domingo 17.11.2019

109º aniversario del nacimiento de Miguel Hernández, el joven poeta de alpargatas con pantalones de pana

Tenía Miguel 13 años y tuvo que dejar de estudiar. Los jesuitas le procuran una beca para seguir los estudios, pero su padre ya le ha destinado para ser pastor: las lunas, el rayo, el huerto, las rosas, el almendro, la yunta, serán ahora sus ‘libros’, las herramientas, recursos y objetos de sus poemas y versos.

A dos días de finalizar el pasado mes de octubre, ciento nueve son los años que hizo del nacimiento de Miguel Hernández (Orihuela, Alicante, 1910 – Alicante, 1942). Y no deja de ser un motivo más para recuperar a este dramaturgo y poeta sobresaliente y significativo en la historia de la literatura, al que se le enterró en vida y se le intentó relegar su memoria al olvido por ‘razones’ políticas  hasta no ha mucho tiempo; su colega chileno, Pablo Neruda, clama con emoción y justicia:

Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz! (En Miguel Hernández, poeta -cervantes.es-).

El tercero de siete hermanos hubo de abrirse paso y estudió, con becas y ayudas, desde los siete hasta los doce años

“Luminoso”, “luz”, … Y, en cambio, durante mucho tiempo se le desterró de su matria, de su lugar de ser, calificándole solamente como un poeta de la Generación del 36, intencionadamente, pobremente, como la España que estaba quedando después de la guerra entre hermanos. Sin embargo, Dámaso Alonso, entre otros, le sitúa como un seguidor de la Generación del 27.

Prueba de esto es el primer libro de este “lunicultor” -como alguien le ha llamado- de Orihuela. Las octavas reales de Perito en lunas (1933) nos recuerdan a Góngora, en su Polifemo. Curiosamente, este poeta que hizo escuela con el gongorismo o culteranismo le va a servir al joven Miguel Hernández como sobriedad y suspensión a la enorme imaginación que poseía. Todo ello es una prueba en contra, como digo, de la fraudulenta y embustera proyección con la que se le ha querido escenificar a este descomunal e impresionante poeta y que lo ha percibido como un “pastor semianalfabeto”. Las razones, a las que hemos mencionado arriba, estaban lejos de ser literarias. Otros eran los motivos.

La Octava XXIV (Veletas) de Perito en lunas -valga decir, el primer libro que me regala en mi juventud la que hoy es mi mujer- nos sirve un ‘acertijo poético’: una veleta acaba encubierta por una oleada de huellas e insinuaciones metafóricas tales que la agotan y aventan como sustantividad precisa, y termina sujeta a una simple pero virtuosa conceptualización, soterrada y escondida por un difícil enredo artístico y hermoso:

Danzarinas en vértices cristianos
injertadas: bakeres más viüdas,
que danzan con los vientos, ya gitanos
de palmas y campanas, puntiagudas.
Negros, hacen los vientos gestos planos,
índices, si no agallas, de sus dudas,
pero siempre a los nortes y a los estes
danzarinas, si etíopes, celestes.

¿Cómo pudo suceder que fuese tan negra y lamentable la suerte de este poeta cabrero que, sin embargo, y aun su precipitado fallecimiento -a los 31 años-, trazó varios de los versos más destacados de las letras españolas? Todo le era acelerado. Su muerte contra natura no le impidió, sin embargo, vivir mucho y densamente. El tercero de siete hermanos hubo de abrirse paso y estudió, con becas y ayudas, desde los siete hasta los doce años -con un curso de Preescolar a los cuatro- en las Escuelas del Ave María del ilustre pedagogo P. Manjón. Anexas al Colegio de Santo Domingo, dirigido por los jesuitas, es aquí donde comenzará el bachillerato y conocerá a Ramón Sijé, su gran amigo al que le dedicará una bella y desgarradora elegía (1936) por su muerte. Tenía Miguel 13 años y tuvo que dejar de estudiar. Los jesuitas le procuran una beca para seguir los estudios, pero su padre ya le ha destinado para ser pastor: las lunas, el rayo, el huerto, las rosas, el almendro, la yunta, serán ahora sus ‘libros’, las herramientas, recursos y objetos de sus poemas y versos.

Entre 1936 y 1937, el poeta (27 años) escribe y confecciona su libro Viento del pueblo con el que renuncia al gusto culterano

Entre 1936 y 1937, el poeta (27 años) escribe y confecciona su libro Viento del pueblo con el que renuncia al gusto culterano, abrazando un hondo, agudo e intenso espacio, una entraña de fondo social. Atrás queda el ‘yo’ y el intimismo amoroso de El rayo que no cesa, convirtiéndose en el ‘nosotros’. Su dolor y su ansiedad ya no serán solo suyos, sino que se igualarán y fundirán, refiriéndose a los de toda la humanidad, escribiendo al Premio Nobel de Literatura, Vicente Aleixandre, en la dedicación que le hace en el libro:

(…) Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo.

Casi en el ecuador de la guerra, el poeta consigue desaparecer de la misma por un instante y llegar a Orihuela con el propósito de unirse en matrimonio, el 9 de marzo de 1937, con Josefina Manresa. Pocos y contados amaneceres vio con su mujer, habiendo de ausentarse de nuevo para partir a la batalla.

Con toda probabilidad, este interés social de Viento del pueblo quede expresado especialmente en El niño yuntero, un poema donde el poeta puede relacionar la infortuna de ese niño desheredado -que ha llegado a esta vida para aguantar, angustiarse y sufrir, desde su comienzo en este mundo hasta siempre- con su propia vida. Es un poema que impresiona por su amargura, sentimiento y desafuero, pese a que, cuando concluye, se da motivo a la creencia de que los propios jornaleros originen la sublevación frente a esas circunstancias terriblemente adversas, dando fin a su pobreza:


El niño yuntero

Carne de yugo, ha nacido
Más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir y empieza
a morir de punta a punta,
levantando al corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja y, mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte, 
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte, 
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es 
más raíz, menos criatura, 
que escucha bajo sus pies 
la voz de la sepultura.

Y, como raíz, se hunde 
en la tierra lentamente 
para que la tierra inunde 
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento 
como una grandiosa espina, 
y su vivir ceniciento 
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos 
y devorar un mendrugo, 
y declarar con los ojos 
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho 
y su vida en la garganta, 
y sufro viendo el barbecho 
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo 
menor que un grano de avena? 
¿De dónde saldrá el martillo 
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón 
de los hombres jornaleros, 
que antes de ser hombres son 
y han sido niños yunteros.

Miguel Hernández, a los 27 años.

109º aniversario del nacimiento de Miguel Hernández, el joven poeta de alpargatas con...
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