viernes 03.07.2020

La verdad de la posverdad

La verdad es el camino más corto, el mejor asfaltado y el más óptimamente iluminado. Lo demás son modas.

A Patricia Parra

Posverdad ha sido declarada palabra internacional del año 2016 por el Diccionario de Oxford. Y es que su uso ha crecido un 2.000 por ciento de un año para otro. Posverdad es palabra muy joven: nació en 1992 de la pluma de un viejo dramaturgo serbio apellidado Tesich. Un serbio siervo fiel de las palabras que murió cuatro años después, cuando posverdad era muy niña.

Premonitorio que la crease un dramaturgo en pleno drama personal. Y premonitorio que se apellidase Tesich, porque posverdad da para toda una tesis: la tesis de Tesich. Su definición oficial cae en la indefinición: "Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales".

La verdad es que resulta difícil entender qué significa posverdad. Quizás nos ha faltado conocer antes qué es preverdad. Pero estamos a falta de un dramaturgo ocioso y de apellido oportuno que la acuñe. Preverdad y posverdad distraen de la verdad.

La posverdad es lo más posmoderno. Solo necesita citarse con picardía para silenciar al discrepante

La posverdad es lo más posmoderno. Solo necesita citarse con picardía para silenciar al discrepante. Periodistas y políticos la esgrimen con la solemnidad de quien empuña un bisturí antes de abrir en canal la verdad. Mienten más que hablan.

San Pablo, que no alcanzó a leer la tesis de  Tesich, siempre mantuvo una misma hipótesis: la verdad nos hará libres. El apóstol de los gentiles tuvo cosas más interesantes que hacer, antes de ser martirizado y muerto por Nerón, que ocuparse de la posverdad. Porque resultaba innecesario. Para eso estaba la verdad, siempre invencible.

La próxima vez que alguien les agreda con la posverdad, recuérdenle que la verdad es el camino más corto, el mejor asfaltado y el más óptimamente iluminado. Lo demás son modas impulsadas con muy buenos modos ingleses por el Diccionario de Oxford. Quédense mejor con la puntualidad británica y con la longevidad de sus monarcas.

Precisamente ahora que el esposo de la reina Isabel II, Felipe de Edimburgo, abandona con 95 años la vida pública. Quién sabe si para concentrarse en su agitada vida privada, repleta de infidelidades. Dejará por fin de caminar dos pasos por detrás de la monarca inmortal. Y será mucho más difícil ya seguirle los pasos. Esa es la única verdad.

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