Jueves 16.08.2018

Las flores de Harrison y las ortigas de Pouso

Desde que la imbecilidad tiene licenciatura y cotiza en bolsa el mundo es un lugar peor. Una bola de billar que golpea sin cabeza contra todos los laterales del firmamento.

Esta noche hubiese querido escribir de las Flores de Harrison, de aquella magnífica interpretación que puso a la antigua Yugoslavia en el cine de los horrores. De cuando me tocaba regresar de casa al periódico, parar la edición y girar la portada para teñirla de sangre muy a mi pesar. Malo cuando el meñique no encuentra las teclas y golpea como un autómata entre la a y la ese por mor del tembleque que provocan depende qué noticias. Antes que profesional, primero persona. Menos mal que ya de mañana, con unos cascos adosados a las orejas, escuchaba sin parar, con las costillas contra un colchón, 'Wind of change', de mis admirados Scorpions. Y sí, la vida cambió, pero a un precio que nadie quería pagar.

En aquellas noches de olor a tinta y muerte habría pagado por ser cupletista, transexualizarme con mis nardos prendidos de la cintura, repartir rosas y besar un clavel. Explicar a los idiotas del mundo que hacer el amor y no la guerra no es sólo un eslogan que, por otra parte, reporta mucho placer: es, por encima de cualquier cosa, una apuesta por la vida, sobre todo la del otro, la que no te pertenece, la que alumbró una madre, la que recibió un padre con los brazos abiertos.

Ante la adversidad no está de más tocar la lira: habría menos conflictos y más urticaria

Desde que la imbecilidad tiene licenciatura y cotiza en bolsa el mundo es un lugar peor. Una bola de billar que golpea sin cabeza contra todos los laterales del firmamento. Los que declaran la guerra, henchidos de poder, han demostrado con denuedo y calificación sobresaliente lo que les cuesta distinguir la Vía Láctea de un tren en la vía cargado de leche. Cuando las mentes adolecen de un estado romo, yermo, vacío, fútil, pueril... los actos son tan punzantes, mediocres, deleznables o censurables como estrellas negras pueda haber en el cielo. Que nadie las vea no demuestra su inexistencia.

Por eso cuando, totalmente deprimido, ya estaba dispuesto a mostrarle mis posaderas a un cactus, a una árgoma, a un cardo o a cualquier bicho viviente que tenga el colmillo por carta de presentación, ha venido Pouso, Carlos Pouso, el entrenador del Racing, a alegrarme la madrugada con esa frase dedicada a los periodistas sin acritud, pero con racadito: "Tampoco es para que nos paséis ortigas por las pelotas", dijo ante el asombro de los presentes y la risotada general en los estudios de radio que asistían en directo al momento más testicular de la historia del balompié (y mira que ha habido balonazos en las entrepiernas). Un eufemismo, en definitiva, que le quita al suceso la carga bélica que en realidad tiene y que en otros ámbitos se conoce como deslizar con más o menos saña una lija gruesa sobre el escroto seco, para que no haya lubricante, ni natural ni artificial, que ayude a pasar ese semejante trance que se le ha ocurrido a Pouso, y no a Tarantino, lo que le imprime al pasaje una carga sádica que deja a Kill Bill en una película infantil, de media tarde.

Gracias Carlos -no haré por inapropiada la rima que te supones aunque aquí viniese al pelo- por echarle a esta vida algo de guasa e ironía. Por ser un poco Clemente, una pizca de Jémez y una pulgarada de David Vidal. Los periodistas, eso sí, seguirán ortiga en mano. Tenlo por seguro. Así que te quedan dos opciones: refuerza la entrepierna o sube al Racing de categoría. Luego ya, si tienes un poco de tiempo, échale un vistazo a ‘El Pianista’ y verás la evolución de Adrien Brody de guerra a guerra. Entre las Flores de Harrison y tus ortigas me quedo con éstas. Porque aquello fue una pesadilla fatal y lo tuyo, bien mirado, un buen chiste. Ante la adversidad no está de más tocar la lira: habría menos conflictos y más urticaria. Sarna con gusto no pica.

Las flores de Harrison y las ortigas de Pouso
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