Miércoles 16.01.2019

Allende

Noviembre de 1971. Salvador Allende y Fidel Castro personifican ya respectivamente la vía pacífica o chilena y la vía armada o cubana al socialismo cuando protagonizan 'El diálogo de América' [1972]

“No veo por qué tenemos que apartarnos y observar cómo un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su gente”. Con esta frase –que tan bien ilustra cómo entienden los ‘halcones’ la democracia– justificó Henry Kissinger el papel de Estados Unidos en el golpe de Estado que en septiembre de 1973 derrocó al presidente de Chile, Salvador Allende, y lo sustituyó por el general Pinochet, considerado el primer jerarca –Reagan, Thatcher y Wojtyla llegarían más tarde– en aplicar el neoliberalismo de los ‘Chicago Boys’.

Aquella no fue la primera ni sería la última vez que el Imperio estadounidense y la oligarquía de un país latinoamericano derrocaban a un Gobierno legítimo para sustituirlo por otro que favoreciera sus intereses, pero la caída de Allende marcó un antes y un después, porque inauguró la fase neoliberal del capitalismo y sobre todo porque sacudió a la izquierda latinoamericana e internacional en pleno debate sobre la posibilidad o no de transitar a la democracia popular y al socialismo a través de los cauces de la democracia burguesa y del capitalismo.

Veintidós meses después de aquella histórica conversación,  Salvador Allende y Augusto Olivares morían resistiendo al fascismo en La Moneda

Noviembre de 1971. Salvador Allende y Fidel Castro personifican ya respectivamente la vía pacífica o chilena y la vía armada o cubana al socialismo cuando protagonizan ‘El diálogo de América’ [1972], un documental de Álvaro Covacevich –que Pablo Neruda y Marcel Marceau presentarían mundialmente en París– en el que ambos líderes conversan entrevistados por Augusto Olivares, colaborador de Allende durante el gobierno de la Unidad Popular.

En un momento de la conversación, Olivares pregunta a Allende por los obstáculos de la vía chilena al socialismo, y el presidente de Chile primero bromea –“¿te das cuenta, Fidel? ¡Tres minutos para definir los obstáculos de una revolución que tiene que hacerse dentro de la democracia burguesa y con los cauces legales de esa democracia…!”– y después cita dos –“una oligarquía con bastante experiencia, inteligente, que defiende muy bien sus intereses y que tiene el respaldo del imperialismo, dentro del marco de una institucionalidad donde el Congreso tiene peso y atribuciones y donde el Gobierno no tiene mayoría” y “una libertad de prensa que es mucho más que una libertad de prensa, que es un libertinaje de la prensa: se deforma, se miente, se calumnia, se tergiversa; los medios de difusión con que cuenta son poderosos: periodistas vinculados a intereses foráneos y a grandes intereses nacionales…”– antes de que Fidel exclame “¡son admirables las dificultades que tienen!”.

“A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo”

Cuando Allende asegura que, pese a los obstáculos, la vía chilena avanza –“el cobre es nuestro, el hierro es nuestro, el salitre es nuestro, el acero es nuestro… es decir, las riquezas básicas las hemos conquistado para el pueblo”–, el líder de la Revolución cubana reconoce que la vía chilena “logró hacer un aglutinamiento de fuerzas suficiente para obtener la victoria en el campo electoral” pero advierte al presidente de Chile de que todas esas medidas estructurales e históricas –el control de los bancos, la recuperación del cobre, la reforma agraria…– han afectado “profundamente” a los intereses de los monopolios de Estados Unidos y de la oligarquía chilena, lo que genera una “gran resistencia” de esos sectores que controlan “grandes recursos de lucha” –control mayoritario de los medios de difusión masiva, experiencia en sembrar los temores, en explotar la ignorancia…–, que tratan de “ganar masa” tanto en las capas medias como en los sectores más atrasados de las capas humildes y que “está por demostrar si se resignarán pasivamente a los cambios de estructura que la Unidad Popular y el pueblo chileno han querido llevar adelante”. A continuación, Fidel –como “visitante que viene de un país que está en otras condiciones”– considera que “es de esperar” que esos sectores monopolistas y oligárquicos “hagan resistencia fuerte e incluso hagan resistencia violenta, porque mantuvieron los sistemas por la violencia y así los defienden, por la violencia”.

Veintidós meses después de aquella histórica conversación a tres bandas en la casa presidencial de Chile, Salvador Allende y Augusto Olivares morían resistiendo al fascismo en La Moneda, el palacio presidencial chileno.

El cineasta Emilio Pacull dedicó a su padrastro Augusto Olivares su documental ‘Héroes frágiles’ [2007], donde presenta las muertes de Allende y de su amigo y colaborador como “un ejemplo de destrucción de la utopía”. Muchos años antes, el Che Guevara había dedicado al presidente de Chile uno de los primeros ejemplares de su libro ‘La guerra de guerrillas’ [1960]. Sobre la firma del revolucionario argentino, la dedicatoria decía así: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo”.

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