viernes 4/12/20

Yo también soy Vallés

Torcer el brazo al periodista, quebrarle la voz, ha sido un deporte encubierto que han practicado, a veces con éxito, próceres de cuello duro.

Cierta vez un político con mando en plaza y, en consecuencia bolsillo reluciente, me espetó, parapetado tras la mesa de una cafetería de la ciudad: “Los periodistas no sois intocables”. Desde luego: se someten todos los días al noble juicio de los ciudadanos y los tribunales de justicia, porque escribir o hablar confiere una responsabilidad más allá del mero hecho de la comunicación. Lo que no parece ni ético ni estético es que sean los políticos quienes ejerzan de jueces contra los informadores. Y cada vez hay más ejemplos. A los políticos, como al resto de los ciudadanos, les asisten los juzgados, donde pueden y deben dirimir cualquier desencuentro, sea cual fuere el agente que lo provoque.

Todos los informadores debiéramos responder a las amenazas y las injerencias con más bolígrafos, más cámaras y más micrófonos

Vicente Vallés, un ejemplo de comunicador íntegro, ha sido durante un tiempo el conejo de una cacería impulsada por actores muy definidos y definibles en el espectro de la política. Todo, sin embargo, se les ha vuelto en contra: primero, por el apoyo del conjunto de la profesión al presentador madrileño, y, en segundo lugar, por el gran respaldo popular que el comunicador ha concitado entre los receptores: las redes sociales son testigo casi a diario.

Vallés habla poco o nada de esto: se dedica a contar las noticias del día a las nueve de la noche, con brillantes introducciones, jugosos comentarios a mitad del informativo y un cierre a modo de resumen que lleva a la reflexión. Otros hablan por él, porque acaba de recibir el Premio Francisco Cerecedo, que otorgan los profesionales europeos, por su periodismo incómodo desde la neutralidad con espíritu crítico.

Torcer el brazo al periodista, quebrarle la voz, ha sido un deporte encubierto que han practicado, a veces con éxito, próceres de cuello duro. Ahora se han sumado también los que llevan la faringe al viento, grandes predicadores del ‘backstage’ cuya narrativa no pasa un filtro en el escenario real. 

Frente a ello, todos los informadores debiéramos ser Vallés, responder a las amenazas y las injerencias con más bolígrafos, más cámaras y más micrófonos. Y lo dicho: únicamente responder ante la verdad y los tribunales de justicia.

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