martes 29/9/20

Crónica de una tragedia anunciada

Aquellos que están en peores condiciones siempre que llega una crisis, quienes están a la cola en el tema de la justicia social, se llevan la peor parte. 

Son tiempos convulsos, las cosas parecen estar mal por todas partes, y hay un ambiente de pesimismo internacional que lo impregna todo. Cuando nos prometían "los felices 20", la maldición que dicen algunos de los años bisiestos ha caído sobre nosotros.

Ya se sabe que cuando las cosas no van bien, nos centramos mucho más en nosotros, en nuestros problemas y le restamos tiempo a otro tipo de actuaciones sociales. Cuando las cosas van mal para los que vivimos en esta Europa que con sus grandes defectos y virtudes, nos da una cobertura con sensación de protección y seguridad, se oyen sirenas de los fondos para la recuperación de nuestra economía, para los ERTEs tan necesarios en estos tiempos, para...

Pero aquellos que están en peores condiciones siempre que llega una crisis, quienes están a la cola en el tema de la justicia social, se llevan la peor parte. Recuerdo aquella viñeta del señor banquero obeso, comiendo a dos carrillos y las migajas que caían eran lo que comían otros por el suelo. Pocas veces una denuncia social quedaba más de manifiesto en una imagen,  ya que aquellos que comían las migajas del suelo, eran los que habían contribuido a rescatar su banco privado.

Cuando las cosas no van bien, nos centramos mucho más en nosotros, en nuestros problemas y le restamos tiempo a otro tipo de actuaciones sociales.

En estos tiempos de crisis cuando no se caen ni las migajas de la mesa de los poderosos, los que andan buscando a ras de suelo no encuentran nada, no tienen nada que llevarse a la boca. Aquellos que ven el mundo desde el campo de refugiados de Moria en la isla de Lesbos en Grecia, la cuna de esa Europa, quedan inmersos en el olvido,  tanto se habla de justicia social y de derechos humanos, pero luego da la sensación que estos no llegan ni a los que incluso están ya de hecho dentro de sus propias fronteras.

Es verdad que cuando la crisis asoma o el sentimiento de la misma aflora, se produce el efecto de mirada al interior del ombligo, que nos hace más insolidarios. Es aquello de bastante tenemos con lo nuestro para ocuparnos de los demás, como si ellos, los demás, fueran una subespecie sin derechos. 

Ver estos días a los refugiados de Moria con las bolsas de plástico donde llevaban las pocas pertenencias que tienen, huyendo del fuego que quizás otros compañeros de penas en su propia desesperación habían provocado, produce rabia e indignación. Hay veces que algunos ven su vida tan miserable, pueden tener el sentimiento que vale tan poco, que igual no les merece la pena ya vivirla, o al menos intentan provocar una exploción, una revolución para que algo cambie, para no morirse infectados por un virus que es más potente del Covid 19, el virus del miedo.

Ver a madres con sus hijos en brazos huyendo de las llamas, para que ellos, sus hijos, puedan tener un futuro, que a ellas nuestra sociedad les está negando. Es verdad que desde las más altas tribunas se escuchan discursos llenos de hermosas palabras, que en el fondo el ruido de las mismas solo ocultan la realidad, es aquello de yo te doy el diagnóstico, te explico con detalle todos tus males, el porqué, el cómo, cuándo y cuánto, pero nunca te dan la medicina, nunca llegan los recursos para que tanto sufrimiento cese.

Hace ya tiempo que las ONGs llevan denunciando las condiciones de hacinamiento, de falta de higiene, de falta de medios en el campo de refugiados de Moria, incluso el propio Parlamento Europeo ha denunciado esta situación, pero ya se sabe que no hay peor sordo que el que no quiere oír, o el que sabe interpretar el papel de salvador de la isla vacía.

Más de 13.000 refugiados en un campamento construido para 3000, concebido para periodos cortos, más de 5000 son niños y más del 15% están solos. El campamento de Moria es algo de lo que nuestros dirigentes y sobre todo nuestra sociedad  tenemos que sentir vergüenza. Se dice que a un pueblo se le reconoce su calidad humana por cómo trata a los más débiles. Ahí están la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Convención de Ginebra de 1951 o la Carta Europea de Derechos Fundamentales... Normas no nos faltan, lo que nos falta es la dignidad para cumplir lo que hemos aprobado.

Hay una hipocresía institucional que consiste en crear una imagen de que los problemas están resueltos, no existen, de taparlos con el velo que distrae al personal como el mago,  aquí hay cientos de refugiados, pasan unos días y "nada por aquí, nada por allá" hasta que la próxima desgracia, tragedia nos recuerda que el problema nunca se solucionó, solo habían adormecido nuestras conciencias.

En realidad a nadie en su casa le gusta enseñar la parte más desagradable, uno intenta poner los medios para solucionarlo, aquí es aquello que se podría llamar el museo de horrores también se nos sigue ocultando, pero no es algo inocente, lamentablemente es algo programado y consciente. Hay una burocracia que consume enormes recursos y/o  los dirige, aquello que les pueda dar votos y les conserve en sus puestos.

Que el grito de desesperación mueva conciencias y sobre todo recursos para que al menos se cumplan los Derechos Humanos más elementales, el derecho a una vida digna.

Desgraciadamente el mundo sigue rodando, algunos podemos chillar las desgracias de otros, pero te queda un sentimiento de impotencia ya que incluso puedes molestar con tus gritos a quienes viven tranquilamente disfrutando de su buena vida.  Era allá por el año 2013 cuando el papa católico Francisco manifestaba aquello de "Vergüenza... Es una vergüenza", ante la pérdida de vidas humanas frente a las costas de la isla italiana de Lampedusa. Loable la frase, pero esa institución con todas sus riquezas es mucho más  lo que podía hacer.  Los años siguen pasando, los gobiernos, pero la vergüenza, el horror y sobre todo la injusticia sigue aquí, ellos están llamando a nuestras puertas y a veces incluso están dentro de nuestro territorio, que no nos distraigan con malabarismos, 

Que el grito de desesperación mueva conciencias y sobre todo recursos para que al menos se cumplan los Derechos Humanos más elementales, el derecho a una vida digna.

 

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