Lunes 20.08.2018

Tu gran noche, no la nuestra

Baila querido Mariano en pista lustrosa. Nosotros ya danzamos el baile de los malditos. Baila, ya sea con pantalón de campana o tacón de aguja.

Mientras Mariano Rajoy baila por Raphael muchos ciudadanos ya saben por quién doblan las campanas. Por los pensionistas. Pobres esforzados de la ruta tratados al final como idiotas e ilotas, siervos de un sistema que amenaza muy seriamente con recortarles sus derechos y dejarlos tirados en la cuneta, como una colilla mamada por el morro del poder. Indecencia sin clemencia; putada bien hilada para remendar el trasero de señoritos con hilo de pasamanerías, en tanto los trabajadores, reales y verdaderos sustentos de la España constitucional, pierden cada día una prenda hasta llegar a un desenlace de tiritona: en pelota y con una coz en el culo.

Casi prefiero dimitir de la vida de forma prematura a toparme en la raya de la carretera con una jauría de políticos y empresarios adalides de la usura

Baila querido Mariano en pista lustrosa. Nosotros ya danzamos el baile de los malditos. Baila, ya sea con pantalón de campana o tacón de aguja; ya sabemos, estimado bailongo –Soraya dixit-, qué será de los viejecitos cuando peinen canas y no puedan ya asistir a ninguna puja. Baila en una pista sin fin si ello te da gustirrinín, baila moreno. Parece que a ti las canas plateadas no te pasarán factura. Casi prefiero dimitir de la vida de forma prematura a toparme en la raya de la carretera con una jauría de políticos y empresarios adalides de la usura.

Prefiero irme de aquí cantando la canción del cowboy, rumbo a México, con mucho tequila en una alforja y aguardiente de sobra en la otra. Detenerme en Sonora para ver en una playa el rostro impenetrable de Marlon Brando y dormir una bola al pulgar en una de esas boleras que los emigrantes cántabros labraron en el nuevo mundo. Me han dicho que allí, bajo las estrellas, el sol rojo de media tarde y el azul del Pacífico podré ver la imagen de mi padre doce años después, aunque sea borrosa: quiero contrale esto de las pensiones, él que después de cotizar toda la vida apenas pudo disfrutar la suya. Quiero volver a verle con Cianín, y lo dicho: que me enseñen a dormir esa bola al pulgar lanzada desde dieciocho metros, a embocar frente a la dificultad de la vida y a birlar una de seis a la cruz. Y que no vuelvan, porque una ristra de políticos y empresarios –no todos, sólo faltaría- tratarán de dejarles en cueros. Hueros como los ojos de Terminator.

Tu gran noche, no la nuestra
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