miércoles 23.10.2019

De decencia a indecencia

Sánchez ha ejercido su derecho a ser la alternativa de Rajoy a la Moncloa. Y el envite le ha salido bien. El elemento de prueba lo aporta la reaparición de una militancia mucho más motivada desde el lunes.

De acuerdo: Sánchez puso de los nervios al presidente del Gobierno por cuenta de la corrupción. Éste acabó perdiendo la calma y, a mi juicio, el debate. Y, de paso, desmintió a quienes hablaban del "debate del bipartidismo". No podrán decir que Moncloa quiso salvar al soldado Sánchez. No era fácil jugar al contraataque cuando los baldones son tan graves como la precariedad en el trabajo, la corrupción y el deterioro de los servicios sociales.

En cuanto a la corrupción, el candidato socialista logró sacar de quicio a su adversario, al que acusó de no ser creíble en la lucha contra la inmoralidad en la vida pública: "Hace falta un presidente decente y usted no lo es". Y luego, la réplica: "Lo que acaba de decirme es ruin, mezquino y deleznable", le dijo Rajoy. Un cuerpo a cuerpo en el que, es verdad, Sánchez debió aclarar que la personalización de su ataque central al presidente era de carácter político.

Con una estrategia perfectamente calculada Sánchez ha venido a romper el tres contra uno que le hacía parecer como un líder desahuciado

Al no hacerlo permitió que su adversario también argumentase en el plano personal, tratando de acreditar su moralidad. Pero eso no está en duda, en mi opinión. Sánchez no le acusa de ser un corrupto o haber metido la mano en la caja, sino de reaccionar tarde contra los casos de corrupción asociados a las siglas del PP, no haber asumido responsabilidades políticas en escándalos como la Gürtel o los papeles de Bárcenas, haber permitido que a pocos metros de su despacho se destruyeran pruebas en la investigación judicial, haber reincidido en el apoyo a Bárcenas cuando los hechos le delataban, por la infundada acusación pública que el PP formuló en 2009 contra el Gobierno de Zapatero como si éste se hubiera inventado el caso de la Gürtel, por haberse equivocado en nombrar a Rato como presidente de Bankia, etc.

Lo tocante y sonante es que, después del vibrante cara a cara con Rajoy del lunes, el candidato socialista, Pedro Sánchez, se ha vuelto a meter en el partido. Con una estrategia perfectamente calculada ha venido a romper el tres contra uno que le hacía parecer como un líder desahuciado. No solo en las encuestas. También en los medios de comunicación y, como digo, en ese tres contra uno de sus tres principales adversarios políticos (PP, Ciudadanos y Podemos).

Sánchez ha ejercido su derecho a ser la alternativa de Rajoy a la Moncloa. Y el envite le ha salido bien. El elemento de prueba lo aporta la reaparición de una militancia mucho más motivada desde el lunes, según vimos en el mitin que Sánchez y Felipe González compartieron este martes en Badajoz.

Las pruebas de verificación también están en las descalificaciones sufridas por parte del PP, el presunto derrotado, hasta el punto de extenderlas al propio moderador del debate (le acusan de no haber  controlado la agresividad de Sánchez). Y, por supuesto, las pruebas cantan en el ataque de contrariedad que, desde el lunes, afecta a los líderes de los dos partidos llamados emergentes, Iglesias y Rivera.

De decencia a indecencia
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