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Siempre, ‘La metamorfosis’; de Franz Kafka

José Antonio Ricondo |

eldiariocantabria.es | 11 de septiembre de 2019

Es una breve pero densa narración -como nuestro tránsito por esta vida- que la hace poder ser conceptuada de novela o texto existencialista.

“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.

«¿Qué me ha ocurrido?», pensó. (…)”

La metamorfosis, de Franz Kafka.

‘La metamorfosis’ es un cuento largo del escritor alemán Franz Kafka (Praga -entonces, del Imperio Austrohúngaro-, 1883 // Klosterneuburg -Austria- 1924) publicado en 1915, cuando tenía 32 años. Relata la vida de un viajante de comercio de telas -Gregorio Samsa- de quien dependen sus padres y su hermana, con los que vive. La historia comienza, como empiezan muchos pensamientos y muchas pesadillas, de repente, sin saber por qué ni cómo; sin embargo, una mañana se despierta transformado en un ser inusual, imposible de tener ninguna referencia clara en momento alguno de la historia: podría ser algo así como una suerte de cucaracha enorme... Es una breve pero densa narración -como nuestro tránsito por esta vida- que la hace poder ser conceptuada de novela o texto existencialista: ¿en qué mutamos?, ¿en qué nos convertimos?, ¿cómo debemos reajustarnos para poder seguir viviendo, y no llegar a identificarnos como monstruos sociales?

Quizás pudo venirle a Kafka esa metáfora debido a las pésimas relaciones que siempre tuvo con su padre

Porque, ¿de quién hablamos? ¿De la novela La Metamorfosis? ¿O del protagonista de la misma...? Gregorio Samsa, entre el miedo, el espanto y la ternura -sí, la ternura- percibió que iba consiguiendo la adoración del lector, desprendiéndose cabalmente de la propia novela y viviendo sin interés por las vidas ajenas.

O quizás pudo venirle a Kafka esa metáfora debido a las pésimas relaciones que siempre tuvo con su padre. No deja de ser una posible explicación. Así, el 4 de diciembre de 1917, Franz escribe a su amigo Max Brod una carta de dos hojas, confesándole su aprensión y pánico a los roedores. “Lo que yo tengo a las ratas es vil miedo” -le escribe. Y de ahí, las figuras que utiliza del horror y del recelo, de lo extraordinario y de lo absurdo:

“(…) [Gregorio Samsa] estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido”.

Kafka estaba destinado, como otros muchos genios de la literatura, de la pintura o de cualquiera otra arte, a ser desconocido en vida.

Kafka se autoestimaba sencillamente como un desarraigado, como un marginado, en cualquier espacio de su vida diaria

E incluso a que se tardase tiempo en su conocimiento y reconocimiento. Aún hoy, por ejemplo, ¿qué sabemos de Homero? Más bien poco. En el caso del checo, su instinto autodestructivo hizo que su amigo Max Brod jurase que, a su muerte, destruiría todos sus escritos; si este no hubiese sido fiel a su obra, hoy no conoceríamos a este autor ni tampoco su creación. Kafka es aún “un misterio que desafía al ejercicio hermenéutico más riguroso”, como escribe Rafael Narbona en "La metamorfosis: tras la pista de Kafka", a sabiendas de que ya hay un sinfín de escritores que han reproducido con precisión y esmero su biografía. Kafka se autoestimaba sencillamente como un desarraigado, como un marginado, en cualquier espacio de su vida diaria. ¿Qué dice su Carta al padre, de póstuma publicación? Confiesa su, precisamente, sentimiento de desventaja, de inferioridad. No era difícil entenderlo ante un padre dominante, dictador y despótico, ayudado de un  cuerpo robusto y vigoroso y de una personalidad altiva y generalmente despectiva. Franz, con treinta y cuatro años, no podía por menos que intentar justificarse por no haber llegado a ser el hijo que a su progenitor le gustaría haber tenido.

¿Qué mensaje nos quiere trasladar el escritor checo? ¿Qué sentido puede tener la nefasta y desventurada transfiguración del protagonista de esta famosa alegoría? Si no fuera por lo atrevida, y entretenida, que es, desde el primer párrafo de la novela, transcrito al principio, Gregorio Samsa comienza una odisea hacia el arrinconamiento y eliminación, hacia su autodestrucción, la aversión y el asco más que a la indiferencia…, cuyo destino ha de ser fatal y, absurdamente, su total erradicación.

Las contradicciones de comunicación entre los más allegados pueden llegar a ser insalvables

Esto hace que sean una disvalor añadido al sufrimiento. Se pueden entrever, asimismo, otras interpretaciones, con un sentido diferente pero que pertenecen al mismo campo semántico o simbólico. El hecho, por ejemplo, de la sordidez de ir al trabajo todos los días, toda la vida, para hacer lo mismo, ya lo apreció Ricardo Talesnik (Buenos Aires, 1935) en La pereza -La fiaca- (1967), cuando un oficinista, en un oficio de surrealismo, un lunes cualquiera, se resiste a ir al trabajo, porque sí, sencillamente porque no le da la gana, con los consiguientes problemas que esa decisión le acarrea. Como en La metamorfosis. Aquí, Samsa -y nosotros con él- contribuye a su incesante transformación en un ser autoasediado, bloqueado, que va a ser protagonista de su propia descomposición profesional, personal y en la familia, y que, a su vez, es cronista de esa destrucción y da fe de ello, percibiendo que esa separación de los demás, de los otros, ha llegado al límite, a lo inverosímil y lo anómalo de su terrible situación, cosechando únicamente desamparo e indefensión.

“(…) Apenas [Gregorio] sentía ya la manzana podrida de su espalda y la infección que producía a su alrededor, cubiertas ambas por un suave polvo. Pensaba en su familia con cariño y emoción, su opinión de que tenía que desaparecer era, si cabe, aún más decidida que la de su hermana. En este estado de apacible y letárgica meditación permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada. Vivió todavía el comienzo del amanecer detrás de los cristales. A continuación, contra su voluntad, su cabeza se desplomó sobre el suelo y sus orificios nasales exhalaron el último suspiro”.

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