viernes 23.08.2019

El cántabro que hablaba con las manos

Entrevisté a Rubalcaba una lluviosa tarde de viernes de enero de 1987 en su despacho de Secretario General de Educación de Alcalá 34.

Rubalcaba tiene mucha tarea estos días: leer todo lo que se ha escrito sobre su vida ahora que estrena su involuntaria condición de muerto. Y, por primera vez, sin posibilidad de rectificarnos. Toneladas de líneas: brillantes, melífluas, emocionantes, pretenciosas, falsarias o tiernas sepultan ya sus inconclusos 68 años. Alfredo tampoco ha podido sobrevivir a sus necrólogos, enredados innecesariamente en el ditirambo sin fin. 

Alfredo Pérez Rubalcaba hablaba con las manos. Convertidas por la gracia de este cántabro de Solares en un idioma universal que no necesitaba traducción simultánea. Moduladas siguiendo una secreta facultad neurológica ajena al resto de los mortales. Cadencia, secuencia y elocuencia coreografiadas en un ballet comunicativo distinto según articulase esas privilegiadas extremidades. Sin extremismos. Siempre modulando y moderando.

Alfredo Pérez Rubalcaba hablaba con las manos. Convertidas por la gracia de este cántabro de Solares en un idioma universal que no necesitaba traducción simultánea.

Movía sus índices con la energía de Sara Baras. Le servían para señalar lo indiciario hasta convertirlo en evidente. La apertura y el repliegue acompasado de pulgar, corazón, anular y meñique sobre la palma de la mano se llevaba la palma. Ahí entraba en escena una suerte de Nureyev dedimagistral. Cuando la comparecencia lo exigía, los mutaba en diez avezados danzarines que ponían a toda la prensa en danza.

Alfredo también hablaba con sus ojos mínimos. Incluso sonreía y enamoraba a discreción, ajeno a una barba menguante que cultivó con vocación de campesino sin reparar en el calendario lunar. Porque su talento siempre afloraba en cuarto creciente.

Entrevisté a Rubalcaba una lluviosa tarde de viernes de enero de 1987 en su despacho de Secretario General de Educación de Alcalá 34. Entonces fumaba puros interminables y  terminaba lúcidamente todas las frases que iniciaba. Venía de lidiar por la mañana con 17 sindicatos distintos de estudiantes que protestaban y detestaban su nueva Ley de Educación. Sosteniendo entre el índice y el corazón el primer puro de la tarde me dijo: “ De los 17, 16 son más rojos que el Partido Comunista de los Pueblos de España”. Y el gran profesor de Química tuvo que reinventar una pócima que sedujese a todos ellos.

Al final, los jóvenes émulos de Billy Eliot bailaron una pieza diseñada exquisitamente por el maestro de Solares. Y probaron su bálsamo mágico. Incluído Jon Manteca, aquél lidercito callejero que destruía el mobiliario urbano en nombre de la buena educación. Que nunca fue la suya.

Rubalcaba guarda  un silencio que podría ser definitivo. Algo estará tramando. A falta de voz,  permanezcamos atentos a sus manos. Porque el estado del gran hombre de Estado es de todos conocido. Durmiente, pero ejerciente. Aviso.

El cántabro que hablaba con las manos
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