miércoles 16.10.2019

Momentos en la piscina

Lo que más nos gustaba de la piscina era que no existía por ningún lado la incómoda arena que se te mete por los pies.

Hay un momento en el que las estrellas se alinean y los destinos convergen creando una unión perfecta. Este fue ese momento.

Me encontraba solo, sin nada que hacer, con 28 grados a la sombra. Estaba aburrido, sin ganas de nada. El calor que estaba haciendo me hacía sentir alicaído. Observaba los rayos de sol entrar por mi ventana, alentándome a salir a la calle, a disfrutar del maravilloso día que la vida nos estaba regalando. Tras varias horas tirando en el sofá, viendo la vida pasar, sudando sin hacer ningún tipo de movimiento, opté por darme un baño en la piscina. Pero qué gracia tiene ir solo, sin nadie que me acompañe, alguien que maquille mi soledad y le de color a mi tarde de verano.

Decidí llamar a mis dos mejores amigos, con ellos sabía que la diversión estaría asegurada. Hacía varias semanas que no quedábamos y no sabía nada de sus vidas, y algo dentro de mí me decía que teníamos muchas historias que contarnos, ponernos al día acompañado de buenos momentos y de risas desmedidas.

Pasó una hora larga hasta que el timbre de mi casa se hizo sonar. Cuando abrí la puerta, una morena de  metro sesenta con el pelo alocado y una sonrisa en forma de flecha se lanzó a mis brazos, dejándome apenas sin oxígeno. Venía acompañado de un rubio súper oxigenado de metro setenta, era una persona que se hacía notar, pero con un corazón que no le cabía en el pecho. Ya estábamos juntos de nuevo, después de tanto tiempo, ya volvíamos a ser la tríada perfecta.

Nos encantaba la piscina, el azul del agua, la forma en que nos hacía reír sin motivo, no había nada que nos pudiese molestar

Antes de que vinieran había preparado unos cócteles para animar la tarde, así como para refrescarnos y brindar por nuestra amistad. Salimos al jardín, y nos tumbamos  en las hamacas frente a la piscina. El sol calentaba con fuerza, y el agua de la piscina tenía un brillo especial, creando una atmósfera de libertad absoluta. Lo que más nos gustaba de la piscina era que no existía por ningún lado la incómoda arena que se te mete por los pies, o por dentro del bañador. Tampoco se te quedaba el pelo acartonado por el salitre de la mar, o sucio de pasear por el bosque. Eran todo comodidades.

En toda la tarde no hubo ni un solo momento para silencios incómodos, bajones de ánimo o lágrimas desconsoladas. Lo bueno de tener amigos tan fieles, es saber que aunque el tiempo pase y no estemos juntos, nos tenemos los unos a los otros.

Nos encantaba la piscina, el azul del agua, la forma en que nos hacía reír sin motivo, no había nada que nos pudiese molestar, por eso la preferimos antes que ir de picnic, porque odiamos los insectos. No cambiábamos por nada nuestros momento de paz y tranquilidad, por el ruidoso bosque.

Pasaron horas y horas. Me dolía la mandíbula de tanto reírme, y es que si algo por lo que debo dar gracias a la vida son ellos, mi felicidad eterna, mis amigos.

Momentos en la piscina
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