domingo 22.09.2019

"Los sonidos del silencio"

La Organización Mundial de la Salud (OMS) califica la contaminación acústica como una amenaza totalmente infravalorada, esta invasión del ruido que lesiona nuestra salud psíquica y también física pero de la que pocas veces somos conscientes.

Fue hace mucho tiempo, en un lejano verano cuando me regalaron un cinta o cassette con los grandes éxitos de Simon & Garfunkel,  de tanto escucharla acabó desgastada, en la memoria quedaron grabadas muchas de sus canciones, entre todas destacaba "Los sonidos del silencio", pocas veces una melodía fue más agradable.  Sin embargo hay veces que el sonido más agradable es el silencio, la ausencia de todo ruido, ese remanso de paz donde puedes hasta escuchar tus propias ideas, incluso cuando las mismas duermen dulcemente en tu interior.

En estos tiempos donde por todo el territorio suena la música en las fiestas de nuestros pueblos en honor a la Santa Patrona, a San Roque, a la mayoría de los Santos y Santas, llenando de gozo al personal que se mueve al son de la misma, puede abrazar a un desconocido, y hacer toda clase de estiramientos, que si quitásemos esa música haríamos el ridículo en estado puro. Allí estamos dándolo todo, disfrutando como si no hubiera un mañana, pero muchas veces existe una conexión un tanto perversa entre el ruido, la fiesta y la alegría, como si fuera imposible disfrutar sin una sucesión de notas musicales, de voces estridentes y sonoras carcajadas, como si la alegría si no la expresas a través del ruido no existe, o quizás sea la necesidad de que los demás conozcan nuestro propio júbilo.  Ahora el culto al ruido parece una nueva religión.

Sin embargo, cuando muere la tarde y nace la noche, en el silencio y la oscuridad de la soledad se pueden sentir tantas sensaciones

Sin embargo, cuando muere la tarde y nace la noche, en el silencio y la oscuridad de la soledad se pueden sentir tantas sensaciones, un mundo de emociones que nos lleva a ese estado de paz interior, donde puedes volar con tu imaginación entre las nubes de algodón, por encima de todos los problemas terrenales , dibujando la mayor de las sonrisas en el firmamento. Pero el simple sonido de unas pisadas, de unos tacones sobre la madera en alguna de las habitaciones del piso superior,  puede romper esos momentos como la piedra el cristal, dejando en añicos nuestros pensamientos.

Idolatrar el silencio tampoco, hay silencios de todo tipo, casi tantos como palabras, por ello ya  decían nuestros filósofos que, administrar los silencios era uno de los mayores síntomas de inteligencia. Los hay de frustración cuando no encuentras las palabras adecuadas, de medio que nos encoge el alma y la palabra, de felicidad o tristeza cuando los que hablan son nuestros ojos, dejando escapar esas lágrimas que recorren nuestras mejillas...

Está claro que si el silencio permanente lo asociamos rápidamente con un grave problema o incluso con nuestra desaparición del mundo terrenal, el ruido sin fin, el ruido como compañero inseparable está demostrado que perjudica seriamente nuestra salud y la de los que nos rodean. Es ahí donde esa contaminación invisible nos está ganando terreno, vivir en una ciudad es convivir con unos niveles de ruido muy superior a los recomendables, para el que nuestro propio oído está preparado. Quizás por ello cuando los años pasan y nuestro cabello se llena de canas, nuestros oídos también pierden la capacidad de percibir los mismos, puede que sea además de una atrofia auditiva, un mecanismo natural de defensa, vaya usted a saber, ya lo dicen, la naturaleza es sabia, pero el hombre se empeña muchas veces en querer demostrar lo contrario. 

Siempre aprecié esa frase que no sé muy bien a quién pertenece "hay dos clases de personas que no son de fiar, los que nunca hablan y los que nunca callan", en ambos casos saber sus intenciones y deseos es complicado. Esas personas que tienen incontinencia verbal, que no callan ni debajo del agua, que para decir algo tienes que meter mil fichas, llega el momento en que la desconexión del mensaje es una necesidad por salud mental. Por otro lado aquellos que hay que sacarles las palabras con sacacorchos, que parecen tener menos conversación que las estatuas de bronce, también son personas con las que es difícil la convivencia, pero como decía un amigo, al menos estos últimos no gastan saliva.

Es la contaminación acústica un problema que a pesar de hacer mucho ruido, contradicciones de la vida, se le da poco importancia, y sólo cuando hay situaciones extremas se intenta paliar, pero ese ruido como la gota malaya va perforando también nuestros tímpanos, hasta que por su falta de flexibilidad le sucede como a los altavoces que se mojan y quedan inservibles. Esta contaminación sonora con la que convivimos habitualmente, entre los ruidos de los motores, el claxon de los vehículos, el "chunga, chunga" a todo volumen, los que voluntariamente someten a su organismo a través de auriculares a situaciones donde sólo la tontería del ser humano puede comprender, ese exceso del sonido que altera las condiciones normales de nuestro organismo puede tener consecuencias muy lamentables para todos. Desde ese mayor grado de irritabilidad del personal, hasta efectos mucho más graves asociados al continúo sometimiento de nuestro cuerpo a una tortura estridente y ensordecedora. 

Hay dos clases de personas que no son de fiar, los que nunca hablan y los que nunca callan

La Organización Mundial de la Salud (OMS) califica la contaminación acústica como una amenaza totalmente infravalorada, esta invasión del ruido que lesiona nuestra salud psíquica y también física pero de la que pocas veces somos conscientes. La Agencia Europea de Medio Ambiente ofrece datos que asustan, así según su último informe habla que este tipo de contaminación es el causante de la muerte prematura de más de mil personas anualmente en nuestro país, así como de más de cinco mil hospitalizaciones. La OMS cifra los niveles tolerables de ruido en 65 decibelios diurnos y 55 nocturnos. Hoy en cualquiera de nuestras ciudades sufrimos niveles muy superiores de ruido, a pesar de estar regulado pocas veces se producen denuncias por estos hechos, y la mayoría de las veces la mismas viven el sueño de los justos al considerarse un tema menor.

El ruido es ya una pandemia de nuestros tiempos, produce estrés, irritabilidad, fatiga... estos son algunos de los síntomas de esta contaminación acústica que se extiende igual que la atmosférica, pero sin que le demos la importancia debida aunque deja huellas en nuestro cuerpo y nuestra mente, es aquello de "lo que no se ve, no existe por mucho que se oiga". No son ya pocos los que piden y exigen dentro de la Declaración Universal de los Derechos Humanos la incorporación del Derecho a la paz, la tranquilidad,... a "los sonidos del silencio"

"Los sonidos del silencio"