jueves 16.07.2020

Bancos personalizados sin personal

A Antonio Velo, admirado lector

Es el último grito bancario antes del estertor final: oficinas personalizadas sin personal. Un pupitre modernista e indescriptible rotulado con el “Hola” más impersonal del milenio. Y es que todo resulta impersonal cuando no hay personal. Las esporádicas apariciones de risueñas y juveniles azafatas pastorean sutilmente a los clientes hasta el corral de la pantalla mágica.

Santander está reconvirtiendo sus bancos en horrísonos ambigús decorados, sin duda,  bajo los efectos de algún estupefaciente suave. Bancarios de sonrisa impostada oficiando el funeral de la banca tradicional. Visiten por curiosidad uno de esos templos de la nueva banca que ya no hace tanta caja. O uno de los de la vieja Caja que se liberó de su propio nombre y de gran parte de su propia plantilla al mismo tiempo.

Bancarios de sonrisa impostada oficiando el funeral de la banca tradicional

Hubo un tiempo en que esa Caja que hacía una millonaria caja diaria, presumía de tener más impositores que montañeses. Más libretas que cántabros. Más oficinas que municipios. Más de todo. Ahora sus empleados son muchos menos que sus menguantes ventanillas. Porque cada cajero es un ventanuco virtual donde se estrellan o extravían todo tipo de pensionistas y ante el que blasfeman con razón los enemigos de las comisiones.

Esta reconversión brutal carece de versión oficial. Cada teléfono móvil es ya un cajero táctil. Cada web bancaria, una megaoficina 24 horas al día. Ese diosecito llamado Euribor se encanalla en el valor negativo. Los bancos se sientan a esperar tiempos mejores en su propio banco. Llegarán las vacas gordas.

En sus nuevas y coloreadas sedes se empezarán a producir ataques de ansiedad, brotes de pánico al vil teclado y alaridos contra su estética horripilante

De momento, las oficinas personalizadas sin personas compiten con los museos por captar la atención del paseante. Atriles tan geométricos como huérfanos. Mostradores de juguete sin rastro ni rostro humano. Algún día nos llevaremos la grata sorpresa de que un juez con buen gusto pondrá en busca y captura al diseñador de estos nuevos espacios bancarios.

Así como el corazón tiene razones que la razón no entiende, la banca tiene razones que solo su raciocinio entiende. En sus nuevas y coloreadas sedes se empezarán a producir ataques de ansiedad, brotes de pánico al vil teclado y alaridos contra su estética horripilante. Muy pronto.

Afortunadamente para la banca, que no siempre gana, nadie los oirá ni los atenderá. Porque no hay personal.

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