sábado 21.09.2019

El valor de las palabras

No hay nada más enriquecedor para una sociedad que la aceptación del diferente para luchar por un objetivo común, el respeto a la diversidad.

El verano va terminando y con él lo hace el inicio de las clases, sobre las cabezas de parte del alumnado sobrevuela un sentimiento de miedo, de incertidumbre, pero sobre todo la sensación de tristeza y soledad, que serán en algunos casos sus más aguerridos acompañantes en el colegio y fuera de él.

En la mayoría de las clases, cuando éramos más pequeños había compañeros que tenían gustos diferentes, movidos por muchos factores que influyen en la formación de su personalidad: su situación personal y familiar, el trato fuera del colegio y también dentro de él.

Muchos niños y niñas han sufrido el martirio y el escarnio de sus compañeros y compañeras de clase que se reían, que les insultaban

La mayoría prefería jugar el balón o al “pilla pilla” pero también había quienes sentían la curiosidad por los juegos de construcción, por leer un libro o un cómic o montar un puzzle. Elecciones que responden a la curiosidad por saber, por descubrir y por pasarlo bien y ser feliz.

Pero desgraciadamente por elecciones como éstas muchos niños y niñas han sufrido el martirio y el escarnio de sus compañeros y compañeras de clase que se reían, que les insultaban y, en ocasiones, les pegaban. No entendiendo como, en muchas ocasiones, la actitud de sus compañeros más allá de tratar de frenar todo aquel atropello, les permitían seguir con su macabro plan de desprecio y humillación. El silencio cómplice ha sido y sigue siendo una de las asignaturas pendientes de nuestros amigos y compañeros.

A medida que nos hacemos mayores estas situaciones no desaparecen, únicamente se agravan y en ocasiones por miedo al “qué dirán” o por vergüenza la víctima se auto silencia dando lugar a uno de los mayores fracasos de una sociedad, la exclusión de uno de sus miembros. Pero no expulsamos a una persona de la sociedad, lo que realmente hacemos es privar a todos de una persona con cualidades y gustos diferentes cuya aportación iba a ser la de enriquecernos a todos.

Porque no podemos olvidarnos de que en esta sociedad cabemos todos, independientemente de nuestros gustos, de nuestras preferencias o de nuestras elecciones personales. Porque no hay nada más enriquecedor para una sociedad que la aceptación del diferente para luchar por un objetivo común, el respeto a la diversidad.

Como todo en esta vida, hay que saber contextualizarlo, tenemos que entender y saber gestionar nuestras reacciones, con nosotros mismos, pero sobre todo con los demás.

Porque existe la responsabilidad ineludible en como hablamos, en como tratamos a los demás porque no podemos olvidar que nuestras palabras tienen el poder más grande de lo que nunca hubiéramos imaginado, hagamos que nuestras palabras empujen a los demás a luchar por conseguir sus sueños y sus metas, que, en definitiva, en una sociedad cohesionada, el triunfo individual también es colectivo.

Lo difícil es gestionarlo, claro está. Es ahora cuando entran en juego todas las piezas de esta partida. La familia como principal actor en la educación y formación de los más pequeños, la administración pública poniendo a disposición de las familias y alumnado todos los recursos necesarios para acabar con ello y la necesaria propuesta política para evitar que sigamos destruyendo los cimientos de nuestra sociedad. Respeto al diferente y a todo lo que lo hace único y especial, combinando crecimiento sostenible y social (I win, you win).

El valor de las palabras
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