viernes 15/1/21

Los significados de la transición ecológica

En esta coyuntura adquiere particular importancia la significación de las modas y la obsolescencia incorporada como estímulos al consumo incesante de  objetos o lugares en directa proporción al uso indiscriminado e inconsciente de las nuevas tecnologías.

La superación de la pandemia del coronavirus lleva la necesidad inevitable del proceso de transición ecológica que ponga fin al consumo incesante de recursos –como si pudiera ser infinito–, y al deterioro de las condiciones ambientales y los equilibrios ecológicos –que son, también, los propensos a patologías como la actual–, provocado por el desarrollo del capitalismo más productivista por todo el mundo. Un modelo económico, social y cultural –con los poderes políticos a su servicio– que ha hecho del afán de lucro y el crecimiento a toda costa en función de la competitividad extrema y las desigualdades el perverso instrumento de unas relaciones de producción que no han hecho más que degradar la interacción del hombre con el medio, con sus propios semejantes, con el resto de los seres vivos y con los soportes físicos en que realiza sus actividades 

El resultado está a la vista: el culto al gigantismo, las macrociudades e instalaciones fabriles o explotaciones mineras, el hacinamiento residencial y la saturación territorial y urbanística, el almacenamiento de ancianos y enfermos, el fomento de las concentraciones multitudinarias, el turismo o los desplazamientos masivos... con problemas asistenciales cada vez más irresolubles, al margen de la necesaria descentralización –"lo pequeño es hermoso" (y más fácil y eficaz en su gestión)– de los equipamientos y servicios, el reparto del trabajo y la implantación de la semana de 4 días y 30 horas, la reducción de la movilidad obligada y el gasto energético, y la impregnación de la enseñanza con una educación ambiental y una visión crítica de la realidad que distinga la calidad de la cantidad, el ser del tener, y la felicidad y del consumismo.

Unos cambios de modelo y mentalidad que deben, también, avanzar hacia una verdadera gobernanza mundial

En esta coyuntura adquiere particular importancia la significación de las modas y la obsolescencia incorporada como estímulos al consumo incesante de  objetos o lugares en directa proporción al uso indiscriminado e inconsciente de las nuevas tecnologías en un análisis cada vez más superficial de la realidad y de la trascendencia o las repercusiones de nuestras conductas individuales y colectivas en la organización territorial y el modelo de sociedad resultante por mucho Internet, Facebook, Instagram, Twitter, Apps, Iphones, Whatsapps, teletrabajos o comunicaciones telemáticas que introduzcamos en nuestras vidas cotidianas o domésticas.

Es necesario, también, analizar la trascendencia del automóvil como uno de los principales causantes de la presión sin límites sobre las materias primas y los combustibles fósiles con sus nocivos efectos contaminantes sobre el cambio climático en medio de las servidumbres generalizadas que encierran las inversiones y los despilfarros en las infraestructuras viarias y las dificultades en diseños adecuados de las geografías urbanas e interurbanas al margen de los criterios más elementales de la movilidad sostenible y la generalización de los transportes públicos. Un objetivo que debe perseguirse con el apoyo a la seguridad y los menores impactos de las rutas marítimas, el ferrocarril convencional –y no a los AVE elitistas, despilfarradores y agresivos–, los carriles-bici y los itinerarios peatonales, dejando en un segundo plano al avión y al automóvil privado con una función más secundaria y restrictiva –y desmitificando el culto a la velocidad y a la prisa como plagas de nuestra época: "el viaje es el camino"–, al no poder garantizar los miles de empleos y de vehículos que a la Tierra le es cada vez más difícil de asimilar. Unos cambios de modelo y mentalidad que deben, también, avanzar hacia una verdadera gobernanza mundial que supere la globalización caótica y unilateral del Planeta.

La transición ecológica padece, además, de un ritmo demasiado lento y ya sobrepasada por la intensidad y frecuencia de los fenómenos extremos y destructivos de sequías, inundaciones, incendios, plagas, deforestación, desaparición de especies, deshielo de casquetes polares, subida del nivel del mar, huracanes o tifones..., debido, entre otros factores, a los tímidos planteamientos en el retranqueamiento de infraestructuras y asentamientos con servidumbres más exigentes en la Franja Marítimo Terrestre y el Dominio Público Hidráulico; en una fiscalidad verde  como mecanismo disuasorio de la contaminación por tierra, mar y aire; y en la economía circular o el viejo principio de las 5 Erres –Reemplazar, Reducir, Reutilizar, Reciclar y Recuperar–  para extender el "decrecimiento" en los ámbitos más amenazados por la degradación ecológica y la intervención humana. Un panorama, en su conjunto, que tiene en Cantabria, muchas más sombras que las luces del pretendido paraíso natural que nos quieren vender constantemente con pretenciosas infraestructuras viarias, ampliaciones y colmataciones residenciales e industriales de los "vacíos territoriales", programas de (re)activación y distracción para incautos, espectáculos clientelares, y tupidos velos  o censuras sobre los incumplimientos sistemáticos de las leyes potencialmente ecológicas –Aguas, Costas, Suelo, Conservación  de la Naturaleza, Paisaje, Minas, Residuos, Energía..., con la Fiscalía de Medio Ambiente a la cabeza– o los PROT y figuras proteccionistas en el baúl de los recuerdos que trataremos de recopilar en próximos capítulos.

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