martes 11/8/20

Cuando el Primer Ministro cometió el delito

Miro el reloj y me doy cuenta de que me he pasado de largo de la hora de recogimiento, que nos indica nuestro "amado" gobierno. Pierdo el culo monte abajo para no llegar muy tarde a casa, por el camino voy pensando en la que me va a caer y corro, corro...,  hasta que justo cuando estoy casi al final de las faldas del mismo, y el camino serpentea y rápidamente pasa a ser una pista asfaltada. Allí al fondo veo un grupo de personas, uno con un perro, una chica que había visto corriendo monte abajo, otro con su bicicleta de montaña, y con ellos los municipales, la policía local con la libreta en ristre tomando datos.

El Primer Ministro sigue metiéndose en líos, con su azarosa familia vive estos tiempos tan duros y extraños, como contábamos en los capítulos anteriores: Capítulo ICapítulo II, Capítulo III, Capítulo IV.

El desconfinamiento y la desescalada van poco a poco entrando en la república de mi casa, David el adolescente Ministro de Suministros, parece un poco más centrado, puede que sea en la pelirroja del portal de al lado, pero al menos no nos da la tabarra. Iris la princesa república está allá por sus mundos de "Yupi", con sus 8 años conquistando nuevos espacios. La Presidenta de la República sigue con sus clases telemáticas, un chollo para la administración, donde el que trabaja mete más horas, y pone todos sus medios y recursos, wifi, luz, ordenador... será aquello que en tiempo de crisis todos tenemos que arrimar el hombro.

Bueno, todos menos los de siempre, que ahí siguen a la gresca que sí tú me has dicho..., que si el Estado de Alarma me lo paso por el Barrio de Salamanca, que si ese apartamento es para una mezcla Sissi emperatriz y la virgen dolorosa. Los expertos que siguen escondidos, tapados por Ministro filósofo y el doctor que lo parece.

Más de 50 años pisando ese monte y tengo la impresión de estar descubriéndolo ahora

Mientras he aprovechado para realizar una pequeña salida ahora que estamos bajando de la fase 0 a la 1, o eso es subir, no lo sé muy bien, el caso es que me he ido a dar un paseo a un monte cercano. Qué placer, que sensación de libertad, he salido con mi cámara de fotos en ristre, como cazador que dispara a todo lo que se mueve, y todo me parece nuevo, más de 50 años pisando ese monte y tengo la impresión de estar descubriéndolo ahora. A cada planta que veo en esta primavera que revienta de colores le saco 20 fotografías, cómo se nota que no hay que usar carretes, qué tiempos aquellos, donde preparar una fotografía era todo un ritual, con esos rollos de 16, 24, 32, 40 fotografías, hoy haces 1.000 y solo dependes de pequeña tarjeta de memoria, para que luego digan que no avanzamos.

Vamos que me pierdo en el relato, pues eso, iba por el monte cómo aquel niño que sale al recreo después  cuatro horas de clase, entusiasmado, el monte tiene un poco más de 400 metros de altura con unas vistas sobre la ría, donde nunca me habían parecido tan hermosas. Así de feliz me las prometía, cuando miro el reloj y me doy cuenta de que me he pasado de largo de la hora de recogimiento, que nos indica nuestro "amado" gobierno.

Pierdo el culo monte abajo para no llegar muy tarde a casa, por el camino voy pensando en la que me va a caer y corro, corro...,  hasta que justo cuando estoy casi al final de las faldas del mismo, y el camino serpentea y rápidamente pasa a ser una pista asfaltada. Allí al fondo veo un grupo de personas, uno con un perro, una chica que había visto corriendo monte abajo, otro con su bicicleta de montaña, y con ellos los municipales, la policía local con la libreta en ristre tomando datos.

Se me encogió el corazón, la sangre ya no me llegaba a la cabeza, un coche salió de una de las primeras casas que se ven por donde finaliza el monte. Iba tan atontado, y atolondrado, que el conductor bajó la ventanilla y me dijo - Si, Ud. señor, si se aparta igual puedo llegar a trabajar hoy, - Perdón, disculpe, pase, pase. El coche pasó delante de mí, y al ver que tapaba casi por completo la visión de la autoridad sancionadora, en un gesto de enajenación mental transitoria, que después de días sigo pensando ¿por qué?, el miedo me pudo, y empecé a correr monte arriba, que ni aquel alpinista Antonio Pérez de Tudela en sus buenos tiempos, puse pies en polvorosa y casi volaban entre los arbustos.

