Miércoles 16.01.2019

Ganó España

Los resultados del 26J dibujaron un mapa azul salpicado por dos manchas moradas. Sólo Euskadi y Cataluña apostaron por otra España, mientras el resto, esa patria a la que Unidos Podemos apeló constantemente en campaña, volvió a apostar por la de siempre. Y esa España es la que se congregó en Génova 13 con banderas azules del PP y rojigualdas de España, que Rajoy dijo que son la misma.

Menéndez Pelayo, español y católico como el que más, escribió a finales del siglo XIX que España no tenía otra grandeza que la de haber sido evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma y cuna de San Ignacio, y que eso es lo único que vertebraba y podría seguir vertebrando su unidad.

Poco después de que el escritor y político casticista definiera como nadie la esencia del proyecto nacional español, la muerte de Alfonso XII daría paso a la regencia de María Cristina, ésta al reinado de Alfonso XIII y éste a la II República, truncada por el golpe de Estado que desembocaría primero en la guerra civil y después en la dictadura de Franco, que acabaría sus días agarrando la mano de su sucesor, Juan Carlos I, y suplicándole “alteza, la única cosa que os pido es que preservéis la unidad de España”. “No me dijo haz una cosa u otra, no: la unidad de España, lo demás…”, revela el propio monarca emérito en el documental ‘Yo, Juan Carlos I, rey de España’, que la francesa TF3 emitió en febrero y TVE se ha negado a emitir.

¿Existen realmente las dos Españas de Antonio Machado o España es sólo una de ellas y la otra no existe más que en algunas cabezas y corazones?

Esa indisoluble unidad de España (en la que se fundamenta la Constitución de 1978, según establece su artículo dos) es la misma que obsesionaba a José Calvo Sotelo, tan español y tan católico como el propio Menéndez Pelayo, cuando decía que prefería una España roja a una España rota porque la primera sería roja sólo durante un tiempo y la segunda quedaría rota para siempre. Y es que efectivamente las pocas veces en que ha sido roja, lo ha sido (se han encargado de que lo sea) sólo durante un tiempo, pero siempre que se ha roto (y se ha roto ya unas cuantas veces), se ha roto para siempre.

¿Existen realmente las dos Españas de Antonio Machado (españolito que vienes / al mundo te guarde Dios / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón) o España es sólo una de ellas (la de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María) y la otra (la de la rabia y de la idea) no existe más que en algunas cabezas y corazones?

Los resultados del 26J dibujaron un mapa azul salpicado por dos manchas moradas. Sólo Euskadi y Cataluña apostaron por otra España (esa que los independentistas vascos y catalanes consideran una quimera), mientras el resto del Estado, esa patria a la que Unidos Podemos apeló constantemente en campaña, volvió a apostar por la de siempre. Y esa España es la que se congregó bajo el balcón de Génova 13 con banderas azules del Partido Popular y rojigualdas de España (Rajoy dijo que son la misma) para corear el hooliganesco ‘yo soy español, español, español’, un ‘sí se puede’ que sonó a no podéis o el estribillo de un himno del Real Madrid que (Rajoy no lo dijo pero lo pensaría mientras balbuceaba el discurso más difícil de su vida) seguro que también es el mismo que el de España.

Al día siguiente, España regresó antes de tiempo de la Eurocopa tras perder ante Italia, pero esta vez la derrota no fue tan amarga como en otras ocasiones porque los ‘oé, oé, oé, oé…’ ya se habían coreado la víspera.

Ganó España
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