Miércoles 19.12.2018

¡Tronco, cómo ronco!

Sepan que quedé perdido en una carretera a ninguna parte, mientras en la radio sonaba ‘Highway to hell’. Allí me vi, preso de un arcén, con la nuca en el reposacabezas, la vista perdida y la frente gacha como el morro de las vacas cuando les enseñan una rama de fresno.

Si me han echado en falta en estas páginas las últimas semanas he de confesarles que no fue problema mío. Yo llegaba en tiempo y forma, moreno, relamido y como un pincel de Velázquez. Sepan que quedé perdido en una carretera a ninguna parte, mientras en la radio sonaba ‘Highway to hell’. Y, como las metáforas también las carga el diablo, allí me vi, preso de un arcén, con la nuca en el reposacabezas, la vista perdida y la frente gacha como el morro de las vacas cuando les enseñan una rama de fresno. Con todo eso en mi maldito haber y sin la guitarra de Angus para usarla de raqueta contra alguien, monté la tienda de campaña y me entregué a la contemplación de las estrellas del firmamento burgalés como si estuviera en un ‘freeway’ de Arizona.

Era de noche, cantaba el cárabo en una rama próxima y no había ningún político cerca porque a esas horas la mayoría tiene la costumbre de dormir a pierna suelta en uno de esos colchones que anuncia la Padilla. Tiré mi espalda contra el terreno con tan mala suerte que mis riñones hallaron, de plano y pleno, un pedrusco castellano cuyo tamaño debía ser el de esos mojones que sirven para delimitar las fincas o establecer lindes. Con tan nefasto panorama y sin el mando de la tele para ver algún ‘desinformativo’, me entregué a la oración. Quiero decir que comencé a acordarme de la madre, o el padre, de unos cuantos.

Con tan nefasto panorama me entregué a la oración. Quiero decir que comencé a acordarme de la madre, o el padre, de unos cuantos

Con la primera luz del día, los riñones al jerez y un ojo a la virulé a cuenta de una hierba suelta metida a oftalmóloga, al fin encontré una buena manta de lana, de la cual me apresté a tirar para cubrir mi fría existencia. Fue entonces cuando oí con mucha estridencia una tremenda balada, no de Scorpions, sino recién desalojada de la garganta de la oveja a la que, sin desearlo, pretendí robar el vestido mientras pastaba las frescas hierbas de aquella llanura. Le presenté mis disculpas, y ella a un carnero amenazante que me hizo reflexionar sobre la mítica frase: más vale decir aquí corrí que aquí morí.

Situaciones que puede atravesar cualquiera que lleve conduciendo casi mil kilómetros con destino Cantabria, pierda el GPS, quede tuerto de un faro y acabe en un camino rural de Burgos, ciudad donde acaba la cómoda autovía y entra usted en un parque temático impagable camino de Aguilar. Cómo y cuándo llegue es cosa suya. Los responsables siguen en el sillón o en el colchón. Roncando, creo.

¡Tronco, cómo ronco!
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