Cuanto más corría más tenía la sensación de que los policías me seguían, hasta que mis piernas dijeron basta, hasta aquí hemos llegado, y es que estaba casi otra vez al pico del monte. Empapado en sudor, avergonzado por mi comportamiento, con más miedo que vergüenza, y después cuando mi cabeza recobró algo de cordura, me dije pero qué narices hago yo aquí arriba, si me estarán esperando en casa. 

Saqué mi móvil con la mano temblorosa y llamé a la presidenta de la república, que antes de decir esta boca es mía, ya me estaba inquiriendo - ¿Dónde estás?, ¿qué te ha pasado?, mira la hora que es... Lo de contar la verdad me daba mucha vergüenza, así que me fui a buscar una mentira piadosa. - No te preocupes, es que por la falta de costumbre al bajar el monte se me ha subido un gemelo, y me dolía mucho, por ello me he quedado un rato a descansar - ¿Pero tú estás loco?, ¿mira la hora que es?, ¿no puedes estar fuera a estar horas?, ya te dije que no subieras, que tienes unos años y te crees... con la voz más tímida que puede sacar llegué a balbucear - Ya, ya, qué le vamos a hacer, voy bajando poco a poco, tú no te preocupes...

Miraba para atrás a ver si me seguía la policía, que seguro no tendría cosa que hacer, que seguir a un peligroso criminal que disparaba fotografías

Para preocupado ya estaba yo bastante, así que una vez devorada una barra energética que había metido al salir en el bolsillo, me dispuse a volver sobre mis pasos, y otra vez monte abajo, e iba pensando "¿y si me están esperando ahí abajo?, porque seguro que me han visto correr como loco..." Según me acercaba al lugar del crimen mi nerviosismo iba aumentando. Me acordé de mis tiempos de mozuelo, que ya ha llovido, pero ese monte lo conocía muy bien, y me vino a la memoria un pequeño sendero que salía del monte por otra parte menos visible, para lo cual tenía que recorrer unos cuantos kms. más. Por allí me metí, el sendero llegó un momento que estaba casi totalmente cerrado por la falta de tránsito, y la naturaleza habían hecho el resto, tenía la impresión de ir por la selva del Amazonas, las zarzas me iban dejando su recuerdo tirando de la ropa, y haciendo jirones en la sudadera y los pantalones, alguna más atrevida me dejó un buen arañazo en un brazo, las manos las tenía hechas un cuadro de intentar apartar las mismas, y todavía de vez en cuando miraba para atrás a ver si me seguía la policía, que seguro no tendría cosa que hacer, que seguir a un peligroso criminal que disparaba fotografías.

Poco a poco y con más suerte que un tonto, que ese era mi comportamiento, logré llegar a un pequeño barrio, iba por él como si fuera un fugitivo, escondiéndome contra la pared, y es que eso ver tantas películas nos puede hacer mucho daño. Miraba desde cada esquina de las casas que estaría libre el camino, en una de estas estaba asomando el morro, cuando de repente un mastín empezó a ladrar como si no hubiera un mañana, y a mí casi me da un infarto, si es que uno no gana para disgustos, el puñetero perro no paraba de ladrar, y yo solo quería llegar a mi casa y echarme llorar.

Vaya Ud. a saber cómo, pero después de casi 8 horas por el monte y por la ciudad, donde el fugitivo, al que le miraban como si fuera un vagabundo, y es que las pintas no eran para menos, entre esos pelos no cortados desde tiempo inmemorial, las barbas que cuelgan de su cara, y la ropa hecha jirones, si se pone a pedir a la puerta de la iglesia en otro tiempo, que ahora dicen que no va ni dios, se forra.

El caso es que el Primer Ministro después de cruzar por montes, pueblos y calles, llegó a su barrio, y aquí todavía la situación era más peliaguda, y es que le vieran sus vecinos y conocidos, que estos días hacen guardia desde los balcones, le daba más vergüenza que le detuviera la policía por infringir las normas, y lo peor era lo que le esperaba en casa... Si Sánchez sigue prolongando el Estado de Alarma, a alguno no le va hacer falta ningún virus para ponerse enfermo... En este país somos mucho de echar la culpa de todo al gobierno, y a fe que mucha tiene, pero los hay que le echamos una mano...

En el próximo capítulo el Primer Ministro será juzgado por el Alto Tribunal de la República.
 

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