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Sille: Odiar al diferente para eludir odiarse a uno mismo

eldiariocantabria | 28 de marzo de 2020

El bucólico pueblo de Sille
El bucólico pueblo de Sille
No es en vano que la palabra genocidio se acuñara en el siglo XX. Armenios, rusos, judíos, camboyanos, yugoslavos, ruandeses… detrás de cada caso se oculta un pasado de convivencia multiétnica rota por la insidia y sus consecuencias: racismo, nacionalismo,  intereses económicos ocultos o la presión de potencias vecinas para consolidar su poder.

UN BUCÓLICO PUEBLO CON CADÁVERES EN EL ARMARIO

Sille es un bucólico pueblo de montaña situado en el centro de Anatolia, en el que viejas casas rurales griegas desembocan en una iglesia ortodoxa desproporcionadamente grande para su población. Sin embargo, todos sus habitantes son turcos y musulmanes ¿Cómo es eso posible?

NACIONALISMO

En la transición del siglo XIX al XX, el imperio otomano se desmoronaba. Los territorios de su periferia se iban independizando con tal velocidad que, incluso Anatolia, el corazón del imperio, parecía que iba a desmembrarse. De ese vértigo surgió el movimiento de Los Jóvenes Turcos, liderado por Mustafá Kemal, conocido como Ataturk,  con el ideario  de convertir Anatolia en un estado-nación al estilo occidental, bajo el nombre de Turquía.

DEMASIADOS TRAIDORES

Pero ¿Cómo hacerlo? Porque, si algo no tenía Anatolia, era homogeneidad: tantos milenios haciendo de puente entre Europa y Asia habían dejado una mezcla de musulmanes turcos, yazidíes y kurdos, de cristianos  griegos, asirios y  armenios, además de los judíos. Los armenios, sintiéndose marginados, se agrupaban para pedir un país independiente. Muchos griegos miraban hacia su recién estrenado estado con el sueño de la Megali Idea, el ilusorio retorno a un  imperio bizantino con capital en Estambul, que la historia había convertido irremediablemente en otomano.  Demasiados traidores, pensaba Ataturk.

EL MEJOR PEGAMENTO PARA CUALQUIER SOCIEDAD

No hay mejor pegamento para una sociedad, que la unión frente a un enemigo común y muy cercano. Así que, en torno al odio por un agravio originado en un pasado, solo en parte real, que legitima cualquier venganza contra los bien conocidos culpables, la restauración de la injusticia sufrida se convierte en un deber sagrado. Y cuando esto sucede, ay del que piense diferente, porque estos movimientos necesitan una homogeneidad cultural sin fisuras, que tiende hacia lo totalitario. Sueños sublimes, esos de la patria, cuya realización incita al heroísmo y al martirio, y cuyo destino natural es convertirse en pesadillas. Una música que todos hemos oído hasta el cansancio. 

LA TUMBA DE RUMI

Apenas a una docena de kilómetros de Konya, uno de los centros espirituales del islam turco, Sille se llena de visitantes locales los fines de semana, que vienen a pasear y  comer en los restaurantes del pueblo. Las antiguas casas griegas, rehabilitadas, forman un hermoso conjunto a lo largo del río, atravesado por coquetos puentes. Un lugar idílico, en el que la población helena, llamada karamanlides porque hablaban turco pero escribían con caracteres griegos, vivió en paz con sus vecinos musulmanes hasta 1922. Rumi, el místico sufí creador de los derviches danzantes, cuya presencia impregna toda Konya, les había asignado, para evitar conflictos, la nada despreciable responsabilidad de que mantuviesen limpia su tumba.

Inscripción Karamanli en la Iglesia de Sille

Inscripción Karamanli en la Iglesia de Sille

LIMPIEZA ÉTNICA

Convertir Anatolia en una nación unificada pasaba, a ojos de Ataturk,  por eliminar lo diferente: el genocidio armenio, aún no reconocido por Turquía, se llevó un millón y medio de vidas entre finales del siglo XIX y el fin de la primera Guerra Mundial. En ese período, al menos 200.000 cristianos asirios fueron masacrados, mientras que el número de griegos asesinados oscila entre 300.000  y 1.000.000, según las fuentes. Por no hablar de deportaciones forzadas, expropiaciones y toda clase de robos y vejaciones a los que eran diferentes, alentadas desde el poder.

