a extraer diamantes del trono para caprichos o gastos imprevistos. 

KOH-I-NOOR

De entre los miles de joyas que adornaban el Trono del Pavo Real, destacaban dos enormes diamantes, de valor incalculable, que ocupaban lugares prominentes de sus dos pavos reales: el Darya-i-Noor (Mar de luz) y el  Koh-i-Noor (Montaña de luz). El primero era un enorme pedrusco que despedía una magnética luminosidad rosa pálido,  y el segundo, transparente y del tamaño y forma de medio huevo de gallina, era un objeto mítico, emparentado para los hindúes con el dios Krishna. Koh-i-Noor se convertiría en el diamante y símbolo de la realeza más conocido y codiciado, tanto en Asia como en Europa. Basta entrar en internet con ese nombre para descubrir, aún hoy, el enorme número de objetos de arte y empresas de diseño que lo han adoptado.

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Koh-i-Noor (Montaña de luz)

Corría el año 1739. El emperador mogol Muhammad Shah desatendía su decadente reino, absorto en sus fiestas y la afición a las artes, y se recreaba en la posesión del envidiado Koh-i-Noor, aún engastado en su trono. Le duraría poco tiempo.

EL HIJO DE UN PASTOR VENIDO A MÁS

Nader Shah, hijo de un humilde pastor, había encontrado en su terrible infancia fuerzas para catapultarse en la carrera militar y, finalmente, convertirse en Shah de Persia, inaugurando una nueva dinastía.

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Nader Shah

Definido como el Napoleón persa por su genio estratégico, invadió la India y, mediante un engaño, secuestró al inocente emperador Muhammad Shah, entrando en Delhi junto a él, declarándose su amigo, pero manteniéndolo custodiado día y noche. Tras un amistoso saqueo de 55 días, abandonó una depauperada Delhi con tal botín de oro y objetos valiosos, que necesitó 400 camellos, 700 elefantes y 12.000 caballos para su transporte. Por supuesto, se llevaba el Trono del Pavo Real y sus dos más preciados diamantes, el Darya-i-Noor y, sobre todo, el Koh-i-Noor, que extraería del trono, inaugurando la tradición de exhibirlo como adorno personal en los actos oficiales.

Quizás empiece aquí la leyenda que asegura que quien posea el diamante será el dueño del mundo, pero vivirá y morirá en desgracia…  salvo que sea una mujer. Nader Shah desarrolló en los años siguientes una paranoia asesina que le llevó a hacer cegar a su hijo y torturar y matar a miles de súbditos y hombres de confianza. 

Finalmente, cuando su propia guardia supo que iba a ser asesinada, decidió adelantarse. El magnicidio se produjo en la tienda real, durante una de sus innumerables campañas militares.

UN EFÍMERO IMPERIO AFGANO

Aprovechando la confusión inmediata al asesinato de Nader Shah, Ahmad Khan, su asistente personal, huyó del campamento hacia Afganistán, de donde era originario. Llevaba consigo  el Koh-i-Noor, que luciría toda su vida. 

Ahmad Khan consiguió conquistar un vasto territorio conocido como imperio Darrani, pero no pudo escapar a la maldición del diamante: una úlcera en su nariz  fue derivando en gangrena y le arrastró a una muerte terrible. Su nieto, que fue destronado, torturado y mutilado, pudo esconder el diamante en una grieta de su celda, de modo que el Koh-i-Noor se perdió durante unos años. Cuando Shuja, hermano de aquel, pudo restaurar la dinastía, pronto volvió a lucirlo: sus agentes lo encontraron en la casa de un despistado mullah, quien lo usaba como pisapapeles.  

EL TESORO DE LA CORONA PERSA

Tuve ocasión de visitar, en Teherán, el Tesoro Nacional, ubicado en los sótanos del Banco Central de Irán. Allí, uno se adentra, acompañado por un barbudo uniformado con aires de guardián de la revolución, en una enorme cripta, entre cuya oscuridad se diseminan las vitrinas que iluminan objetos decorados con tal densidad de piedras preciosas, que marean.  

Trono al estilo asiático en Teheran

Trono al estilo asiático en Teheran

El Trono del Pavo real fue desmontado, y sus riquezas repartidas tras el asesinato de Nader Shah, pero una parte de su botín, que, por su riqueza, ahora se emplea como respaldo del sistema monetario y bancario de Irán, se conserva aquí. Entre la delirante colección de joyas, que hace parecer el tesoro de los sultanes otormanos, en Topkapi, Estambul, un cajón de bisutería, destaca el  brillo maligno del Darya-i-Noor. 

Separado del Koh-i-Noor tras la muerte de Nader Shah,  recaló finalmente aquí tras pasar por las manos de propietarios tan poco recomendables como el eunuco y shah de Persia Agha Muhammad, inevitablemente también asesinado. Agha Muhammad fue tristemente famoso porque, tras la toma de la ciudad de Kerman, ordenó que sus mujeres y niñas fuesen entregadas como esclavas a la tropa, y todos los varones cegados, exigiendo como prueba los globos oculares de los infortunados. Cientos de cestos con ojos humanos fueron traídos a su palacio y extendidos por el suelo. Se dice que, cuando llegaron a 20.000, dejaron de contar.

EL ÚLTIMO SHAH

Pero, aún desaparecido, la sombra del Trono del Pavo Real no se apagó, y continuó dando nombre a los sucesivos tronos que se construyeron para los soberanos persas. Las joyas del Tesoro Nacional fueron utilizadas recientemente por el último shah, Mohammad Reza Pahlevi, en la fastuosa ceremonia de su coronación y la de su esposa Fara Dhiba, en 1.967. Y así les fue.

El último Shah

LOS INEVITABLES INGLESES

Volvamos al pasado: tras años de intrigas, Rajit Singh, soberano del reino sij del Punjab, había conseguido satisfacer su mayor obsesión: arrancar el Koh-i-Noor a Shuja, último rey del imperio afgano Durrani.  

Pero la codicia inglesa, a través de la Compañía de las Indias Orientales, ya había decidido que aquel diamante era el perfecto broche de su expolio colonial, y decidió esperar su momento.

Tras la muerte de Rajit Singh en 1839, seguida de un funeral en el que, siguiendo la tradición del sati, se quemaron vivas junto al cadáver, por propia voluntad, cuatro esposas y siete concubinas, los ingleses se anexionaron el reino y obligaron a su sucesor, el niño Duleep Singh, a firmar una vergonzosa donación del Koh-i-Noor a la reina Victoria. 

A pesar de las reclamaciones de devolución exigidas por Afganistán, Pakistán y, sobre todo, India, el Koh-i-Noor continúa engastado en la corona inglesa y expuesto en la torre de Londres. Solo se utiliza  en escasas ceremonias y, quizá para eludir la maldición,  siempre para ceñir la cabeza de la reina, nunca la del rey.

En años recientes, fueron encontrados grandes diamantes, que han relegado al noveno lugar la posición en tamaño del Koh-i-Noor. Pero su fulgor y su morbo siguen ahí, intocados, y no sería de extrañar que la corona de Inglaterra no fuese su destino definitivo. Cuánta  sangre por solo unas piedras.

 

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