Viernes 17.08.2018

Me queda Portugal; me falta Forges

Corríamos rápido hacia la democracia sin reparar en el vehículo. Ahora, cuarenta años después, hay quien huye de ella en avión con el bolsillo pesado. Éramos felices sin un duro.

La España del cisco permanente lleva tiempo jugando su partido en el alero. Es un gato cojo que ha pelado siete vidas y apuesta por jugarse la octava en un blackjack. Por el norte, prófugos hacia Bélgica o Suiza; por el sur, narcos que apuestan y ganan la partida a la Policía mientras el ministro del Interior reza un avemaría con la misma convicción que el del pelazo baila una sardana en Flandes.

Qué tiempos aquéllos. Cuando las canciones hablaban de amor. El morreo de Travolta a Olivia después de pisar la colilla de un cigarro (ahora, 200 de multa). El rock and roll en la plaza del pueblo y el apretón de cinturas mientras Jagger entonaba los primeros compases de Angie. Corríamos rápido hacia la democracia sin reparar en el vehículo. Ahora, cuarenta años después, hay quien huye de ella en avión con el bolsillo pesado. Éramos felices sin un duro. ¿Gilipollas de época? No lo crean: el dinero y el poder, ya ni sé en qué orden, contribuyen de maravilla a la putrefacción de cualquier escenario por bueno que parezca.

Los huérfanos de letra se agarran al valor de Marta Sánchez para cantar con la garganta en el corazón lo que otros pretenden evacuar desde las tripas

Ignoro cómo y por qué Danny Zuko acabó convertido en Vincent Vega, pero cualquiera diría que algo gira en la cabeza de los individuos sin la necesidad de que Tarantino ande por medio. Si ya no vale Serrat, si nadie escucha a Sabina, ¿con qué nos vamos a quedar? Quizá con los versos de un rapero a quien le han clavado tres años y medio de cárcel por recitar no sé qué. Talego largo por hablar, por expresarse –conste que a mí no me gusta lo que dice ni es mi estilo-, pero parece desmedido.

A veces envidio la paz de Lusitania con sus claveles (menos mal que me queda Portugal), mientras maldigo la hipocresía astuta de los suizos (ya ni los bollos). Seguro que los clásicos necesitarían tres párrafos menos que el que esto escribe para diseccionar el pastel y separar el merengue de las guindas. Se han meado y ciscado en los clásicos estos salvadores de unos derechos que nadie les mandó salvar. Y, mientras tanto, España sigue en la habitación vacía de Gary Moore, el blusero de Belfast que eligió morir en la Costa del Sol, y los huérfanos de letra se agarran al valor de Marta Sánchez para cantar con la garganta en el corazón lo que otros pretenden evacuar desde las tripas. Me estresa tanto el Telediario que medito coger un viaje sin retorno a Madeira, donde las chicas no deban pedir perdón por desfilar en Estoril y pueda cubrir mis madrugadas con una manta sin que nadie repruebe su color. Y todo sin Forges. Un puto agobio.

Me queda Portugal; me falta Forges
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