DOS AMIGOS

Aslan, un empleado municipal de Sille, recuerda que su abuelo Omar, al final de su vejez, añoraba la amistad que le había unido con Alexandros, uno de los niños griegos que vivían en el pueblo. “Eran muy buenos amigos. Incluso tenía una fotografía en la que aparecían juntos”, relata Aslan. “Mi abuelo, recordando su infancia, no dejaba de preguntarse qué habría sido de su amigo Alexandros.”

SUEÑOS CONVERTIDOS EN PESADILLAS

Finalizada la Primera Guerra Mundial, las potencias de La Triple Entente procedieron a la liquidación y reparto del imperio otomano. Grecia consiguió Esmirna, que utilizó como cabeza de puente para avanzar militarmente por Anatolia. La Megali Idea fue dejando a su paso un reguero de atrocidades contra la población turca, en represalia por la aplicada antes a sus compatriotas. Nacionalismo frente a nacionalismo, Ataturk, frenó el avance griego y lo hizo retroceder hasta expulsarlo de la actual Turquía. Sobra decir que, en su contraataque, los turcos aplicaron sobre la población griega que encontraban a su paso, las mismas o peores represalias.

EL PRECIO DE FABRICAR UN ESTADO

Así, finalmente, la nueva república de Turquía recuperó la integridad de Anatolia y, en 1922, ambos países acordaron intercambiar las poblaciones que residían en territorio “equivocado”. Los turcos que residían en Grecia, a Turquía, y viceversa. Pero ¿Quién es griego o turco después de dos mil años establecido en un lugar? El criterio, inevitablemente arbitrario, que se aplicó fue el religioso: musulmanes a Turquía, cristianos ortodoxos a Grecia. A Asia Menor llegaron menos de medio millón de musulmanes, mientras un millón y cuarto de griegos abandonaron por la fuerza sus propiedades y trabajos en Turquía. 

Así fue como la familia de Alexandros tuvo que dejar Sille que, como otras muchas poblaciones, fue ocupada por musulmanes. Los recién llegados a Grecia, un 20% de la población helena, se hacinaron en enormes bolsas de pobreza en torno a las capitales, sumiendo al país en una profunda crisis económica. Para Turquía, la diáspora griega supuso perder lo mejor de sus clases medias y sus funcionarios más cualificados.

Una casa Griega en Sille

Una casa Griega en Sille

CORAZONADA

En uno de los restaurantes de Sille, entre viejas fotografías, hay un dibujo amateur en el que puede reconocerse el pueblo. “Sí, así era en 1922”, me dijo el dueño, “Lo trajo, hace unos años, un griego que vino de vacaciones. Era un dibujo de su abuelo, que vivió aquí de niño y le hablaba tanto de Sille que, tras su muerte, quiso venir a conocerlo, y dejar el dibujo, como un homenaje”.  Lo llamarán corazonada, pero casi se me saltaron las lágrimas recordando a Omar y Alexandros.  

ASÍ ES LA PATRIA, ESTÚPIDO

Si la arquitectura expresa la mentalidad de quien la creó, el que se acerque hasta el mausoleo de Ataturk, en Ankara, verá la viva imagen del totalitarismo: edificios monstruosos que empequeñecen al visitante, recorridos incesantemente por patrullas militares exhibiendo una actitud agresiva.

Ataturk, que estableció que los habitantes “originales” de Anatolia eran los “turcos puros”, tenía grandes admiradores en el oeste. Hitler dijo de él que Mussolini era su primer discípulo y él el segundo, y para los teóricos del fascismo español representaba todo un referente.

Cuando llegué junto al sarcófago del gran hombre, coincidí con una pacífica familia turca que parecía estar allí de vacaciones. Le pregunté al padre si aquello no le parecía demasiado grande.

“Así es la patria”, me respondió, con un gesto de abnegación.

El Mausoleo de Ataturk

El Mausoleo de Ataturk 

VIVIR BUSCANDO AL ENEMIGO

Afortunadamente, los años han ido remansando la rivalidad grecoturca y, hoy día, la iglesia ortodoxa de Sille, reconstruida, es visitada incluso por los escolares en lo que parece una nueva actitud de aceptar el propio pasado. 

Pero la historia es un cuento recitado por un loco, incesantemente repetido,  en la que cambian solo los nombres de sus protagonistas. Nuevos conflictos, en el fondo idénticos, aparecen cada día. Porque la semilla de la insidia está en cada uno de nosotros, y es nuestra responsabilidad dejarla crecer o no. Y, porque vivir persiguiendo al diferente es vivir huyendo de esa voz que te persigue a ti, para recordarte cuánta parte del rechazo que sientes hacia otros tiene su origen en lo que no aceptas de ti mismo.

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