jueves 09.04.2020

Entre tacañones e inocentes llegan los felices 20

Es curioso, muy pocos se reconocen como tacaños, y... ¡qué pronto lo ven en el prójimo!.

En estos tiempos de alegría y solidaridad, de santos inocentes y de pillos que cierran sus cuentas, queda más en evidencia un colectivo de esos que han nacido con el puño cerrado. Aunque para todo hay teorías a este club de los más agarrados que bailar un chotis, o bailar pegados es bailar... que además son tremendamente democráticos, los hay de derechas, de izquierdas y mediopensionistas, sin distinción de credo, raza, etnia, posición social... Imitadores del famoso señor Scrooge del cuento de Navidad de Charles Dickens, aquel  hombre avaro, tacaño y solitario que no celebra la Navidad, y solo piensa en ganar dinero.

Tacaño se es por vocación, por afición..., aunque el bueno de Piedrahita empezaría su monólogo diciendo, "el tacaño, nace o se hace". Freud tenía la teoría del estreñido, del que ha tenido una infancia sin cariño y tiene que aferrarse a lo material.  A este colectivo de seguidores de la virgen del puño te lo puedes encontrar en la familia, en el trabajo, entre los amigos, puede ser niño, joven, adulto, anciano... rico, pobre.  A veces se justifica con  la necesidad, claro que no es lo mismo ser tacaño con el dinero de Amancio Ortega, que estando en el paro y con tres hijos...

Es curioso, muy pocos se reconocen como tacaños, y... ¡qué pronto lo ven en el prójimo!. Hay conductas típicas de algunos del club de los tacaños  que puedes observar cuando hay que pagar una ronda, se van al escusado, se les caen las monedas, se esconden detrás de la columna... o sacan a cámara lenta el billete de 50 euros que no han cambiado desde la comunión.

Cuentan del gran escritor Edgar Allan Poe que tenía una reputada fama de roñoso. Después de comprar una botella de vino del bueno, algo que no era muy frecuente,  se la guardó como un tesoro en el bolsillo interior de la chaqueta, ensimismado en su pensamientos cruzó la calle con tan mala fortuna que un carruaje lo atropelló. La camisa blanca se tiñó con una gran mancha roja. El escritor exclamó: ¡oh, Señor, Dios mío!, ¡por favor, por favor, que sea sangre, que sea sangre!.

Los hay agarrados en todas partes, pero el gremio de los empresarios se lleva la palma, tiene un porcentaje de tacaños por metro cuadrado muy superior a otros colectivos.

Otro sucedido del que fui testigo ocurrió ya hace tiempo, y  la escena define a los personajes. Era un congreso donde puedes estar más aburrido que un pescador en el desierto.  Juan le dice a su amigo Paco "te invito a tomar un vino", se fueron al bar de la esquina, así repitió la invitación a lo largo del día, ya con más de un litro en vena, el amigo Juan le volvió a decir a Paco "te invito al último vino", y Paco le miró, con cara de asombro le dijo, con la lengua pastosa, "no me invites más, ya no me queda ni un céntimo para pagarte más vinos".

Nuestro léxico no es roñoso, ni tacaño en los adjetivos para etiquetar a este tipo de personal, hay quien distingue entre  tacaño, avaro, roñoso, agarrado, avaricioso, cicatero, codicioso, ruin, usurero, interesado, cutre, miserable, estrecho,..., todos de la misma familia, con el adn común del interés por lo propio, con un sentido de posesión tan arraigado que se creen que lo que tienen es lo que valen.

Los hay agarrados en todas partes, pero el gremio de los empresarios se lleva la palma, tiene un porcentaje de tacaños por metro cuadrado muy superior a otros colectivos. Sus frases de cabecera, "nadie se hizo rico dando, o regalando", "más vale tenerlo yo, que perderlo tú". Miden la vida por su rentabilidad, así todo lo que se puede quitar, sisar  a los demás es incremento de patrimonio para ellos. Usan todos los trucos y artimañas posibles para que el esfuerzo de los demás rente en sus bolsillos

Fue Karl Marx quien describió en su obra "El Capital", la plusvalía, algo así como el valor no pagado al obrero, que crea un valor añadido con su trabajo, que se lo queda y se aprovecha el propietario, el empresario, originando así la esencia de la explotación o acumulación capitalista. Mucho se puede discutir sobre ello, pero el avaro y el tacaño tienen ese concepto de quitar a los demás para poseer ellos.

Quién no ha conocido o incluso sufrido como becario, con la excusa de que le están enseñando, dando formación cuando en realidad le están usando como mano de obra regalada, donde todo el valor añadido queda para ellos, y aunque la legislación intenta proteger al trabajador, hay picaresca para dar y tomar..., otros tiran del voluntariado encubierto, e incluso de la familia, amigos... Todo vale para aumentar esa rentabilidad que se mide solo en euros y no socialmente. Esos salarios de miseria, donde se busca pagar lo menos y más tarde posible, y si pueden descontar, como diría el bueno de Gila, hasta el desgaste del suelo de la empresa...

Claro que todos no son así, faltaba más, los hay justos y generosos, pero son una especie cada vez más difícil de encontrar, y en algunos lugares en peligro de extinción.

Claro que todos no son así, faltaba más, los hay justos y generosos, pero son una especie cada vez más difícil de encontrar, y en algunos lugares en peligro de extinción. Ante el alejamiento de los centros de decisión, es mucho más complicado tener empatía con el que no conoces, ni ves, y que está a miles de kms. En estos días los hay que nos recuerdan al Sr. Scrooge, no son capaces de dar ni una cesta de navidad a sus trabajadores y/o colaboradores, no tienen el más mínimo detalle con aquellos que les ayudan a que su empresa siga llenando sus cuentas corrientes. 

Quizás algo tenga que ver con la falta de protesta, de presión, de tantos inocentes convencidos, o presionados, de que es mejor un mal trabajo que la amenaza del paro, o los que llenan sus egos con palabras en lugar de sus bolsillos con monedas.  En estos tiempos de buenos propósitos, ojalá el próximo año cambie todo esto y la generosidad, a veces sería mejor decir la justicia, se abra camino para hacer ese mundo más justo para todos.  Feliz año nuevo amigos, que llegan los felices 20.

Entre tacañones e inocentes llegan los felices 20
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