domingo 20/9/20

Alfonsina Storni, cuando las Nereidas ya no pueden protegernos (I)

Siempre es perverso intentar encasillar a alguien, más si de quien se trata es de una persona indomable y libre. Quizás su transgresión le viniese de su señalada aptitud y predisposición literarias o de una vida dura y quebrantada o de las dos cosas sumadas.

Te vas Alfonsina con tu soledad,
¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de sal
te requiebra el alma y la está llevando,
y te vas hacia allá como en sueños,
dormida, Alfonsina, vestida de mar
(Félix Luna: Alfonsina y el mar, 1969)

A veces nos preguntamos qué suerte de circunstancias confluyen en nuestra admiración por alguien que hubiésemos conocido menos de no haber sido por su final trágico; y que, además de desembocar en nuestra admiración, también se concentran en nuestro lamento y duelo, por ese final precisamente.

Pero han de concurrir también otros factores que han hecho de Alfonsina Storni (Sala Capriasca, Suiza, 1892 – Mar del Plata, Argentina, 1938) una mujer símbolo de la libertad. Argentina, marplatense, de hecho y de adopción, va a ser poeta, escritora del Modernismo -aunque rechazando lo insustancial y ornamental de este y caracterizándose el suyo con lo propio de la poética femenina, junto a Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou o Delmira Agustini-; y maestra, sin haber tenido la suerte que tuvo quien compuso la canción ‘Alfonsina y el mar’ -Ariel Ramírez (‘Misa Criolla’)-, para cuyo padre era un deber familiar ser maestro: para varias de sus generaciones, uno podía ser lo que quisiese, hacer lo que le viniese en gana, pero no sin antes ser maestro. Alfonsina Storni lo fue y así ejerció por méritos propios, sin obligación ajena alguna. Y el padre de Ariel fue su maestro, el que la conoció, el que supo de su vida, de sus tribulaciones y de su tortura. Y cuando su cuerpo se albergó en la mar, millares de personas esperaban, en silencio y devoción, en la estación, al tren que la traía. No sería el último tributo que recibiría en sus casi ocho décadas más tarde. Pero esta vez, entre la multitud estaban muchos niños, adolescentes, jóvenes, alumnos que habían sido suyos y todos los que habían oído hablar de ella, de aquella maestra amable, bondadosa, acogedora, y que tuvieron la suerte de ser sus testigos, sus fedatarios, los que escribirían su historia. Algo debía de tener cuando, en plena juventud, escribe un poema divino, como indica su nombre, un soneto de estructura francoitaliana, manifestando su angustia por no hallar ese algo que le hiciese dominar su instinto de muerte. El amor lo buscó y buscó, batiéndose el cobre, pero nunca lo pudo afrontar porque nunca se le concedió:

EL DIVINO AMOR
Te ando buscando, amor que nunca llegas;
te ando buscando, amor que te mezquinas.
Me aguzo por saber si me adivinas;
me doblo por saber si te me entregas.
Las tempestades mías, andariegas,
se han aquietado sobre un haz de espinas;
sangran mis carnes gotas purpurinas
porque a salvarte, oh niño, te me niegas.
Mira que estoy de pie sobre los leños,
que a veces bastan unos pocos sueños
para encender la llama que me pierde
Sálvame, amor, y con tus manos puras
trueca este fuego en límpidas dulzuras
y haz de mis leños una rama verde.
(“El divino amor”, en ‘Irremediablemente’; Alfonsina Storni, 1919)

Libertad y transgresión

Siempre es perverso intentar encasillar a alguien, más si de quien se trata es de una persona indomable y libre. Quizás su transgresión le viniese de su señalada aptitud y predisposición literarias o de una vida dura y quebrantada o de las dos cosas sumadas. Pero, sobre todo, lo que hace que alguien sea transgresor son los muros y paredes que debe saltar y transgredir, la resistencia a las murallas que oprimen, a las sospechas monómanas de una colectividad puritana y engañosa o de un grupo tacaño y mezquino. Alfonsina, siempre libre de ataduras, no duda en su afirmación socialista, se anuncia atea públicamente y se declara madre soltera, lo que le traerá dificultades sinnúmero; sin embargo, llega a ser una personalidad en un ámbito literario reducido solo al hombre.

Mujer apasionada esta militante del amor, sensible y mordaz, cuenta ella misma que la “llamaron Alfonsina, nombre árabe que quiere decir dispuesta a todo”. Ese significado se lo tomó muy en serio en cada minuto de su corta existencia, quizás huyendo sus entrañas y su sentimiento al sendero de la explosión de lo maravilloso, del peregrinaje expedicionario, al mundo de la curiosidad y de la imaginación; tenía que huir de la realidad familiar y social que le tocó vivir, no en vano es la primera poeta argentina que abiertamente celebra las condiciones de la mujer para aspirar a lo que le dé la gana, siendo también precursora y adelantada a su tiempo en la lucha por los derechos políticos y civiles que respaldan la igualdad entre mujeres y hombres. Pero debía ser simultáneo, o un asunto previo, un cambio de conducta en el hombre y en la mujer en cuanto a esos derechos igualitarios entre ambos. Escribe este poema en su juventud. Sin miramientos, desprende esa doble y falsa moral que había aprendido de su padre, el desequilibrio entre lo que el hombre pretende de la mujer, siempre sin reciprocidad, abundando en unas relaciones hipócritas:

TÚ ME QUIERES BLANCA
Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada
Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.
Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!
Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua:
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.
(“Tú me quieres blanca”, en ‘El dulce daño’, Alfonsina Storni, 1918)

Son mensajes muy actuales aún hoy en día.

Alfonsina Storni, cuando las Nereidas ya no pueden protegernos (I)
Comentarios