Sábado 25.05.2019

Alfonsina Storni, cuando las Nereidas ya no pueden protegernos (y III)

Yo no sé si las Nereidas salen para protegernos o si, por el contrario, no tienen tiempo suficiente para hacerlo. Tan entretenidas andan con los poemas de Alfonsina, una mujer de 46 años que vivió intensamente y no quiso vivir más.

Comenzábamos esta colaboración pareciéndonos injusto y contradictorio que conozcamos a Alfonsina más por su defensa de la mujer y sus derechos igualitarios con el hombre, por la buena aceptación que logró en el mundo literario masculino, o por su chocante e infausto recorrido vital. Contradictoriamente, su biografía se advierte más que su producción literaria.

Hemos tratado de ver someramente ambas medidas o expresiones y las puntadas en que necesariamente se comunican. Lo cierto es que ha sido complicado trabajar el perfil de esta escritora, despojándonos de los conocimientos previos que teníamos de ella, que no eran muchos y que se circunscribían a una canción que aquí comenzamos a oír a Mercedes Sosa en los comienzos de los 70s, con mucha carga poética. Y nada más, lo cual tampoco era despreciable de ninguna manera, pero tanto la escuchamos, cantamos y quisimos, que era difícil separar nuestra percepción subjetiva de la objetiva. Sobre todo porque, conocida ahora un poco más su biografía, se la sigue queriendo y nos sigue manteniendo la curiosidad. Una vida dura, sí; pero también, de éxito. Después de tres años soportando un doloroso cáncer, avasallada -que no vencida- por la desesperanza y la tristeza -rémora para la vida-, y una fuerte debilidad y hastío tanático, le escribe a su amigo Manuel Gálvez días antes del suicidio:

Querido Gálvez:
    Estoy muy mal. Por favor… mi hijo… tiene un puesto municipal, yo otro; ruéguele al intendente en mi nombre que lo ascienda, acumulándole mi sueldo. Gracias. Adiós. No me olviden. No puedo escribir más.
    Alfonsina

Gálvez, Manuel. Recuerdos de la vida literaria II. Buenos Aires, Alfaguara, 2003.

Ha sido complicado trabajar el perfil de esta escritora, despojándonos de los conocimientos previos que teníamos de ella

Alfonsina se lanza de la escollera de la playa de La Perla, en Mar del Plata, al mar. Desde entonces, yo no sé si las Nereidas salen para protegernos o si, por el contrario, no tienen tiempo suficiente para hacerlo. Tan entretenidas andan con los poemas de Alfonsina, una mujer de 46 años que vivió intensamente y no quiso vivir más.

Lo deja todo bien acaldado. Sus avisos se repiten más. Tres días antes de su marcha, envía al periódico La Nación su poema último, el soneto con el que se despide. También, nos deja dos cartas a su hijo Alejandro, de 26 años. Ya todo es irreparable. 

VOY A DORMIR

Dientes de flores, cofia de rocío, 
manos de hierbas, tú, nodriza fina, 
tenme prestas las sábanas terrosas 
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. 
Ponme una lámpara a la cabecera; 
una constelación; la que te guste; 
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes... 
te acuna un pie celeste desde arriba 
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo: 
si él llama nuevamente por teléfono 
le dices que no insista, que he salido...

(“Voy a dormir”: Alfonsina Storni, octubre de 1938)

 

Mar del Plata, 21 de octubre de 1938

Sueñito mío, corazón mío, sombra de mi alma, he recuperado el sueño, ya es algo. Dormí en el tren toda la noche. Te escribo ésta recostada en mi sillón, la mano sin apoyo. El apetito mejor, pero sigo con una gran debilidad. Lo mental es lo que está todavía debilísimo. ¡Ay mis depresiones! Y qué temor me dan. Pero hay que confiar, si el cuerpo se levanta puede que lo demás también. Te abraza largo y apretado,

Alfonsina

Mar del Plata, 24 de octubre de 1938

Querido Alejandro: Te hago escribir con mi mucama [ama, asistenta]; pues anoche he tenido una pequeña crisis y estoy un poco fatigada, solamente para decirte que te adoro, que a cada momento pienso en ti, nada más por ahora para no cansarme e insisto en decirte que te adoro, sueña conmigo, lo necesito. Besitos largos,

Alfonsina

Alfonsina Storni, cuando las Nereidas ya no pueden protegernos (y III)
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